Una vida muy agitada
Seúl, ANSA
Kim Dae-Jung, el presidente surcoreano que ayer recibió el Premio Nobel de la Paz, es un hombre con una vida dramática, que escapó a varios atentados y a dos condenas a muerte, y que hizo realidad dos sueños: democratizar su país y avanzar hacia la reunificación de la península coreana.
En junio, Kim Dae-Jung logró un hecho muy importante en la marcha hacia la reunificación: se reunió en Pyongyang con su colega norcoreano, Kim Jong-Il, algo impensado apenas unos años atrás.
Nacido el 3 de diciembre de 1925, en pleno dominio colonial japonés, en una pequeña isla frente a la ciudad portuaria de Mokpo, en el sudoeste de Corea, vio de cerca la muerte por primera vez en 1950, al estallar la guerra con el norte.
Hombre de negocios y editor de diarios ya afirmado, a pesar de la joven edad, Kim fue encarcelado por los comunistas invasores liderados por Kim Il Sung, el padre de Kim Jong-Il.
Escapó a la ya decidida condena a muerte gracias al desembarco de las tropas norteamericanas lideradas por el general Douglas Mc Arthur en Inchon, puerto de Seúl, que obligó a los comunistas al repliegue.
Después pasó siete años de prisión condenado por los dictadores militares sudcoreanos Park Chung-hee (1961-1979) y Chun Doo-hwan (1980-1988), por su papel activo en la lucha por la democracia de su país.
«Siempre creí que el único camino de salvación para nuestro país era una plena democracia en el Sur y un compromiso constante por la paz con el Norte en vista de la reunificación de la península».
Así afirmaba Kim en el lejano 1973, cuando declaró en el proceso en su contra que le inició el régimen de Park Chung-Hee, un año después de su derrota en las elecciones presidenciales que lo convirtieron en el líder indiscutido de la oposición.
Y son las ideas guía de su programa político que llegan a su maduración con la victoria en las presidenciales de 1997, a la edad de 72 años, tras dos derrotas en 1987 y 1992.
«Mi vida con Kim, confesó en su libro la esposa Lee-Hee-ho, fue un continuo tormento, prisión, condenas a muerte, derrotas políticas a repetición, sostenida siempre por la certidumbre de caminar juntos en la justa dirección».
Ahora a los 75 años, este hombre de religión católica y rengo por un atentado que fue disfrazado de accidente automovilístico en los años 70, sigue avanzando hacia la reunificación, luego de su histórico encuentro con Kim Jong-Il de junio.
Ahora se está organizando la visita del presidente norcoreano a Seúl, quizás en 2001, y pocas semanas atrás los atletas nor y surcoreanos desfilaron en Sydney bajo una única bandera. Los sacrificios de Kim parecen haber valido la pena.
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