Cuba y el papel de la comunidad internacional
Una vez se haya desvanecido el ruido de la reunión de los países no alineados en La Habana, ¿qué pueden hacer algunos actores internacionales, sobre todo latinoamericanos y europeos, en el panorama cubano? Lo cierto es que el papel a jugar es notable y debe ejecutarse con alta responsabilidad. En primer lugar, ya se detecta un consenso generalizado hacia un refuerzo de la política de relación intensa y comunicación constante.
Esta ha sido la pauta de una mayoría de gobiernos en las Américas después de la expulsión de Cuba la Organización de Estados Americanos (OEA) y el inicio de la erosión (tenaz y colectiva) del embargo norteamericano. Con la excepción de los períodos en que surgieron regímenes militares, cada uno de los países latinoamericanos y caribeños se aprestaron a normalizar (según sus necesidades, conveniencias y capacidades) la relación con Cuba.
En este apartado, destacan ahora dos actores cruciales: México y Canadá. El nuevo gobierno mexicano, por un lado, sentirá la presión de normalizar la relación con La Habana que quedó dañada durante la administración de Vicente Fox. Combinando la insistencia en la dimensión de los derechos humanos con la necesidad de tener a Cuba estabilizada, la nueva administración de Felipe Calderón debe hacer todo lo posible a su alcance para que el gobierno cubano dé señales de poder contribuir a la tranquilidad en la zona, de forma que la seguridad nacional mexicana no quede afectada.
Por otra parte, a México le conviene no aparecer ejerciendo una política hacia Cuba diferente del común denominador latinoamericano (mínimo y difícil, teniendo en cuenta la disparidad actual), sino que al contrario debiera colocarse a la cabeza de las iniciativas moderadas del conjunto. La complejidad de la coyuntura actual de América Latina es lo suficientemente complicada como para constituir un reto en lo que respecta a la política hacia Cuba. De ahí que México puede resultar el actor idóneo para situarse en el liderato de una tendencia centrista que soslaye los extremismos de alianzas incondicionales con La Habana, como es el caso notorio de Venezuela, y al mismo tiempo se distancie de la actitudes que presentan visos de seguidismo de las consignas de los Estados Unidos. Así, por lo tanto, México puede junto con Brasil formar un sólido bloque con gobiernos de tendencia socialdemócrata como los de Chile y Perú.
El grueso de los países caribeños deberá adaptarse lentamente a la posibilidad de que Cuba sea, en un día ya no muy lejano, un competidor normal en lo referente a la captación de turismo e inversiones en la zona. Deberán estudiarse fórmulas para dinamizar lo que se podría interpretar como competencia imponente y forjar sinergías para convertir en triangular el atractivo que Cuba recibirá en el futuro. A largo plazo, el Caribe se convencerá de que el mantenimiento del régimen castrista no beneficiaría a la región y que las incertidumbres presentadas por la apertura son inevitables.
Canadá, por otro lado, no tiene más que reforzar su política anterior de estrecha y respetuosa relación con Cuba, sin caer en el simplismo del puro distanciamiento de la estrategia de los Estados Unidos. Nada tiene de extrañar, en este contexto, que haya sido precisamente el gobierno canadiense el objeto del primer mensaje en solicitud de cooperación emanado del Departamento de Estado. Por algo será.
Finalmente, el obvio irremplazable actor en esta necesaria operación de implicación constructiva hacia la transición cubana es la Unión Europea como entidad colectiva y sus más destacados miembros, por virtud de sus correspondientes relaciones especiales con Cuba. Conviene tener en cuenta que la carencia de un consenso claro no se reduce a la presencia de un solo país con papel protagónico (España, que desea moverse en una determinada dirección por razones de sus vínculos históricos y las preocupaciones políticas y económicas) y el resto que no parecen tener una especial atención por Cuba.
En realidad, existe un abanico más amplio de actitudes, que van desde los que presionan insistentemente por el respeto a los derechos humanos (los nórdicos y Holanda) hasta los intransigentes (la Europa del este, liderada por la República Checa). Aunque el protagonismo crítico checo, unido al polaco, puede considerarse como un contrapeso a la posición española, no se considera que al final de las discusiones tenga un impacto en el consenso general.
Por otra parte, también hay que contar con la actitud mayoritariamente conservadora del Parlamento Europeo, cuya posición termina por reflejarse en los documentos emitidos. Pero, en resumen, la actitud global no se alejará mucho de la ya plasmada en la Posición Común establecida desde 1996, que se basa en una ayuda generosa, condicionada al respeto de los derechos humanos. *
(*) Joaquín Roy es Catedrático Jean Monnet y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami. (Ccopyright IPS)
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