También hay palomas en Teherán

La vida cotidiana

Convivir en Teherán es un asunto de aceptar las reglas de juego. Y además, de aprender -por ejemplo- que los semáforos de las esquinas y las «cebras» pintadas en el pavimento son por lo general un «adorno» simpático, y nada más que eso.

Si conducir un vehículo es una aventura de alto riesgo, cruzar caminando una avenida cualquiera no deja de ser una experiencia para la cual hace falta mucho coraje. Nadie protesta, nadie se queja ni trata de imponer su derecho de transitar por un sector determinado, cada quien hace lo que puede, como puede y donde puede. Los peatones son expertos esquivadores, dribleadores y saltarines, pero ninguno comete la torpeza de correr al cruzar la calle.

 

Simplemente caminan e imponen su presencia.

Con los automovilistas pasa algo parecido. Doblan cuando quieren y donde se les da la gana, adelantan por la derecha o por la izquierda, zigzagueando o como sea, de una mano o de otra, marcha atrás o hacia adelante, todo vale. Y las motos y por supuesto los motociclistas iraníes son una especie de misiles de alta velocidad sumergidos en el caos del tránsito, esquivando todo lo que se le presenta adelante, sobre cuatro ruedas o dos piernas.

Y en medio de todo este pandemonium, cada pocas cuadras aparecen los policías de tránsito, parados al lado de sus pintorescas motos, solemnemente, nosotros diríamos que casi «simbólicamente» en medio del infierno circundante. Y nos preguntamos: ¿qué puede hacer un policía de tránsito en las calles de Teherán? Quizás como los semáforos y las cebras sean una parte más de la decoración urbana. Sin embargo, luego de observarlos un rato, comprendemos que no es tan así, al verlos la locura se calma, y hasta se respetan semáforos y peatones. Pero por unos metros nada más. Apenas pierden de vista a los agentes, todo vuelve a la normalidad.

Se suman a los automovilistas, las motos y los peatones, los ómnibus del transporte de pasajeros, simples o dobles, algunos de ellos sobrevivientes aún de la industria soviética y muchos más modernos, totalmente construidos en Irán.

Por lo general llevan muchos pasajeros y ello es más que justificado ya que el precio de un boleto no llega a los dos pesos de nuestra moneda. Existe también una importante red de trenes subterráneos en los que el pasaje cuesta lo mismo que en los ómnibus de la superficie. Omnibus y subterráneos son empresas del Estado al servicio de la comunidad. Hay un muy buen servicio de transporte público y es en este aspecto que hay una norma de tránsito que creemos es la única que se respeta: en las principales avenidas hay un carril exclusivamente para que transiten los ómnibus y asciendan y desciendan los pasajeros.

 

Los vendedores callejeros

Vender, negociar, parece ser una de las aficiones más disfrutadas por muchos iraníes. Y también comprar, discutir el precio, regatear. Hoy por ejemplo estábamos parados en una esquina tratando de adivinar por dónde podríamos cruzar la calle sin tener que lamentarnos después, cuando llegaron al lugar dos hombres con una bolsa. La pusieron sobre la vereda y la vaciaron. Sacaron de ella cientos de chales y pañoletas de todos los colores. No los escuchamos pregonar su oferta ni les vimos colocar carteles con el precio. Simplemente llegaron, se sentaron en cuclillas en el suelo y vaciaron la bolsa. En menos de diez minutos los perdimos de vista en medio de una multitud de mujeres que revolvían entre los chales y las pañoletas, las desplegaban, se las probaban y discutían regateando el precio con gestos más que significativos. Decían que no, amenazaban irse y seguir camino sin comprar, el vendedor las llamaba y el negocio finalmente se hacía.

Conclusión, en menos de media hora los dos improvisados vendedores habían agotado su stock. Después de aquella fulminante euforia compradora, satisfechos, emprendieron el regreso con la bolsa vacía, aunque después de ver lo que vimos, no nos hubiese extrañado nada que alguna de las clientas ocasionales ofertara algo también por la bolsa, y se la llevara.

 

El pan de los iraníes

Imposible traducir los nombres de cada uno, pero hay una variedad de panes en Irán que atenta contra toda buena intención de dietas bajas en hidratos de carbono. Y aunque aún no los hemos probado todos -pero prometemos hacerlo si nos dan las fuerzas- son realmente exquisitos. Anoche mismo nos invitaron con un pan relleno de dátiles para el que no existen en el idioma español palabras capaces de definir el placer de su sabor y textura, y hoy fuimos a un pequeño local -parecido a otros tantos en la ciudad- lleno de bolsas de harina, con un horno, una pileta y dos especies de mostradores con una cubierta enrejada. Allí preparan y venden -en este caso nunca mejor aplicado aquello de «como pan caliente»- cientos de hormas por hora de un pan muy especial, que se hornea entre piedras calientes del tamaño del canto rodado común en nuestras playas, y se estira hasta darle una textura similar a la de nuestra torta frita. Se prepara en el instante, cuando se pide y se le entrega al cliente sobre el mostrador enrejado y allí el comprador debe «zarandear» el pan para desprender las piedras calientes que vienen adheridas a la masa. Sinceramente tampoco hay palabras para definir el placer de este pan que además es un excelente acompañamiento para nuestro criollísimo mate amargo.

 

La gastronomía

Los iraníes son muy tradicionales en el comer. Nunca falta en una mesa una ensalada cruda de verduras varias, sin aderezos especiales como estilamos nosotros, ni el arroz acompañando alguno de los platos. Las carnes de mayor consumo son por su orden el cordero, el pollo y el pescado, hay una gran variedad de quesos y el yogur es otro invitado infaltable en la mesa.

Dátiles, nueces, pistachos, gran variedad de frutas frescas -algunas de ellas desconocidas por nosotros-, postres tentadores y entre esas delicias probamos un helado tradicional en Teherán, que nos llamó la atención por sus ingredientes. Sobre una base de fideos de harina de arroz muy finitos (tal como los que nosotros conocemos como «cabellos de ángel» y usamos en nuestras sopas) apenas cocidos, se sirve una porción generosa de helado y se baña luego todo con bastante jugo de limón exprimido.

Por preceptos religiosos no se consume carne de cerdo ni bebidas alcohólicas, pero se sustituyen con muy buenos fiambres y embutidos varios de carne vacuna o de pollo y cervezas de malta, sin alcohol, saborizadas con manzana o limón.

Los jugos de frutas envasados o preparados al instante, la leche y por supuesto el té son también importantes en una buena dieta iraní. Días pasados en nuestra visita a uno de los mercados populares de la ciudad nos sorprendió la enorme variedad de especias en oferta. Aromas tentadores partían de uno y otro puesto donde en grandes bolsas se exhibían productos y sabores llegados desde todo Oriente a Teherán. Simplemente el disfrute de esos aromas justificaba el paseo. Proliferan entre estas especies, el comino y el azafrán iraní, considerados ambos entre los mejores del mundo.

El arroz -que puede ser uruguayo ya que Irán es comprador de buena parte de nuestra producción arrocera- acompaña las comidas generalmente sin ningún tipo de aderezo, pero noches pasadas en una cena que los invitados compartimos con el nieto del ayatolá Jomeini, sirvieron cordero acompañado de un arroz aderezado con menta, comino y algunas otras especias que le daban un sabor increíble y para nosotros exótico.

En definitiva, por lo visto -y probado- hasta ahora la cocina iraní además de sabrosa es abundante y natural. Por supuesto, aún nos queda más de medio país por recorrer y otras tantas delicias regionales que probar, pero como esta profesión es «un
sacerdocio» prometemos «sacrificarnos» y seguir experimentando los mundanos placeres de la buena mesa iraní.

 

La gente

Los y las iraníes son por lo general amplios, generosos y muy hospitalarios.

Se interesan y mucho por todo lo que sucede mas allá de sus fronteras aunque están bastante informados de lo que pasa en el resto del mundo. Por lo general son amables en el trato, aunque no faltan algunos prepotentes y avasalladores hacia los demás, sobre todo si tienen alguna pequeña autoridad que ejercer. Lógicamente esto no es un defecto privado de algunos iraníes, sino que en todas partes hay personas así que son la excepción de la regla.

Son discutidores, de hablar en voz baja y apenas moviendo los labios generalmente, pero estrepitosos en los gestos y la voz cuando de expresar sus emociones se trata. Profundamente creyentes la mayoría de ellos, viven y actúan de acuerdo a los preceptos del Corán y los sabios mandamientos de sus profetas.

Las mujeres son hermosas y para los occidentales -poco acostumbrados a esas imágenes cubiertas con sus chadores (velos) generalmente negros-, resultan un paisaje distinto, donde la belleza se trasmite solamente en el contorno de su rostro, la vivacidad de sus ojos y la límpida imagen de su presencia total.

Los hombres, de perfiles definidos, con cierta dureza de corte latino, tienen la sonrisa fácil y los ojos vivaces. Son aparentemente introvertidos, pero cuando intuyen afecto, «bajan la guardia» y se vuelven sencillos y conversadores. Visten sobriamente y entre otras cosas, la corbata parece no existir ni en los guardarropas más formales.

 

Los diarios y revistas

En los quioscos callejeros se venden decenas de revistas y diarios en idioma persa, árabe e inglés. El 90 por ciento de las publicaciones son nacionales y todas de excelente nivel gráfico y se venden a precios muy accesibles.

Un diario cualquiera cuesta promedialmente entre dos y tres pesos de nuestra moneda y una buena revista entre dos y diez pesos nuestros. Por ello la gente lee mucho y la prensa gráfica goza de gran popularidad. Leer es una de las aficiones de los iraníes. En la reciente Feria Internacional del Libro que se realizó en Teherán, en 20 días asistieron dos millones de visitantes y se vendieron millones de ejemplares.

Resumiendo, Teherán es una ciudad de corte latino, asumida por sus habitantes con filosofía oriental y con un paisaje alternativo entre lo tradicional y lo moderno, con muchos barrios antiguos de calles estrechas y sin veredas peatonales, canales de irrigación del arbolado público a cielo abierto por donde fluyen las aguas del deshielo que llegan desde las cercanas montañas y un gran smog, producto de los millones de caños de escape que no perdonan a su castigado medio ambiente.

Y algo que no se ve en esta ciudad: niños mendigando, hombres y mujeres revolviendo la basura, arrebatadores callejeros y rapiñeros atentando contra la integridad de la gente, lo que no significa que no haya también pobreza y delincuencia. Irán tiene cerca de un 12 por ciento de desocupación a pesar de todo el petróleo y el gas de su subsuelo y en algunas zonas de barrios marginales -que también los hay- el consumo de drogas es un tema que preocupa a los trabajadores sociales.

Proliferan los cuervos y sus graznidos a cierta hora alteran los nervios de quienes se cobijan a la sombra de los árboles -generalmente el chevar, una especie de plátano asiático, y algunos ejemplares de moreras, cipreses, fresnos, olmos y nogales- donde los agoreros pájaros se encuentran.

Pero también hay palomas en Teherán. Y ellas son las que importan. Los cuervos están demás en el paisaje. *

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