Reflexiones sobre la cultura de la paz
La paz es la mayor necesidad de los pueblos. Pero la paz es mucho más que la ausencia de guerra, es el rechazo de la violencia en todas sus formas. Implica el respeto por el otro y por quien es diferente de nosotros, el reconocimiento del derecho a la diferencia, el respeto por los Derechos Humanos y el Derecho Internacional. Las sociedades democráticas rechazan la guerra y procuran resolver los conflictos por medio de negociaciones y no por la fuerza de las armas.
Todo esto está relacionado con una verdadera cultura para la paz y la ciudadanía basada en los valores éticos de justicia, libertad y solidaridad. Es evidente que esta cultura tiene como fundamento la educación, que debe comenzar desde la escuela primaria. Los dos conceptos -paz y ciudadanía- son diferentes pero complementarios.
La ciudadanía existe solamente en las sociedades democráticas. En una dictadura, como la vivimos en Portugal hasta 1974, las personas no tienen libertad de expresión, no pueden votar libremente, no tienen derecho a la crítica ni a la participación en la política de su país. En una palabra, no son ciudadanos, son súbditos.
Por su parte, la violencia es una pulsión humana natural que debe ser controlada por la educación y el autodominio. La violencia es aceptable sólo en caso de legítima defensa y aun así no debe ser desproporcionada en relación a la gravedad del ataque. Un ejemplo reciente es el de la guerra contra El Líbano lanzada por Israel en represalia contra el aprisionamiento de dos soldados por parte de Hezbolá. En esa guerra murieron millares de personas y El Líbano fue parcialmente destruido.
El siglo pasado ha sido uno de los más crueles de la historia. Sufrió dos guerras mundiales e innumerables guerras civiles -como las de España y Corea; guerras regionales, guerras de liberación anticoloniales y revoluciones más o menos mortíferas que sacudieron a todos los continentes; sangrientas dictaduras totalitarias como la soviética, el nazi-fascismo, el maoísmo; golpes de Estado apoyados o no por el exterior; el Holocausto o el intento de eliminación del pueblo judío; campos de concentración y exterminio como los nazis y los goulags; la tortura bajo las formas más salvajes; y la descarga de bombas atómicas en Nagasaki e Hiroshima con la muerte simultánea de centenares de miles de inocentes, etcétera.
Por ello, al concluir la II Guerra Mundial (1945) y ante el balance de más de 50 millones de muertos los países vencedores crearon la Organización de las Naciones Unidas con el objetivo fundamental de evitar guerras en el futuro y de desarrollar una verdadera cultura de paz en el respeto de los derechos humanos.
Entretanto, este siglo XXI no ha sido hasta ahora nada pacífico, con guerras altamente sangrientas -como las de Iraq y Afganistán- que tienden, peligrosamente, a tornarse enfrentamientos religiosos, así como conflictos en África y en Asia. Hemos visto, además, la aparición de un fenómeno nuevo y gravísimo: el terrorismo global en nombre de Al Qaeda, que ha atacado la civilización occidental prácticamente en todos los continentes.
Pero la lucha contra el terrorismo no puede ser una «guerra» en el sentido corriente del término. Debe ser un combate inteligente, tratando de conocer sus motivaciones para ser más eficaz e imponérsele moralmente en el marco de la observancia de los derechos humanos y el derecho internacional.
Para ello, es indispensable que los pueblos más desarrollados y poderosos sean capaces de respetar a la ONU y de reestructurarla para que sea más eficaz de manera de, mientras disminuyan los riesgos bélicos, se promueva una cultura de paz.
Empero, las democracias mediatizadas occidentales difunden mediante la televisión y el cine cada vez más imágenes que no podemos dejar de considerar como formas de incitación a la violencia, con efectos deplorables sobre la sensibilidad y la educación, particularmente de los menores. Por ello, de acuerdo la enseñanza de Karl Popper, es preciso crear instrumentos jurídicos internacionales para reglamentar la actividad de las televisiones e impedir que sean instrumentos al servicio de la violencia y la crueldad.
No es fácil explicar este fenómeno. La lucha por mayores audiencias en sociedades sumamente competitivas, consumistas y apartadas de los valores humanistas en las que prevalecen los intereses materiales, habituadas al culto de la fuerza y de la riqueza es, seguramente, una de las razones. Y deben contar otros aspectos vinculados con los aspectos económico-sociales que nos rigen.
Si queremos vivir en sociedades más justas y solidarias, más igualitarias y a la vez prósperas -como es el objetivo de la Unión Europea para los Estados que la integran- tenemos que educar a nuestros jóvenes en las escuelas, en las familias y en las instituciones de la sociedad civil, en una cultura de paz, de amor por el prójimo y de resolución de los conflictos por medios pacíficos, preparándolos para que lleguen a ser ciudadanos capaces de asumir sus responsabilidades futuras. *
(*) Mario Soares, ex Presidente y ex Primer Ministro de Portugal.(COPYRIGHT IPS)
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