Gangsterismo de Estado
Hay tres cosas de las cuales los observadores atentos de la situación internacional no tienen dudas: de la culpa del régimen teocrático iraní en el ataque contra la AMIA en julio de 1994, que dejó un saldo de 85 muertos y 300 heridos; del rol directo del gobierno de la Federación Rusa en el asesinato del ex espía ruso Alexander Litvinenko en Londres el mes pasado, y de la responsabilidad del régimen de Siria en el reciente asesinato del joven ministro de Industria del Líbano, Pierre Gemayel. Hay otras tres cosas acerca de las cuales los observadores más expertos seguramente también van a coincidir: que ninguno de los tres gobiernos va a ser objeto de una sanción significativa por su conducta criminal. Es un tiempo de gángsteres y de impunidad para el gansterismo de estado.
En el caso del atentado contra la AMIA es seguro que el juez Rodolfo Canicoba Corral no habría librado los exhortos a detener a ocho altos ex funcionarios del régimen iraní, encabezados por su ex-presidente Ali Akbar Hashemi Rafsanjani, de no tener una clara luz verde del gobierno argentino. Todo indica que si el presidente Kirchner aceptó que la justicia argentina demande a Irán por crímenes contra la humanidad, las pruebas eran tan abrumadoras que una resolución condenatoria de los jerarcas iraníes (de los cuales se sabe hasta dónde y cuándo se reunieron para planificar la acción y encargársela a Hezbolá) resultaba inevitable.
Desde el punto de vista del derecho internacional, la planificación y ejecución de un acto de terrorismo como el perpetrado por Irán contra la Argentina, es «casus belli», es decir, es un acto de guerra no provocado que plantea una situación de beligerancia entre el país agredido y el agresor. Pero por supuesto, Argentina no declaró la guerra a Irán. Tampoco rompió relaciones diplomáticas ni retiró su embajador en Teherán en manifestación de protesta. Lo que comenzó como un acto de dignidad y defensa de la soberanía argentina se está convirtiendo en una cómica charada. Primero el régimen iraní quiso juzgar a los jueces argentinos, pero después cambió de idea y decidió colaborar. Eso sí, de una manera muy peculiar, condicionando su buena voluntad a que ningún funcionario iraní del presente o del pasado sea molestado. Hasta ahora, esta situación no ha merecido ninguna reacción del presidente Néstor Kirshner, en claro contraste con su enojo por la contaminación visual que le produce su vecino Uruguay.
En el caso del espía ruso Alexander Litvinenko, envenenado en Londres con los medios más sofisticados imaginables, llaman la atención dos aspectos: que la propia víctima fue muy clara en sus acusaciones al Kremlin, y que era público y notorio su involucramiento en una investigación acerca de la muerte de una conocida crítica del régimen. Por otra parte, un coronel de la Seguridad de Estado de la Federación Rusa, Mijail Trepashkin, cometió alguna indiscreción que pareció dar toda la razón a su infortunado ex colega, por lo cual fue a prisión acusado de revelar secretos de estado. A investigadores británicos que quisieron entrevistarlo para interrogarlo se les negó el acceso al acusado. No es necesario ser demasiado suspicaz para comprender la causa de la conducta de las autoridades rusas.
En el tercer caso, el esfuerzo por evitar que los asesinos del joven ministro libanés sean molestados, es bastante más espectacular. Hay un tribunal internacional en juego, por un crimen anterior, el de Rafic Hariri, en febrero de 2005, y no es ningún secreto de que toda la gran confrontación de la oposición contra el gobierno en las calles de Beirut tiene entre sus principales objetivos evitar la investigación internacional acerca de este crimen. Por lo demás, podría decirse que el asesinato de políticos libaneses que resultan molestos a Siria es algo así como una tradición o una costumbre. El joven Pierre Gemayel no es el primer integrante de su familia liquidado en un atentado. Del mismo modo terminaron su abuelo Pierre y su tío Bashir.
Y la lista tampoco termina con Rafic Hariri. Entre otros, fueron acallados dos duros críticos de Siria en el periodismo: Samir Kassir y Gibran Tueni.
Hay muchas cosas que están en juego en la actual crisis libanesa, por ejemplo, si el Líbano seguirá siendo un país independiente, o se convertirá en una frágil marioneta manejada según los caprichos de Siria y de Irán.
Pero también habrá de definirse el futuro de la investigación Hariri o dicho en otras palabras, quedará en claro si el gangsterismo de estado seguirá gozando de una alegre impunidad o al menos se le impondrá una ineficaz pero de alguna manera reparadora sanción moral. *
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