Si esto es una victoria…
Aparentemente la mayor parte de la Franja de Gaza cayó en manos de Hamas y las fuerzas que responden al presidente palestino Mahmud Abbas han sido derrotadas. Los fundamentalistas islámicos, que aparentemente controlan la situación, prometen hacer de Gaza un enclave islámista y hablan de convertir lo que era el cuartel central de las fuerzas de seguridad, en una gran mezquita. Nadie sabe cuál es el número exacto de muertos. Tan solo el miércoles pasado hubo 22 bajas, entre ellas dos funcionarios de la organización de ayuda de las Naciones Unidas y un adolescente de 16 que fue baleado mientras integraba una manifestación pacífica de 400 civiles que protestaban contra la violencia. La crueldad se ha convertido en norma: un combatiente de Fatah fue arrojado desde un piso 18 al pavimento, hay ejecuciones sumarias en ambos bandos. Cálculos conservadores estiman el número de bajas mortales en más de 60 en los tres primeros días de la semana.
El gran dilema del momento es ¿qué va a pasar con la Margen Occidental donde aparentemente las fuerzas de Fatah aventajan a Hamas? Ya se habla de una división palestina: Hamastán en Gaza y Fatajlandia en la Margen Occidental, lo que sería muy malo para los palestinos si logran llegar a un «modus vivendi» y mucho peor si se enfrentan en una extensión de la guerra civil.
Algunos analistas ya extraen conclusiones de lo que parece una clara derrota militar de los palestinos moderados y una franca victoria del radicalismo islámico. Los ganadores de la partida por ahora serían todos los que apuestan a la desestabilización de la situación y en primer lugar Irán y Siria. En segundo lugar sería un avance de los militantes de la supremacía del Islam radical primero en el mundo musulmán y luego en el mundo entero. El sueño del califato universal que impondría su poder a los infieles del mundo estaría un poco más cerca.
¿Es realmente así? Depende del punto de vista.
El periodista árabe israelí Soliman al-Shafi cuenta una significativa historia en el diario «Haaretz». Cuatro adolescentes, están reunidos en Khan Younis, en la franja de Gaza, frente a un puesto de verduras. El lugar está sucio y abandonado, pero los muchachos están enfrascados en una discusión y no lo notan. El tema único es la muerte. Ibrahim se jacta de que tiene una ventaja sobre sus compañeros. El participó en casi todos los funerales celebrados en la ciudad. El se perdió tres debido a una pelea con su hermano mayor, pero aseguró que no se va a perder el próximo aunque su hermano le rompa una pierna.
Salah lo mira con desdén y le informa de manera arrogante que él sí que no perdió ningún funeral incluso aquellos que tienen lugar lejos de su casa y al final de la ceremonia siempre se acerca a los parientes de los shahids (mártires) que fueron muertos por los israelíes, y los abraza y les da la mano. Gracias a esto confía en que los shahids le van a ayudar a obtener un buen lugar en el paraíso.
Attia, el tercero está convencido de que pese a la jactancia de sus amigos, ellos no van a obtener el mismo status que él cuando muera. Él está seguro de que mucha gente importante vendrá a su funeral, porque él tiene más méritos que todos: no solo fue a los entierros de todos los shahids en Khan Yunis, sino que acompañó a su padre a los funerales en todas las aldeas vecinas: Absan, Beni Suhila y Al-Garara. Luego visitó a los dolientes, preguntó sobre las víctimas, besó las manos de los padres y se preocupó en decir las palabras que su padre le hizo memorizar. El cuarto, Saíd, el más joven, escuchó las historias con cara larga. El sólo fue a muy pocos funerales, y tan solo a los de aquellos que murieron en ataques de Israel, debido a que su madre no le permite alejarse de su casa.
La conclusión de al-Shafi de esta conversación es bastante obvia: «Todos en Gaza desean escapar. Nadie quiere seguir viviendo aquí. Y al no haber otra salida, la muerte, tanto para los niños como para los adultos, es la única vía de escape a una vida mejor».
Es posible que Hamas celebre que su educación para la muerte haya prendido tan fuerte en los niños, pero no todos los habitantes comparten su visión del mundo y su afán por crear un infierno en la tierra para que sus combatientes anhelen morir e ir al paraíso. Una investigación sociológica realizada por Jamiel Rabah, director de un instituto de encuestas en Ramalá el mes pasado antes de los últimos estallidos de violencia, indicó que un 92% de los palestinos sufren de una ansiedad depresiva provocada por la violencia entre las facciones palestinas.
Según informa la Agencia de Ayuda de las Naciones Unidas, que se ocupa del 70% de la población de Gaza, sus posibilidades de brindar sus servicios se han visto gravemente perjudicadas por los combates. Según su director John Ging, tres de sus cinco centros de distribución de víveres y 7 de sus 18 clínicas se han visto obligadas a cerrar el martes pasado. Una crisis humanitaria parece no estar muy lejos.
Si Hamas se hace con el poder heredará toda la responsabilidad por la población y no podrá seguir beneficiándose de la anarquía. Pero de allí a un futuro mejor para el pueblo palestino hay un largo trecho. Mientras Hamas no abandone su radicalismo islámico de raíz totalitaria y fascista no cabe tener muchas esperanzas. Nunca pareció tan lejano el sueño del estado palestino. Hubo épocas en que había una mayoría de los israelíes que se oponía a esta solución. Hoy la situación es la contraria: una mayoría estaría dispuesta con gusto a renunciar a los territorios si con esto se logra una paz verdadera y el diálogo con un interlocutor palestino responsable y representativo. Pero por ahora lo único que los palestinos pueden ofrecer es algo inédito en el mundo: un país fracasado antes de nacer.
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