El hijo de Beria murió de un ataque cardíaco

Kiev, AFP

Sergo Beria, el hijo único de Lavrenti Beria, el «carnicero» de Stalin, sanguinario jefe del KGB, falleció en Kiev de una crisis cardíaca a la edad de 76 años, anunciaron sus allegados ayer sábado a la AFP.

«Siento piedad por mi padre, destruido por el sistema soviético», solía decir Sergo Beria, después que el Tribunal Supremo rechazó definitivamente una solicitud de rehabilitación a título póstumo de Beria, el jefe más duro de la policía secreta stalinista (NKVD), ejecutado el 26 de junio de 1953 por alta traición, conspiración, actividades terroristas y violaciones.

«La decisión de la Corte es tan absurda, que me hace reír: demuestra que las autoridades siguen negándose a enfrentarse la verdad» del sistema soviético «débil e inhumano», decía Sergo, quien era un hombre obeso, de grandes bigotes.

«Las acusaciones lanzadas contra mi padre son mentiras. Su memoria es sagrada para mí», afirmaba.

«Sí, es culpable de haber formado parte de ese poder vicioso, pero lo obligaron a ser el jefe del NKVD (que se convirtió en la KGB)», señalaba, destacando que su padre quería ser arquitecto.

«Era una persona desgraciada y siento piedad de él, ya que no pudo vivir la vida que quería», recalcaba Sergo, autor del libro «Mi padre, Lavrenti Beria».

Tener de padre al jefe de la policía secreta no era fácil.

«Lo peor era ser vigilado permanentemente. Hacer el amor con mi mujer, con la alcoba llena de micrófonos, era insoportable», relataba en su libro.

Después de la ejecución de su padre, que se produjo aparentemente cuando se disponía a tomar el poder, Sergo Beria, estudiante de matemáticas y físico, fue encarcelado durante año y medio.

«Me torturaban y me impedían dormir durante días para intentar arrancarme confesiones. Llegaron hasta simular mi ejecución», recordaba.

«Ante los ojos de mi madre me arrastraron hasta el pelotón de fusilamiento en el patio de una cárcel para que ella confesara las actividades antisoviéticas de mi padre», relataba en su libro este georgiano que después obtuvo la nacionalidad ucraniana.

Después de su liberación en octubre de 1954, Sergo recibió un nuevo pasaporte con el apellido de soltera de su madre, Geguechgori, y no el de su padre, Beria.

«Me dijeron que era por mi bien, para protegerme de la cólera popular», ironizaba, explicando que desde entonces jamás le permitieron reutilizar el apellido de su padre.

Sergo pasó 10 años en Siberia, donde sus conocimientos científicos fueron aprovechados para una fábrica de misiles.

El hijo del «carnicero» de Stalin debía colaborar con el sistema para ganar su libertad.

«Inclusive cuando tomaba un tranvía para ir a la oficina, había un automóvil que me seguía», explicaba Sergo, padre de tres hijos, nacidos de su matrimonio con una nieta del escritor Máximo Gorki.

Tras regresar de su exilio en 1964, se mudó a Kiev y siguió trabajando para una fábrica de misiles.

«Diseñé seis tipos de misiles soviéticos», decía con orgullo, sentado en medio de su biblioteca repleta de libros sobre Trotski y el Che Guevara, Einstein y el presidente ruso Vladimir Putin.

Había fallecido el miércoles en su apartamento del centro de Kiev, según las fuentes. Sus restos fueron incinerados y sus cenizas serán llevadas a Georgia.

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