Historias de candidatos

Washington, ANSA

Al Gore no es el único candidato a la Casa Blanca que intentó a su manera alterar la verdad y, en el pasado, más de un presidente fue descubierto en situaciones similares, recuerda hoy el diario The Wall Street Journal.

Lyndon Johnson les contó a las tropas norteamericanas en Corea que un antepasado suyo había muerto en la famosa batalla de El Alamo.

Pero un control llevó al descubrimiento de que el tatarabuelo del presidente había muerto en realidad en la cama.

Durante una visita del premier israelí Yitzhak Rabin a la Casa Blanca en 1983, el presidente Ronald Reagan le contó a su invitado que había sido uno de los primeros fotógrafos en tomar imágenes terribles de los prisioneros de los campos de concentración nazis.

Una afirmación insostenible porque Reagan, que vestía uniforme durante la guerra, no había dejado jamás Estados Unidos.

«Quizás he visto demasiados filmes de guerra –admitió algunos años después Reagan a un amigo–, a veces tiendo a confundir hechos heroicos del cine con la realidad».

A Reagan siempre le gustó contar en la campaña electoral de 1980 la historia de una estafadora que, en Chicago, explotaba los beneficios de la asistencia social usando 80 nombres, 30 direcciones y reivindicando 4 maridos fallecidos, con lo que había obtenido más de 150 mil dólares del Estado.

Nadie jamás encontró huellas de esta misteriosa estafadora, lo que no le impidió a Reagan seguir usando la anécdota.

Innumerables son las mentiras contadas por Richard Nixon durante el Watergate. Y John Kennedy, que ganó el célebre debate por televisión con Nixon gracias incluso a su imagen más sana, ya sufría desde hace tiempo el mal de Addison pero siempre negó en público y en privado, mintiendo varias veces, que estaba enfermo.

Entre los candidatos a la Casa Blanca, en tiempos recientes, famosa es la mala imagen del senador demócrata Joseph Biden que, después de haber conmovido a Estados Unidos con un emotivo discurso sobre su juventud tuvo que admitir que lo copió palabra por palabra del líder laborista británico Neil Kinnock.

El mismo George Bush no fue inmune a las distorsiones de la verdad. Recientemente citó como «libro favorito de la infancia», un texto para la infancia publicado cuando tenía ya 23 años.

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