Un mundo de "dhimmis"

Muchas de las reacciones en Occidente a la campaña islamista contra el Papa Benedicto XVI resultarían cómicas si no fueran tan patéticas. Es asombroso cómo periodistas y personalidades públicas, que carecen de todo conocimiento serio acerca del Islam, se consideraron con autoridad para retar al Pontífice como quien reta a un niño que comete inconscientemente una travesura que tiene consecuencias desagradables. Otros, más sutiles, creyeron que lo fundamental del famoso discurso de Ratisbona es la parte filosófica acerca de la fe y la razón y se dedicaron a analizarla doctoralmente.

Aclaremos las cosas. Quienes somos agnósticos o ateos, tenemos nuestras discrepancias con el Papa y con todas las autoridades religiosas posibles sobre si existen puentes viables o no entre la fe y la razón, pero esto es totalmente secundario en esta crisis.

Lo que importa es lo evidente, que es lo que demasiada gente se niega a ver : que el Islam militante ha ganado otra pulseada de intimidación con el resto del mundo civilizado y que ésta es la gran batalla cultural del siglo XXI.

Para entender esto, es necesario decir algunas cosas básicas sobre la religión de Mahoma.

El Islam no se sitúa en el mismo plano que otras religiones sino por encima de ellas. Considera que ha superado al judaísmo y al cristianismo incorporando sus profetas a su propia doctrina. Para el Corán el mundo está dividido en dos : Dar el Islam (la casa del Islam) y Dar el Harb (la casa de la guerra), es decir una parte regida por el Islam y otra parte que será regida por el Islam una vez que sea sometida.

El instrumento para alcanzar ese dominio del Islam es la guerra santa, la Jihad. Es cierto que existe cierta ambivalencia en relación al concepto de Jihad.

Por su raíz árabe, la palabra significa esfuerzo y designa una lucha del hombre por su perfeccionamiento espiritual.

Pero esta interpretación no es la que ha prevalecido en la historia y sin duda es muy minoritaria en el Islam, aunque es la más invocada por los eruditos ansiosos de dar una imagen positiva del mundo musulmán. Para el Islam los pueblos del Libro, judíos y cristianos, tienen cierta ventaja en relación a los paganos.

Pero ésto no implica en modo alguno que puedan ser considerados en un pie de igualdad con la única religión verdadera, es decir la que proclama a Alá como único Dios y a Mahoma como su profeta. Como concesión graciosa del Islam, judíos y cristianos, tienen el derecho de ser aceptados como «dhimmis», ciudadanos protegidos en un mundo regido por el Islam, es decir, ciudadanos de segunda categoría, que deben pagar más impuestos y están sujetos a normas discriminatorias.

Como lo atestiguan todos los historiadores de la cultura islámica, durante muchos siglos, judíos y cristianos, vivieron en un régimen de «djimmitud» en países regidos por gobernantes musulmanes.

La actual apuesta del Islam militante, es convertir el «Dar el Harb» (la casa de la guerra) o sea el mundo de los infieles, en un mundo sometido en el que cualquier crítica al Islam sea imposible.

Al respecto, cabe recordar que la ola de indignación presuntamente provocada por las declaraciones del máximo dirigente del catolicismo mundial no es la primera.

En 1989, el Ayatolá Khomeini, líder espiritual del régimen teocrático de Irán, lanzó un edicto de pena de muerte contra el escritor nacionalizado británico Salman Rushdie por su novela «Versos satánicos». ¿ Con qué derecho, con qué autoridad, bajo qué leyes ? El régimen iraní no consideró necesario fundamentar su derecho. Lo que es contrario al Islam debe ser condenado. Todas las protestas fueron inútiles. Khomeini logró su objetivo. Para una gran mayoría del mundo musulmán la condena era legítima.

En 1997, fue la negativa de la Corte Suprema de los Estados Unidos de retirar un friso con la imagen de Mahoma en una de sus salas; en 2002, fueron unas declaraciones del líder evangélico Jerry Falwell ; en 2005 una noticia falsa en el semanario «Neewsweek» acerca de que un Corán fue arrojado a un water por interrogadores norteamericanos en Guantánamo ; todos estos incidentes provocaron disturbios y muertos. Pero ninguna campaña anterior fue tan vehemente y feroz como la provocada por las caricaturas de Mahoma aparecidas el año pasado en un diario danés, gracias a una muy hábil instrumentación de las protestas. No es casual que la «ira» islámica que resultó tan exitosa con las caricaturas danesas se haya redoblado con el Papa. Y esto por supuesto no es la última palabra. Los países democráticos se ven cuestionados tanto en su libertad política como en su libertad artística. En Inglaterra, organizaciones islámicas pretenden dictarle al gobierno qué política exterior es «conveniente» para «no despertar la ira de los pueblos islámicos». En Berlín, la Opera Alemana, canceló una nueva producción de la ópera «Idomeneo» de Mozart, porque su concepción provocó amenazas islamistas. Si los pueblos que aprecian la democracia y la libertad no reaccionan con la energía debida frente a esta sistemática campaña de sometimiento y chantaje de parte de un totalitarismo militante que tiene profundas raíces históricas, estamos perdidos. Seremos todos «dhimmis» en un mundo dominado por el Islam. *

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