Nueva demostración masiva para que aparezca López, testigo clave en el caso Etchecolatz
López fue uno de los testigos clave en la condena a reclusión perpetua del torturador Miguel Etchecolatz, que fuera su verdugo cuando fue secuestrado en los años de plomo y figuró casi un año como desaparecido. Su conmovedor relato en el juicio contra el ex jefe de investigaciones de la policía bonaerense, no dejó lugar a duda al tribunal que aplicó para la condena la figura de genocidio.
El presidente Néstor Kirchner envió su saludo a los organizadores de la manifestación que en esta ocasión, a diferencia de otra de hace una semana, no rozó al gobierno. La otra, que fue dominada por los partidos de izquierda, había puesto en la picota la política de derechos humanos de la actual administración.
Ayer la Plaza de Mayo se cubrió de simpatizantes del Presidente, en una formidable movilización que si bien debe rescatarse el motivo de la convocatoria, hizo las veces de réplica a la de una semana atrás, y sobre todo, al mitin que el jueves realizaron en Plaza San Martín los nostálgicos de la dictadura donde lanzaron la consigna «amnistía general», como una manera de frenar los grandes juicios orales que se avecinan para el 2007, contra cerca de un millar de violadores a los derechos humanos, entre ellos, los grandes jerarcas de la dictadura.
Gran parte de ellos están ahora detenidos con prisión preventiva aunque en sus domicilios o cuarteles. Pero los jueces comienzan a exigir que los detenidos aguarden el juicio en penales comunes. En el Parlamento se estudia una legislación al respecto que sea obligatoria para todos los magistrados.
Tanto Kirchner como el ministro del Interior, Alberto Fernández, rechazaron de plano la sola idea de promover una amnistía para los represores. Por ahora es solo una manifestación de deseo de las organizaciones que alientan militares en la reserva. Pero dentro de la Iglesia Católica y en el espacio de la derecha constitucional, esa iniciativa, no les parece despreciable como precio «para la pacificación y la reconciliación».
La respuesta de ayer en las calles y la del Gobierno es que sin verdad y castigo no habrá pacificación.
Las organizaciones de izquierda dura aceptaron que la marcha se hiciera dentro de los parámetros que delinearon las organizaciones convocantes. Con sus consignas se pusieron a la cola de la inmensa columna que en un momento tenía la cabeza en la Pirámide de Plaza de Mayo, y el final en las cercanías del Parlamento, aunque con claros visibles.
Una manera de ordenar las cosas fue evitar discursos y la firma de documentos. Tan solo un actor leyó un poema de Pablo Neruda, que dice: «Ellos aquí trajeron los fusiles repletos de pólvora,/ ellos mandaron el acerbo exterminio,/ellos aquí encontraron un pueblo que cantaba/, un pueblo por deber y por amor reunido,/ y la delgada niña cayó con su bandera/, y el joven sonriente rodó a su lado herido, y el estupor del pueblo vio caer a los muertos con furia y con dolor./ Entonces, en el sitio/ Donde cayeron asesinados,/ Bajaron las banderas a empaparse de sangre /Para alzarse de nuevo frente a los asesinos. /Por estos muertos, nuestros muertos / Pido castigo./ Para los que de sangre salpicaron la patria,/ Pido castigo./ Para el verdugo que mandó esta muerte, /Pido castigo, /Para el traidor que ascendió sobre el crimen/ Pido castigo».
Es lo que reclamó la concurrencia. Y la aparición de López
Si ello no ocurre, no es improbable que la CGT decrete un paro general o una huelga para facilitar la presencia obrera, ayer muy fuerte, la semana próxima en una nueva demostración. *
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