Argentina: ultraderecha desafiante
Néstor Kirchner está convencido de que hay un curso de acción desestabilizador de su gobierno y lo ocurrido con la desaparición del albañil Julio López es parte de ello.
El Presidente recibió el jueves a Hebe de Bonafini, la líder de Madres de Plaza de Mayo quien sorprendió al incluir al propio damnificado como parte de esa operación. Si lo de la veterana luchadora es una elucubración personal, no pasa de ser un hecho anecdótico. Grave sería que a esa conclusión hubiera llegado Kirchner o su entorno habida cuenta de los lazos afectuosos que los unen. No lo creen así ni el gobernador Felipe Solá, a quien le cae gran parte del gasto político en este drama, ni tampoco ministros nacionales. «No viene de arriba lo de Hebe», dijo una voz autorizada a este diario.
En concreto van dos semanas de no conocerse nada sobre el albañil cuyo testimonio fue una de las claves para la sentencia a perpetua del torturador Miguel Etchecolatz. Por momentos las actitudes de altos funcionarios lucen contradictorias. Oscilan entre la expresión de deseos o sea que López, de 77 años, shockeado, se haya refugiado en algún sitio y el examen frío de la realidad que habla de la existencia de un «procesismo residual», es decir, de nichos con elementos de los tiempos del terror en algo más que guerra sicológica. La incorporación de la figura de genocidio que diferencia la condena a Echecolatz de otro torturador, el Turco Julián u otros casos, es la que permitirá acelerar los juicios orales contra violadores de derechos humanos que comenzarán en pocos meses.
«Estos grupos no pueden torcer el rumbo, pero sí crearnos muchos problemas», reconocen en el gobierno bonaerense. Pero a ellos, al nacional y al mismo tribunal que condenó al comisario feroz le caen las generales de la ley: no tuvieron suficientemente en cuenta que ese juzgamiento era paradigmático también para los otros, «los malos» y no le dieron a los testigos, incluido López, la protección adecuada.
La Suprema Corte de Justicia debió reclamar la debida protección para los testigos, más de mil, en casos contra represores y advirtió, refiriéndose además a amenazas contra jueces y fiscales que «el Estado de Derecho no tolera estas actitudes».
«La peor de las hipótesis»
El gran temor, y no solamente en el gobierno, es que jamás se sepa qué pasó con López. Que se repita el caso del estudiante Miguel Bru, detenido en 1993, torturado hasta matarlo por la bonaerense. Tres de ellos están condenados, pero nunca apareció el cadáver. No son pocos los analistas que creen que esta opción que pone un dato adicional de crueldad al mensaje es el que se quiere dar a toda la sociedad, no solamente a las autoridades nacionales o provinciales. «Es el peor escenario», sostienen.
Los días son inexorables y hacen insostenible la hipótesis de que López se ha refugiado. Suena a discurso de los tiempos del horror, cuando se barajó la posibilidad. Ya se invirtieron millones de pesos en afiches con el rostro del albañil, en la movilización de miles de efectivos y tareas de inteligencia como para no haber «ablandado» al hipotético familiar o amigo que pudo, en teoría, proteger al albañil.
En el río revuelto, han surgido amenazas contra periodistas de fuste, críticos en general, un sesgo particular que busca comprometer al propio gobierno en el apriete.
La manera confrontativa y, a veces, descalificadora como el Presidente se dirige a sus críticos, abonan el terreno para que «los malos» del otro lado hagan su agosto.
Caldo gordo para la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) algunos de cuyos directivos detestan a Kirchner porque no es pro norteamericano, es amigo de Chávez o de Evo y estará más que contento si esta noche Lula gana en el primer turno.
Pero no hay voz equilibrante en el grupo cercano al Presidente que le evite pasar papelones como adjudicarle al periodista Joaquín Morales Solá la autoría de un artículo en los 70 que, se corroboró, no fue escrito por él.
El caso López amerita dejar de lado diferencias y aportar a desmembrar los nichos de desestabilización y temor.
Las propias organizaciones de derechos humanos dan muestra de escasa tolerancia. Viejas rivalidades, actitudes políticas actuales que las separan, enconos personales, han fragmentado ese espacio que si bien pudo convocar a una marcha importante, no fue atractivo para personas del común. Y como de costumbre los partidos de izquierda de prosapia leninista, apuntaron contra el Presidente como el responsable de esta situación porque no ha desmantelado el aparato represivo, una afirmación atractiva frente el caso dramático de estos días, pero que no condice con la realidad de que se derogaron las leyes de impunidad, hubo purgas en las FFAA y la policía y se avanza en los juicios orales contra los genocidas.
Nichos ultras en organismos de seguridad
Va de suyo que subsisten nichos dentro del aparato estatal y no han sido democratizados los servicios secretos que cobijan a personas de los años del terror. El Presidente tiene actitudes muy claras respecto del pasado, no es tan diáfano sobre el futuro y es allí donde su camino se bifurca con el de fuerzas sociales progresistas.
Salvo un respaldo del Senado Nacional a los fundamentos a la condena a reclusión perpetua contra Etchecolatz, por moción del socialista Rubén Giustiniani, hay carencia de iniciativas desde la política para aportar en la emergencia.
Dejan así cierto vacío que la Iglesia católica sigue con atención. Por caso en la provincia de Misiones donde está convocada una constituyente al solo efecto de permitirle al gobernador kirchnerista su reelección indefinida, ha colocado a los obispos del lugar como eje de una amplia convocatoria opositora. El desafío ha vuelto a crispar las relaciones entre el Presidente y los religiosos, que nunca fueron buenas a pesar de la fe católica que profesa Kirchner. El Presidente sabe donde están las debilidades de los religiosos y pega sobre ellas, como el triste papel que tuvo la Iglesia bajo la dictadura. Pero ataca en bloque, omitiendo o colocando en el mismo lugar a reaccionarios con religiosos que jugaron su vida, lo que, una vez más, lo dejan mal parado.
En tanto, el Presidente sigue siendo un factor de atracción o succión si se quiere, de espacios diferentes. En el radicalismo sigue la sangría hacia la Concertación como la entiende el oficialismo y se han sumado distritos del ARI. En Entre Ríos o en la Capital Federal, el corrimiento hacia el kirchnerismo es notorio y mucho se debe al enfoque que a ese partido le ha dado Elisa Carrió, enemiga de acuerdos con otros.
Al menos hasta que se definan las fuerzas políticas con vistas a las presidenciales. Carrió a lo Mao Zedong, deja que «florezcan las 100 flores», esperando que queden en pie las que resistan. Acaso, solo acaso, con otras fuerzas de centro-izquierda que no aceptan irse sin más hacia el oficialismo, se arma una coalición, lejos de Kirchner de Roberto Lavagna y de Mauricio Macri.
Aunque sea para saludar a la bandera y acumular para el futuro. *
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