Antiamericanismo en el mundo
Vamos a no caer en la paranoia otra vez. No existe antiamericanismo ni en Europa ni en el mundo. Lo que sí existe es antintervencionismo militar ilegal, sobre el caso específico a Irak. En especial, porque esa invasión no fue sancionada por las Naciones Unidas y porque fue disfrazada de lucha antiterrorista.
La visita reciente de la secretaria de Estado Condoleezza Rice a Blackburn, al norte de Inglaterra, estuvo envuelta en controversia y en demostraciones populares de protesta. El pueblo inglés no es antiamericanista. Es simplemente apasionadamente crítico. Los placares en las manifestaciones de Blackburn y Liverpool no decían «Yanki Go Home» sino que decían «Condi Go Home» y «No a las invasiones ilegales». Los placares no hablaban de las miles de empresas e individuos americanos que son bienvenidos a las costas inglesas cada año. Bill Clinton hoy sería recibido en el Reino Unido por una multitud favorable jamás vista. Probablemente también sería reelecto en Estados Unidos. Con Bush, los americanos tienen cada día menos que ver. El 60% del pueblo de Estados Unidos desaprueba la conducción política del su gobierno. Esto no es antiamericanismo. Es sensatez. El principal responsable de esa política no es el pueblo americano sino que es la Casa Blanca de George W. Bush y Dick Cheney, ejecutada a puertas cerradas por Donald Rumsfeld desde el Pentágono. Esto lo saben todos los países y es la principal razón por la cual la administración Bush no ha podido «vender» la invasión de Irak. Básicamente, tres personas estaban decidiendo el destino del mundo. Con su alto cargo en el gobierno, antes y después de la invasión a Irak, Condi Rice es también responsable. Por eso las críticas constructivas apasionadas en el Reino Unido. Que es muy diferente a la crítica destructiva apasionada que hacen los insurgentes en Irak.
Bush lleva gastados 400 billones de dólares, la vida de 2.250 soldados americanos y 35.000 iraquíes ultimados. Y no puede mostrar nada a cambio, salvo un país en ruinas, 130.000 efectivos suyos sitiados, una guerra civil palpitante y una región incierta.
Tal es así, que sectores republicanos antes considerados «duros» se unieron a la crítica internacional en contra de la política de la Casa Blanca. Para muchos en Washington, de cualquier filiación política, Bush es una bala perdida que hay que neutralizar pronto antes que arruine la economía y la política americana para el resto de siglo. El Congreso ya le pasó aviso a Bush de que sus manos no van a estar libres para empezar a apretar botones militares como en su primera presidencia. Los senadores republicanos están dictando política americana, directamente. Algo pocas veces visto. Esto no es antiamericanismo del Congreso. Es una necesidad impostergable de las fuerzas inteligentes republicanas. Su supervivencia frente al electorado está en juego. La democracia americana no es perfecta. Adolece de muchas fallas que los ciudadanos liberales de ese país están tratando constantemente de reparar. Es que la actividad democrática no solo depende de las instituciones, sino que depende también del carácter de los políticos elegidos por el voto popular. Lo que sí hay que tener cuidado es que la política de Bush no se transforme decididamente en «antimundo». Ahí sí que perdemos todos. El viejo slogan bushiano: «Están con nosotros o con los terroristas», apuntaba a esa idea. El problema es que la doctrina de «seguridad total» promulgada desde la Casa Blanca es una utopía. Bastó el ataque sorpresivo y mortífero de un huracán, unido a la ya vergonzosa situación en Irak, para dejar bien claro que la doctrina Bush tenía agujeros serios. Fue la noción promulgada por la Casa Blanca de «seguridad total» la que produjo la paranoia de Guantánamo, la tortura en Abu Ghraib, los vuelos y cárceles secretas en países europeos, el espionaje de americanos en su propio país, la sicosis de visas en los aeropuertos, la burocratización de la lucha antiterrorista; la lista es larguísima.
Lo que Bush propone es un nuevo tipo de Guerra Fría. Otra vez, las necesidades económicas urgentes de muchos países quedaron suspendidas para pelear una guerra que no les concierne. No se debe caer en esta trampa. El sida y las hambrunas africanas, el desarrollo económico y la distribución de la riqueza en Latinoamérica, esos son los grandes objetivos. Esto no es antiamericanismo. Es una urgencia humana.
Hoy Europa tiene importantes diferendos comerciales con Estados Unidos. Esto no quiere decir que Europa sea antiamericana, sino que hay que buscar soluciones comerciales a problemas comerciales. Igual debería hacer Latinoamérica. Pero también es importante no confundir una administración individualista como la de Bush, con una nación pluralista como la americana. Tanto en Europa, como en Estados Unidos, nadie va a desandar lo que pasó en Irak. Nadie va a resucitar a los muertos de uno y otro bando. No queda otra alternativa que respirar profundo, tragar la saliva mezclada con sangre y arena que nos quede en la boca, y buscar soluciones para que no se confundan los objetivos. Esto no es antiamericanismo. Es una salida política.
Todavía tenemos que vivir todos en este mismo planeta. La ambiciosa conquista marciana anunciada por Bush está todavía muy lejos. Tal vez la totalidad de personas que hoy habitan en la tierra muera naturalmente, antes de que pise ese planeta el primer astronauta. Y capaz que va a ser un chino o, quien sabe, hasta un latinoamericano. El desarrollo pide a gritos que le abran camino. No se puede esperar más. *
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