La campaña electoral norteamericana
Por Niko Schvartz
Para empezar, con sistema de voto no obligatorio en EUU concurre habitualmente a las urnas el 50% del electorado, o menos aún. Quiere decir que en el inamovible cuadro bipartidista reinante, alcanza con alrededor de la cuarta parte de la ciudadanía para ser electo. Más o menos como Bordaberry bajo el imperio de la ley de Lemas.
Política y petróleo
Cualquier ciudadano puede aspirar a la presidencia, según el legado de los padres fundadores estampado en la primera Constitución federal aprobada por la Convención de Filadelfia en 1787, dos años antes de la Revolución Francesa.
En la práctica, quien no posea millones de dólares no puede aspirar a nada. George Bush tiene una fortuna personal situada entre 11,1 y 29,4 millones, en valores de Microsoft, Ford y la petrolera BP Amoco, entre otras. Albert Gore posee entre 1,1 y 6,11 millones en efectivo, oro y plata, obligaciones municipales e inmobiliarias. Incluso Ralph Nader, del ecologista Partido Verde, se ubica entre 4 y 5 millones de dólares. También Ross Perrott se lanzó a la justa electoral pasada sobre la base de su fortuna.
El petróleo aparece como una constante. Los biógrafos de Bush coinciden en que, mediocre en la escuela «solamente su petrolero apellido le abrió las puertas de la Universidad». John Foster Dulles, secretario de Estado de la invasión a Guatemala, era del clan Rockefeller (como Kissinger) a la vez que accionista principal y abogado de la United Fruit, expropiada por los gobiernos de Arévalo y Arbenz.
Bush aparece también vinculado a Ford, la compañía acusada criminalmente junto a Firestone, tanto en Venezuela como en EEUU, por haber fabricado y utilizado en las camionetas Explorer llantas de calidad defectuosa, que estallaron provocando vuelcos y cientos de muerte. Ambas compañías se confabularon para ocultar los defectos de fabricación, porque no reconocen otra ley que la de las ganancias máximas.
La ignorancia de los lenguaraces
Las convenciones partidarias presentadas como modelo de democracia, son espectáculos circenses con millares de globos de colores, porristas en minifalda, música estridente, discursos prefabricados leídos mediante teleprompters que no se ven, y mucha TV. Los candidatos dan pruebas múltiples de ignorancia, y se las lanzan a la cara como los pastelazos de las viejas tiras cómicas. Bush no distingue Eslovaquia de Eslovenia, confunde billones con trillones y el año de ingreso de Clinton a la presidencia. Sus asesores sugieren, sutilmente, «que se aparte de los detalles que sobrepasan su raciocinio», al mismo que sus spots contratacan con las metidas de pata con Gore en un templo budista en California y en la pretensión de haber creado Internet. Ambos están a punto de sobrepasar el récord de Dan Quayle, vice de Bush padre, que perdió en ortografía ante un niño de 6 años.
También se están superando las marcas de procacidad. Bush, que llamó «culo sucio» a un periodista del New York Times, podría acceder al libro de Guinness junto a Richard Nixon (el tramposo «Tricky Dick»), quien escandalizó a los más curtidos cuando se desgrabaron las cintas de Watergate que lo expulsaron de la Casa Blanca.
Bipartidismo y democracia
Se dice que el bipartidismo, vigente desde fines del siglo XIX, y la rotación de los partidos en el poder, son garantía de democracia.
Convendría precisar ante todo el alcance del término, ahora que la Escuela de las Américas –donde se formaron todos los dictadores militares del continente, y que se mudó de las bases del Canal al estado de Georgia– se propone impartir cursos de democracia.
Ahora bien. Las grandes decisiones de política exterior son siempre bipartidistas.
Así ocurrió con la guerra del Golfo bajo la presidencia de Bush padre. Su hijo lleva como vice a Dick Cheney, secretario de Defensa en 1991, y aparece ante los veteranos con gorrito militar, como hizo antes Gore, rodeado por los generales de la guerra del Golfo, Colin Powell y Norman Schwarzkopf, reclamando reforzar el poderío militar.
Ambos candidatos se disputan el voto latino, y ahí corre la plata. Bush dice que «hay que ser duro con Cuba» y mantener el embargo, como lo hace Clinton igual que todos los gobiernos demócratas y republicanos desde 1959.
Plantea que «nuestras fuerzas armadas ayuden a entrenar a militares colombianos» y «se comprometan en Colombia» para posibilitar que Pastrana «negocie desde posiciones de fuerza», que es lo que Clinton está practicando a todo trapo. No se ve la diferencia.
Cabe anotar que el modelo bipolar inspiró a Colombia en el reparto del poder entre liberales y conservadores. Lo mismo Venezuela entre Ad y Copei desde el Pacto de Punto Fijo de 1958 hasta que –ironías de la historia– Chávez rompió el molde.
El juguete de la muerte
Las películas belleza americana y Magnolia nos aproximan al grado de deshumanización en que puede desembocar esa sociedad. Pero hay un indicio más aterrador.
El mundo se estremeció ante el asesinato de escolares a manos de sus condiscípulos en varias escuelas de Estados Unidos. Pero nadie les quita la libertad a los fabricantes de juguetes de poner en el mercado una silla eléctrica para niños conectada a electrodos cuya víctima se sacude al recibir la descarga. En dos meses se vendieron 65 mil ejemplares, y a pesar de la protesta de la organización de padres de niños asesinados y de numerosos psicólogos, «las grandes jugueterías se encuentran a la espera de más ejemplares, pedidos por ávidos compradores».
EEUU posee uno de los mayores índices de ejecuciones del mundo. Fueron 58 este año, 28 de ellas en Texas, cuyo gobernador rechazó todos los pedidos de clemencia. Se trata de George W. Bush.
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