Opinión Internacional

La cumbre de Brasilia se distanció del Plan Colombia

Por Niko Schvartz

La aprensión de todos los vecinos de Colombia sobre los riesgos de escala bélica y de vietnamización de la región que conlleva el Plan Colombia sobrevoló (o estuvo subyacente) a lo largo de la cumbre. Pastrana se afanó en brindar explicaciones al respecto, pero su poder de convicción resultó muy limitado.

A tal punto que el tema no está incluido en la resolución final, y que un comunicado paralelo ni siquiera menciona al Plan Colombia.

El comunicado paralelo

Entre los 62 puntos de la Declaración de Brasilia (que enfatiza las futuras negociaciones entre el Mercosur y la Comunidad Andina con vistas a un acuerdo de libre comercio para enero de 2002) la lucha contra el narcotráfico y sus adyacencias promueve la necesaria consulta y coordinación entre los países involucrados en términos estrictamente latinoamericanos. Respecto a Colombia se elaboró un documento paralelo. Dicen los cables: «El comunicado paralelo no menciona en sus cuatro párrafos ni a Estados Unidos ni al Plan Colombia, que generó fuertes recelos entre los presidentes de la región.

El presidente colombiano Andrés Pastrana no logró el respaldo de la cumbre al Plan Colombia como buscaban tanto Bogotá como Washington, un día después de su encuentro en Cartagena con el presidente Bill Clinton, quien no logró imponer su proyecto colombiano en la cumbre».

Se agrega que «el comunicado conjunto dejó en claro, con su fuerte respaldo a la paz, que los presidentes sudamericanos no aceptarán una intervención militar estounidense, y que dicho país sea utilizado para una escalada militar al conflicto».

Este es el quid de la cuestión.

Paz o vietnamización

El mandatario venezolano Hugo Chávez fue muy preciso al exponer el alcance de la resolución sobre Colombia adoptada tras la reunión a puertas cerradas del jueves y de las reuniones privadas de varios participantes: «Estamos hablando de la paz en Colombia, de la paz». Mencionó a texto expreso «los riesgos de la escalada militar» y destacó la importancia de poner en práctica «nuestra propia geopolítica contra el narcotráfico», confrontada a «algunas que nos quieren imponer» desde fuera de la región. En declaraciones previas, recalcó que los instrumentos de guerra de que dispondrá Colombia con el Plan «serán mayores que la suma de todos los países latinoamericanos» y que «eso puede echar abajo el proceso de paz y generar un conflicto de mediana intensidad en toda esta parte norte de Sudamérica, no sólo de Colombia, sino de todos nosotros», mencionando las inquietudes de Venezuela (con 2200 km de frontera con Colombia), Brasil (1644 km de frontera), Ecuador, Perú, Panamá, buena parte de la Amazonia y de las zonas andina y caribeña.

En forma coincidente se indica que el presidente Pastrana concentró sus esfuerzos en asegurar a sus colegas que «Colombia nunca va a ser un nuevo Vietnam». Lo mismo había afirmado Clinton en la conferencia de prensa conjunta en Cartagena. Por lo visto, con poco éxito. El canciller Luiz Felipe Lampreia declaró que Brasil es contrario al «despliegue de una fuerza militar foránea en Colombia», y que su país se mantendrá estrictamente al margen del conflicto interno (lo cual cobra especial significado después de las visitas a Brasilia tanto del general Charles Wilhelm, jefe del Comando Sur, como la muy reciente de la secretaria de Estado Madeleine Albright). El presidente Fujimori alertó sobre el desequilibrio militar que provocará el Plan en toda la región, con la consiguiente incitación a la carrera armamentista (como ya sucedió en el conflicto peruano-ecuatoriano). Igualmente expresaron sus aprensiones el canciller argentino Alberto Rodríguez Giavarini y el ministro panameño Winston Spadafora.

Los consumidores de droga

Por su parte, las organizaciones civiles colombianas alertaron que el Plan Colombia relega el proceso de paz. Es lo que pasa ahora. El gobierno, de hecho, está dejando de lado la mesa de negociaciones del Caguán.

El mandatario ecuatoriano Gustavo Noboa llamó a Estados Unidos y a Europa a asumir su responsabilidad como grandes consumidores de estupefacientes. Este es otro aspecto esencial, que el Plan Colombia no contempla en lo más mínimo. Estados Unidos no adopta medidas eficaces para impedir o limitar el ingreso a raudales de la droga a su territorio, que alberga a la mayor cantidad de consumidores del mundo. En cambio, la declaración de Brasilia señala acertadamente que existe una responsabilidad compartida entre los países productores, de tránsito y consumidores. Responsabilidad que estos últimos, y principalmente EEUU, no pueden soslayar.

Amores que matan

Ahora estamos en condiciones de valorar en su conjunto los resultados de la visita relámpago de Bill Clinton a Cartagena, montada como un gran operativo propagandístico y de «publicity» mediática.

El presidente bailó la cumbia, se fotografío con Juan Valdez y su burro, besó a viudas de policías, visitó casas de un barrio humilde como si fuera el Papa o la canonizada madre Teresa de Calcuta, mientras en las ciudades se desplegaban manifestaciones profiriendo el «Go home» y se quemaban banderas norteamericanas frente a la embajada yanqui en Bogotá. «La guerra con cumbia entra», decía un comunicado del PCC, destacando que este dechado de cursilería, exaltada por los medios, perseguía el objetivo de convencer del humanismo de las bombas, del progreso de los fungicidas y la guerra bacteriológica y de la ternura de los batallones de mercenarios.

En conclusión: «Clinton ama a Colombia. ¡Pero hay amores que matan!».

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje