JFK era un engreído y Ted Kennedy un gordito
Nueva York, ANSA
John F. Kennedy brillante, pero engreído. Su hermano Ted, un semi-analfabeto gordito: el patriarca Joseph P. Kennedy escribe a los hijos adolescentes al colegio y les reprocha por no estar a la altura de sus expectativas.
«Querido John, advertí en tus gastos un pago de 10,80 dólares por la límpieza de un traje.
Me parece excesivo. Comprendo que quieras lucir elegante, pero te rogaría que te preocuparas por colgar tu ropa en el armario en lugar de dejarla tirada por el piso», advierte el padre al futuro presidente, alumno de 14 años de una prestigiosa escuela privada de Massachusetts.
La correspondencia de Joseph Kennedy fue reunida en un libro de su nieta Amanda Smith y anticipada en fragmentos por el semanario New Yorker.
«Querido Teddy, por cierto no he recibido todas las cartas que dices haberme escrito y creo que sería mejor que me escribieras por lo menos una vez por semana, porque tú y Bobby son los peores corresponsales que tengo en la familia», afirma en 1940 el patriarca embajador en Londres a su hijo de ocho años en Estados Unidos.
Y en otra carta, cinco años después, le da un tirón de orejas por sus «tremendos errores de ortografía»:
«Escribes ‘no’ como ‘know’. Ahora, ‘know’ significa que comprendes algo, pero si alguien te pregunta ‘¿Vas a nadar?’ y tú respondes ‘no’, es ‘no’ y no ‘know’. Y ‘skating’ no es ‘scating’, es ‘skating’. No se escribe ‘tommorrow’, sino ‘tomorrow’. Tienes que estudiar más: eres grande y tu forma de escribir es infantil».
En una carta, enviada a la villa Kennedy en Palm Beach, Florida, el patriarca Kennedy se burla de su hijo menor por sus kilos de más y sus quejas ante las dietas: «me disgusta saber que te estás muriendo de hambre. No puedo creer realmente que no tengas nada que comer. Debes esforzarte».
La correspondencia de Kennedy padre cubre tres décadas: desde los años de la depresión a la elección de John Kennedy a la Casa Blanca.
Las cartas –al presidente Roosevelt, al jefe del FBI Edgar J. Hoover, al pionero de vuelo Charles Lindbergh– reflejan los momentos más entusiastas y dramáticos de la historia norteamericana reciente.
Pero son las esquelas a los hijos las que iluminan más la dinámica de la primera dinastía política norteamericana. Como una de tibio aliento enviada a John, en sus 17 años, cuando está terminando la escuela secundaria:
«No espero demasiado de ti, y no me sentiría desilusionado si no fueras un genio, pero creo que podrías ser un óptimo ciudadano con buen juicio y una buena comprensión de los hechos».
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