Opinión internacional

Horas de decisión en el Oriente Medio

por Niko Schvarz

Esfuerzos políticos y diplomáticos concentrados, así como movilizaciones de masas en varios países, coinciden en la aspiración primordial de detener la espiral de sangre. Este es hoy el común denominador a nivel mundial. El secretario general de la ONU Kofi Annan procura concretar una reunión mañana en Sharm-el-Sheikh con esa finalidad, después del fracaso inicial del presidente Clinton y de la escasa receptividad de las gestiones de Javier Solana, el bombardeador de Kosovo hoy a cargo de las relaciones exteriores de la Unión Europea (UE).

La espiral de sangre

Francia, que preside este semestre la UE, calificó de provocación la conducta asumida en vísperas de Rosh Hashaná por Sharon, ya sindicado como el gestor de la masacre de los palestinos en Sabra y Chatila y de la invasión al Líbano en 1982 en su condición de ministro de Defensa. Máxime porque concurrió acompañado por una falange de policías armados a guerra (proporcionados por el primer ministro Ehud Barak y su ministro del Interior Shlomo Ben Ami) a un recinto sagrado para los musulmanes, cercado además por los cuatro costados por el ejército israelí. Desde ese día hasta los bombardeos israelíes a cuatro ciudades palestinas, el jueves pasado, la trágica cosecha fue de 104 muertos y unos tres mil heridos, casi todos ellos palestinos y árabes israelíes, estos últimos por primera vez. Los israelíes tuvieron cinco bajas, a los que se agregaron los dos soldados linchados en el horrendo episodio de Ramalá (donde alegaron encontrarse por haberse equivocado de ruta, mientras los palestinos sostienen que cumplían una misión militar reservada). Ese día cambió el carácter mismo de la confrontación, por los bombardeos israelíes a esa y otras tres ciudades palestinas, incluidos el cuartel general de Arafat y las residencias de varios dirigentes, alcanzados por misiles y ráfagas de ametralladoras. Se procuró asesinar al máximo líder de la ANP, usando una técnica similar a los bombardeos de la VI Flota del Mediterráneo contra Trípoli (y Benghazi) para matar a Kadafi, en enero de 1986.

Estos actos fueron considerados como una declaración de guerra, y se sumaron a los ataques con misiles desde helicópteros Apache, al uso de tanques blindados, al cierre del aeropuerto de Gaza (también bombardeada) y de la frontera con Jordania, al bloqueo militar de las ciudades palestinas y a todas las medidas contra sus habitantes en su propio terreno (corte del agua que los israelíes dilapidan, destrucción de sus casas en Jerusalén, vejaciones al llegar y salir del trabajo, etc.).

Sin novedad en el frente

El viernes hubo calma, dicen los cables. Apenas si mataron a un palestino de un balazo en el vientre disparado por el ejército israelí (que cerró la entrada a la Explanada de las Mezquitas a todo palestino menor de 45 años). Pero esto poco importa. Como en «Sin novedad en el frente», la clásica novela de Erich María Remarque sobre la primera guerra mundial.

Por la noche se reanudó el debate en el entorno del Consejo de Seguridad. Este ya había condenado a Israel por «empleo excesivo de la fuerza» por 14 votos y la abstención de EEUU. Ante la escalada israelí se imponía una convocatoria de urgencia.

El delegado norteamericano Richard Halbrooke volvió a bloquearla con su oposición terminante. El Consejo debía implementar además su anterior resolución Nº 1322, como reclamaba Arafat, que también insiste en una investigación internacional sobre la violencia en la región. Ambas propuestas se frustraron por la oposición de EEUU. Simultáneamente ocuparon las pantallas el secretario de Defensa William Cohen y la plana mayor del Pentágono para referirse al incidente del barco de guerra USS Cole en el puerto de Adén, Yemen, con un saldo mortífero. Lo que no explicaron fue qué tenía que hacer un barco de guerra valuado en mil millones de dólares, cargado de misiles, en esa zona explosiva. Un vocero adujo que su misión era vigilar el embargo contra Irak, en la función de policía universal que se autoasigna Estados Unidos en la tierra, los cielos y los mares del planeta.

El presidente y su sucesor

También apareció ante cámaras y micrófonos el presidente Clinton, para condenar el linchamiento de los militares israelíes. No dijo una palabra sobre los palestinos masacrados, ni sobre los niños muertos, que ya llegan a 17.

En el soporífero segundo debate de guante blanco entre Gore y Bush, ambos se pusieron de acuerdo en respaldar incondicionalmente las posiciones de Israel y en plantear exigencias a Arafat, y prometieron a los votantes judíos que mantendrán esa tesitura desde la Casa Blanca. Gore llegó a hablar de «las provocaciones Arafat» (y, de paso, expresó sin rubor su «fuerte apoyo» a los grupos que están tratando de derrocar a Saddam Hussein. Así hablan los dueños del mundo).

Sharon al gobierno

En este mar revuelto, Barak trata de encontrar una fórmula para sobrevivir. Su gobierno está boqueando. Por sus posiciones minoritarias en la Knesset es inevitable el voto de censura, paso previo a la convocatoria a elecciones anticipadas, que perderá irremisiblemente. En la nueva situación creada, se aferra como a una tabla de salvación a la constitución de un gobierno llamado de Unión Nacional. Esto se traduce en llevar al gabinete nada menos que a Ariel Sharon, actual líder del derechista Likud. Y éste aceptará, en marcha hacia su objetivo mayor de alcanzar el cargo de primer ministro.

Por lo pronto, suena en lo inmediato como ministro de Relaciones Exteriores, por más que la presidenta del Parlamento Europeo, Nicole Fontaine, haya advertido que ello daría «mala imagen» a Israel. Pero más grave aún es que tal designación significaría el entierro de los acuerdos de Oslo, y por ende retrotraería a fojas cero el proceso de paz.

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