Desde Londres

El nuevo método europeo

Por una razón o por otra, los países de Europa están haciendo cola para entrar en la nueva Unión Europea. A raíz de ello, y para abarcar a todos, los límites culturales y naturales del continente se están estirando al máximo.

Sí o sí, todos quieren estar. Más vale pelearla de adentro que de afuera, es la consigna. La única pregunta es el grado de integración de cada uno. Por ejemplo, algunos países, han preferido mantener sus monedas, que unirse al euro. Otros han votado en contra de una Constitución europea, preámbulo para la unión política absoluta.

La razón principal para la integración continental fue la Segunda Guerra Mundial. Pareció la forma más sensata de evitar futuras guerras si las economías de los principales países estaban atadas entre ellas.

Pero, ¿por qué la estampida unificadora? Hay, obviamente, dos razones tentadoras: economía y democracia. En el primer caso, la realidad de que varios «motores económicos» de la comunidad son algunas de las naciones más ricas del mundo. Unirse representa el acceso directo a un mercado enorme, rico, estable y dinámico. Entrar también facilita todo tipo de inversiones extranjeras, fundamentales para el desarrollo económico postergado de varios países.

Con el fin de la Unión Soviética, la mayoría de las naciones esteeuropeas habían quedado literalmente en la lona económica. El caso más claro fue la absorción total, o «reunificación  »como se le llamó elegantemente en su momento  de la RDA por Alemania Occidental.

La segunda razón es el pluralismo democrático. Todos los países, en mayor o menor medida sienten que ese camino es intrínseco a la comunidad europea, y algo que garantizará la continuidad de las distintas culturas y sistemas de gobierno.

Es porque en Europa siempre encontraron asidero partidos políticos de todas las denominaciones posibles, incluyendo católicos, protestantes, comunistas, musulmanes, monarquistas y socialistas. En el pasado, eso fue motivo de discordia nacionalista. Hoy, es un motivo de orgullo pluralista.

Pero es la actual ausencia de un país obviamente poderoso lo que obliga a todos, más o menos, a buscar el camino del diálogo y el entendimiento.

Lo más importante es que, por ahora, ningún país se las tira de hegemónico o de matón de barrio. Simplemente porque ninguno tiene el poder económico para comportarse de esa manera. Además, la historia reciente de la región, con tres guerras mundiales, dos calientes y una fría, dejó a todos sin ganas de otro conflicto. Tres en un siglo fueron suficientes.

Resulta interesante, entonces, investigar la diferencia entre la Unión Europea y el llamado acuerdo Nafta entre Estados Unidos y sus vecinos regionales.

El Nafta o Tratado de Libre Comercio de América del Norte fue una reacción tardía e intempestiva de Estados Unidos para competir con el poder económico creciente del Mercado Común Europeo. El primer acuerdo, entre Canadá, México y Estados Unidos fue firmado recién en 1994.

Desde esa fecha hasta ahora, el progreso de la Unión Europea continuó raudo y febril, agregando país tras país a su conglomerado económico. Mientras que el discutido Nafta continuó por la vía de los tratados de libre comercio, o los famosos TLC, como se les conoce más peyorativamente.

Pero la organización detrás de la Unión Europea no debe ni empezar a compararse con cualquier cosa que salga del Nafta.

La Unión Europea es un poderoso organismo político-económico con estructuras y organigramas cinceladas por décadas de sofisticados métodos diplomáticos. El Nafta, o cualquiera de sus derivados, es apenas una intención de revitalizar una alianza continental que desde el término de la Guerra Fría estaba perdiendo peso.

La diferencia entre ambos está en las colas que hacen los países para entrar en cada organismo. Mientras que en Europa, políticamente al menos, cada país tiene el mismo derecho de pelear por sus objetivos programáticos, en el Nafta no existe un foro político donde cada nación se sienta protegida por estatutos legales claramente redactados y aceptados por todos.

Desde 1945 no ha habido entre los integrantes de la Unión Europea intenciones invasoras o de grave injerencia en los asuntos internos de los países miembros por ninguno en particular. No se promocionaron golpes de Estado ni se manipularon elecciones por servicios secretos.

Y ahí parecería estar el escollo político más grande, que en cierta medida se ha empeorado con la administración Bush. Estados Unidos actúa en muchos casos como el matón del barrio. Su rol de «cuidafronteras», mitológicamente descrito por el cowboy armado con dos pistolas Colt 45 dispuesto a desenfundar apenas el forastero de turno ejecute el más mínimo movimiento sospechoso.

Sabemos como termina siempre esta escena: en una inútil balacera donde lleven proyectiles y se entierra el diálogo.

La Guerra Fría ya no existe desde hace tiempo. Es hora de abrazar el método del diálogo y diplomacia promocionado por la Unión Europea desde 1945.

Es hora de que los cowboys se bajen del caballo y cuelguen sus pistolas. *

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