UE: indigestión, absorción, obligación

En el contexto de las dudas provocadas por el anunciado ingreso de Rumanía y Bulgaria en la Unión Europea, las quejas acerca del supuesto apresuramiento de la ampliación de la UE y del agotamiento de la llamada «capacidad de absorción» llegan con medio siglo de retraso. En contra del pretendido tope de la UE, la última ampliación y las que le precedieron se han ejecutado de acuerdo con un mandato que no solamente se enmarca en el Tratado de Niza de 2003. Están en realidad perfectamente cimentadas en la oferta de la Declaración de Robert Schuman, redactada en realidad por su asesor Jean Monnet.

No es por capricho que algunos observadores llaman «Declaración de Inter-Dependencia» al venerable documento emitido el 9 de mayo de 1950 en el Ministerio de Asuntos Exteriores de Francia. Mientras era obvio que Alemania no estaba en posición de rechazar semejante insólita invitación, fue también una apuesta abierta y explícita al resto de Europa, Además, en forma generosa también, estaba disponible a la cooperación del resto del mundo. En primer lugar, el guión de Monnet leído por Schuman hizo una obertura al perenne enemigo, Alemania. Propuso que la total producción del carbón y el acero quedara «bajo el control de una Alta Autoridad». Pero a continuación añadía que esa entidad se insertara en una organización, que a su vez estuviera «abierta a la participación del resto de los países europeos». «Este es el estricto contrato social y político: la UE es desde su nacimiento una propiedad de todos los países de Europa que cumplan con las condiciones mínimas e irremplazables de membresía.

Además, el alcance universal de la oferta original está permanentemente instalada en el mismo párrafo crucial donde se explicita el objetivo último de la UE: «la solidaridad en la producción establecida de esta manera asegurará que una guerra entre Francia y Alemania no solamente sea impensable, sino también materialmente imposible». Y luego añadía que la localización de esta unidad productiva estaba «abierta a todos los países que quisieran formar parte y que proporcionaran los mismos básicos elementos de la producción industrial para cimentar la fundación verdadera de una unificación económica».

Esto quiere decir que incluso los países fuera del ámbito europeo pueden participar en el proceso en una forma especial, pero diferente de los derechos innatos e inviolables de los que pertenecen ya a Europa. Estos, mientras cumplan con las condiciones geográfico-históricas, solamente deben encarar los requisitos democráticos y económicos implícitos en el documento original, que están explícitamente ratificados en los criterios de Copenhague. La Declaración Schuman especifica que los dos productos estratégicos que se colocarán bajo el control común están disponibles en un mercado abierto, pero siempre en una organización política (entonces la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, predecesora de la actual UE). En otras palabras, que los requisitos originales fueron y siguen siendo la economía de mercado y un sistema político democrático. Cualquier duda sobre la validez de estos condicionamientos fundacionales debería quedar descartada sobre una doble base. En primer lugar, la terminología usada en los sucesivos tratados se orienta impecablemente hacia el mercado abierto. Además, está sólidamente anclada en las costumbres de la democracia liberal. Las condiciones que apuntan hacia «el libre comercio», el establecimiento de «una unión aduanera», y el seguimiento de una senda que garantice «la libertad de circulación de bienes, capitales, servicios y ciudadanos» son solamente signos evidentes de una economía abierta, sin ninguna de las trabas o ambigüedades de las economías centralizadas («marxistas»), o las que están dominadas por un Estado que posee una ventaja insoportable.

En segundo lugar, el acervo del procedimiento de accesión en la CECA y sus sucesoras es cristalinamente claro, una teoría textual refrendada por la práctica. Ningún país europeo que anhelaba llegar a ser socio ha conseguido ser admitido mientras era objeto de dudas sobre su sistema político. Como prueba de la validez de esta aseveración, compárese la práctica de los requisitos de ingreso en la UE y en la OTAN. Portugal aparece como miembro fundador de la Alianza Atlántica mientras estaba bajo el control de la dictadura de Oliveira Salazar. Turquía no fue cuestionada mientras estaba bajo la influencia militar. Grecia no fue expulsada cuando los coroneles tomaron el poder. En contraste, Portugal y España debieron esperar un largo decenio hasta entrar en la UE, mientras Grecia sufrió un moderado purgatorio, y hoy Turquía todavía paga las secuelas de los aspectos cuestionables de su estructura cultural y algunos ingredientes de su práctica política.

Europa y la Unión Europea son como dos esferas que se solapan en un eclipse de sol, por ejemplo. La UE solamente estará completada cuando ambos círculos coincidan, o sea cuando todos los países europeos pertenezcan a la UE, y no antes. Pero la meta es la misma.

Las voces que ahora se quejan de una pretendida «indigestión» causada por los excesos de la ampliación, concretamente la actual de 2004, o una futura, debieran haber advertido hace medio siglo de que preferían fundar otro tipo de UE: ahora es demasiado tarde. *

(*) Joaquín Roy es Catedrático y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami. (Exclusivo de IPS).

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