La "larga marcha" de los comunistas de Mao
Patrick Lescot – París, AFP
Era un ejército a todas luces insuficiente para conquistar el poder –ello ocurriría 14 años después– pero alcanzaba para construir una leyenda: la de la Larga Marcha, punto culminante de la epopeya de los comunistas chinos.
En 1934, la situación era desesperada: un puñado de revolucionarios «irreductibles», sobrevivientes de las guerras civiles que agitaban a China desde 1915, había proclamado una «república soviética» en algunos cantones de la provincia meridional de Jiangxi. Pero estaban cercados por las tropas de Tchang Kai-chek, el caudillo de la joven y convulsionada República China, líder del Kuomintang (partido nacionalista).
Sólo quedaba una solución: huir. La Larga Marcha fue concebida en primer término como una manera de escapar al exterminio.
Tres contingentes, que totalizan unos 90.000 efectivos (incluyendo 30.000 recientemente reclutados), logran romper el cerco una noche de principios de octubre. Los acompañan 30.000 civiles sepultados bajo el peso de mil y un objetos indispensables para la vida o para la causa, como rotativas, máquinas de coser o las obras de Marx y Lenin traducidas al chino.
Primero avanzan hacia el oeste, a menudo de noche, para no ser detectados por la aviación del Kuomintang.
El invierno los sorprende en Guizhou, una provincia montañosa, en las estribaciones del Himalaya.
En Cunyi, una localidad de esos inhóspitos parajes, Mao Tse-Tung logra apartar en enero de 1935 a los «cuadros» enviados desde Moscú por Stalin y el Komintern y se convierte en el líder casi indiscutido del joven Partido Comunista Chino (PCC, fundado en 1921), pese a que hasta ese momento había tenido un papel relativamente secundario.
Para ser catapultado a esa posición, contó con el apoyo de generales como Zhu De, He Long o Lin Biao, los futuros mariscales del régimen.
El santuario de Yan’an
Divididos en varias columnas, los insurgentes se orientan luego hacia el norte, bordeando el Tibet, y en mayo cruzan el Yangtsé, que baja con ímpetu desde las cumbres vecinas. La travesía de la provincia de Sichuan, hostil a los comunistas, será costosa en hombres. Pero las deserciones son ya más numerosas que las bajas.
En junio, estalla una crisis entre los jefes de dos columnas: Zhang Guotao, uno de los doce fundadores del PCC, quiere seguir ruta hacia el noroeste y entrar en el Xinjiang, los «nuevos territorios» de Asia central, con población mayoritaria de origen turco y de confesión musulmana.
Mao, en cambio, pretende llegar a Yan’an, en la provincia de Shenxi (norte), tierra ancestral del pueblo chino («han»), donde la población vive desde hace más de dos mil años en cuevas horadadas bajo los campos de fino limo calcáreo cultivados en terrazas.
Una vez más, Mao vuelve a ganar la interna. Y en octubre de 1935, cuando la columna llega al fin a destino, instala en ese pueblo de habitaciones trogloditas su capital, que en poco tiempo llegará a desafiar sin complejos a Nankín, la republicana.
Mao y los suyos repondrán allí sus energías, aunque el descanso será breve: en julio de 1937, cuando Tchang Kai-chek prepara un nuevo cerco, Japón invade China. Comunistas y republicanos unirán entonces sus fuerzas para combatir al enemigo común.
Tras la victoria en 1945, la guerra civil se reinicia casi de inmediato.
Mao se ve obligado a replegarse de Yan’an en 1947, pero organiza el contraataque desde Manchuria (noroeste), al frente, esta vez, de un verdadero ejército, con el cual entrará en Pekín en 1949, el mismo que perdura hasta la fecha con el nombre de Ejército de Liberación Nacional (ELN).
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