Opinión Internacional

El vuelo del Cóndor

por Niko Schvarz

Kissinger fue consejero de seguridad nacional de Nixon, quien lo designó secretario de Estado (en reemplazo de William Rogers) en agosto de 1973, un mes antes del golpe en Chile, manteniéndose en el cargo bajo la presidencia de Ford, luego Watergate, hasta 1977. Participó en el proceso desestabilizador previo (la huelga camionera pagada por la CIA, sobre todo) y en el sostén a la dictadura genocida.

La gran conspiración

El día mismo de la elección de Allende, 4 de setiembre de 1970, comenzó a tejerse la conspiración, destinada en primera instancia a impedir que el Congreso lo confirmara. El 22 de octubre, dos días antes de la convocatoria del órgano legislativo, un atentado deja entre la vida y la muerte al comandante en jefe de las Fuerzas Armadas chilenas, general René Schneider, militar de probadas convicciones constitucionalistas, que fallece el día 25. Lo reemplaza el general Carlos Prats, quien se propone seguir la «línea Schneider» de respeto pleno a la legalidad institucional.

Pero ya el 15 de octubre había comenzado un operativo bautizado como Proyecto Fulbert o Track II, pergeñado por el titular de la CIA Richard Helms, el director de Planes de la Agencia Thomas Karamessines, el propio Kissinger y su adjunto, el general Alexander Haig, para evitar que Allende llegara a la presidencia o para derribarlo si asumía, como ocurrió el 3 de noviembre. El plan se proponía «exprimir a la economía chilena hasta que gritase», adoptar medidas en organismos internacionales controlados por EEUU para perjudicar a la economía chilena, así como «evaluar a sangre fría la posibilidad y probabilidd de un golpe militar». Todo esto se conoció al desclasificarse documentos en Washington en noviembre de 1998, incluidos los cables enviados por el embajador Edward Korry a su gobierno.

Prats se mantuvo en la comandancia hasta 1972, en que Allende lo designa ministro del Interior y en agosto de 1973 pasa a ocupar la cartera de Defensa. Contra él se descargó una tremenda campaña de prensa y un intento de asesinato, al tiempo que una división de tanques cercó el palacio de La Moneda como señal visible de la conspiración en marcha en el plano militar.

El asesinato del general Prats

En el diario que llevó desde el 1º de febrero de 1973 hasta poco antes de su asesinato, Prats advierte lo que sucede en el ejército, dice que su colega el ministro José Tohá sabe en qué bancos de EEUU se han abierto cuentas a favor de oficiales chilenos, menciona la injerencia de la ITT y apunta a la CIA que, junto con la ultraderecha chilena, avanzaba hacia el golpe.

Producido éste, Prats se refugia en Buenos Aires con su esposa Sofía Cuthbert. Les advierten desde diversas fuentes que su vida corre peligro, pero no pueden salir hacia Brasil porque el consulado chileno no les entrega los documentos. La dirigente comunista chilena Gladys Marín se entrevista con Prats, quien le comunica cómo la CIA trabajaba con los servicios chilenos y argentinos para asesinarlo. En el mismo sentido el general argentino Reynaldo Bignone acaba de declarar en el juicio que Prats le reveló las amenazas de que era objeto, pero él las desestimó.

El 29 de setiembre de 1974 Prats y su esposa salen del edificio que ocupaban en el barrio Palermo a cenar con amigos chilenos. Al regreso, pasada la medianoche, deja a la señora en el Fiat 1600 y baja a abrir el portón de entrada. En ese momento, todo voló por los aires. La esposa murió en el acto, y él unos minutos después. Mientras cenaban, el criminal ponía debajo del auto una bomba de alto poder explosivo, que se accionó por control remoto. El agente doble Michael Townley (que ahora vive en EEUU como testigo protegido por el asesinato de Letelier) confesó haber armado y colocado la bomba, que fue detonada por su esposa María Callejas. Arancibia está acusado de haber desarrollado toda la labor logística que posibilitó el crimen. Estaba detenido en Caseros.

Crímenes en cadena

En su libro «Los años del lobo. Operación Cóndor», Stella Calloni documenta estos episodios y menciona «los esfuerzos conjuntos de la CIA y la DINA para la creación del Plan Cóndor», en el cual «la policía secreta de Pinochet ocupó el papel de subalterno principal de los servicios norteamericanos». Agrega, como dato sugestivo, que Manuel Contreras, entonces jefe de la policía secreta de la Junta Militar (y ahora encarcelado en Chile, junto con el brigadier Pedro Espinosa, por su participación en el caso Letelier) firmaba sus mensajes como Cóndor I.

La seguidilla siniestra culminó el 21 de setiembre de 1976 con el citado asesinato en Washington del ex ministro de Allende junto con su secretaria Ronni Moffit, por el mismo método de la voladura del auto. Antes, el 6 de octubre de 1975, un atentado similar dejó gravemente herido en Roma, cerca del Vaticano, al ex vicepresidente democristiano Bernardo Leighton y su esposa, que salvaron la vida por milagro.

Arancibia en acción

El 18 de enero de 1996 fue detenido en Buenos Aires el agente chileno Enrique Lautaro Arancibia Clavel por orden de la jueza María Servini de Cubría, acusado del doble homicidio. Vinculado a la tristemente célebre «Triple A» de López Rega, había desarrollado actividades de espionaje contra los exiliados chilenos.

En el libro citado se lee: «En diciembre de 1995, los ultraderechistas italianos Delle Chiaie y Viscenso Vinciguerra admitieron en Roma ante la jueza Servini de Cubría que Arancibia Clavel y Michael Townley estuvieron involucrados directamente en el asesinato de Prats», agregándose que Townley salió de Buenos Aires vía Montevideo la noche del atentado y horas más tarde festejaba en Santiago el éxito de su misión.

El juicio a Arancibia se une al proceso judicial contra Pinochet en Chile, ya que las tres hijas de Prats plantearán en Buenos Aires que Argentina reclame la extradición del dictador, como responsable supremo de la DINA.

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