La dispersión de la izquierda
La asunción está prevista para el 16 de mayo, y desde ayer el escenario político está dominado por las elecciones legislativas del 10 y 17 de junio. Suena como primer ministro François Fillon, autor de polémicas leyes sobre seguridad social y elogiado por Sarkozy en sus debates con la candidata socialista.
La izquierda fue dividida (y subdividida) a la elección. En ese sentido, la elección se perdió ya en el primer turno. No hubo ningún esfuerzo serio por encarar una candidatura única, por parte de ninguna de las formaciones de izquierda, y el anuncio de Marie-George Buffet, del PCF, y de otros candidatos de que votarían a Ségolène en el segundo turno resultó inocuo y tardío. No jugó el efecto multiplicador, y no solamente sumatorio, que la unidad de la izquierda desempeña en todas partes. Ni siquiera el fantasma de la elección de abril de 2002, en que una izquierda dividida permitió el desplazamiento de Lionel Jospin por el ultraderechista Le Pen en la segunda vuelta, dio la voz de alerta en este caso.
En tales condiciones (aparte de Ségolène Royal, que obtuvo 25,87%), todos los demás partidos se fragmentaron y se replegaron a una expresión mínima, con ribetes de catástrofe.
El PCF quedó en 1,93% cuando después de la Liberación (y tras haber sido el artífice del Frente Popular) era el primer partido, con 28,8% y presencia en el gobierno. Arlette Laguiller de Lutte Ouvrière obtuvo 1,33%, la senadora ecologista Dominique Voiynet descendió de 5,24% a 1,57%, José Bové recogió 1,32%, Gérard Schivardi estuvo debajo de 0,5%, apenas si Olivier Besancenot de la LCR levantó cabeza y superó el 4%.
Las disensiones y la falta de unidad corrieron también al interior de los partidos. Robert Hue, antiguo dirigente máximo del PCF y candidato presidencial en 2002, está ahora al margen y en actitud de confrontación con la dirección.
En el PS, los llamados «elefantes» (Dominique Strauss-Kahn, Laurent Fabius) le hicieron una guerra declarada y luego sorda a Ségolène, que persistió hasta el domingo. Ahora la candidata lanza una ofensiva para imponerse como líder natural del PS, lo que renueva las tensiones internas.
Las 35 horas, Bush, Europa
En el debate televisivo con su oponente, Sarkozy achacó gran parte de la culpa de los males de Francia a la ley de 35 horas de trabajo semanal sin reducción de salario. Ségolène le contestó que era un avance social y resultado de la lucha obrera. Sarkozy se adscribió a la posición de las grandes patronales de aumentar el número de horas extra y de no crear más puestos de trabajo («embaucher»). En el fondo anida el problema de la desocupación («chômage») uno de los más agudos, sobre todo entre los jóvenes. Sarkozy se propone desmontar las 35 horas y dice que lo hará negociando con los sindicatos, un gran tema de previsible confrontación.
El otro es el de Europa. El presidente electo se declaró «europeísta», al tiempo que se proclama categóricamente contrario al ingreso de Turquía en la Unión Europea. Ha sido adalid, desde el Ministerio del Interior, de la política contra los inmigrantes, y declaró la guerra sin cuartel a las «banlieues», los barrios periféricos habitados por los inmigrantes.
Es partidario de un tratado constitucional reducido y no de un nuevo referéndum, ya que el proyecto redactado por Giscard d’Estaing fue rechazado en votación popular.
De paso sea dicho, este referéndum partió al medio al Partido Socialista y permitió, en cambio, a los otros sectores de la izquierda unificarse, convocar a vastos sectores y ganar la batalla. *
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