Elecciones en la tierra del vudú
Desde el fin de la dinastía duvalierista, el país tiene una triste tradición de cambiar presidentes y gobiernos mediante golpes de Estado, manifestaciones populares o presiones de la comunidad internacional, o por los tres medios a la vez. Después de la caída de Jean-Bertrand Aristide, el 29 de febrero del 2004, la comunidad internacional -particularmente Estados Unidos, Francia, Canadá, la ONU y la OEA- decidió apoyar un gobierno provisional. Asumían interinamente Alexandre Boniface como presidente de la República y Gérard Latortue como primer ministro. Llegaba una nueva misión de la ONU para estabilizar al país, la décima en la larga historia de la isla, y se creaba la Minustah, presidida por el embajador chileno Gabriel Valdés en representación de Koffi Annan y bajo mando militar de Brasil.
Unos 9.000 cascos azules más de 7.500 militares y 1.900 policías, provenientes de 40 países- y 4.000 policías haitianos, son los encargados hoy asegurar el país.
La Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización en Haití dio lugar a la preparación y la organización de elecciones presidenciales y legislativas,
Unos 3.500.000 ciudadanos mayores de 18 años se registraron para votar y tener por primera vez un documento de identidad, durante un proceso complejo y muchas veces violento, en un país sumido en la pobreza que vive casi exclusivamente de la ayuda internacional.
Más de 9.200 oficinas de votación en toda la isla. Unos 36.584 miembros responsables de recibir los votos de los electores fueron escogidos y entrenados por personal internacional. Los observadores internacionales, bajo la coordinación de la Misión Internacional de Evaluación de las Elecciones (Mieeh), provienen principalmente de Canadá, la OEA, la UE, la ONU y la Comunidad del Caribe (Caricom), serán los encargados de fiscalizar los comicios.
La presidencia la disputan 32 candidatos que representan a todo el arco político y religioso, incluso al ex presidente exiliado. Para las legislativas participan 1.300 aspirantes para 30 puestos de senadores (3 por cada uno de los 10 departamentos) y 99 bancas de diputados.
El sistema electoral haitiano establece que los candidatos deben ser elegidos por mayoría absoluta, es decir el 50 por ciento de los votos más uno. Esto es aplicable tanto para la elección presidencial como para la legislativa.
En caso de ser necesario, se ha previsto para el 19 de marzo una segunda vuelta electoral. Las elecciones locales y municipales tendrán lugar el 30 de abril.
La sombra de Aristide
El factor decisorio para el electorado parece ser la aparente proximidad o lejanía de los candidatos con la figura del mediático ex presidente Jean Bertrand Aristide. Fue precisamente la caída del ex sacerdote salesiano, exiliado en Sudáfrica, lo que dio paso a la convocatoria de estas elecciones por parte de un gobierno provisional bajo la protección militar de unos 9.000 cascos azules, entre los que se encuentran los soldados de Batallón Conjunto Uruguay, bajo el mando del coronel Eduardo Pin.
Y aún la vinculación o no con Aristide no está muy clara en muchos candidatos, como es el caso del favorito según todas las encuestas, el ingeniero agrónomo de 63 años René García Préval, quien fue primer ministro y ministro del Interior y Defensa durante el primer gobierno de Aristide en 1991, y presidente de la República elegido democráticamente de 1996 a 2001.
Al frente del partido La Esperanza y, según aseguran con discreción sus más cercanos colaboradores, muy distanciado personal y políticamente de Aristide, Préval dispone sin embargo del favor electoral de quienes le consideran un aliado del ex presidente exiliado.
Los líderes del partido Lavalás, fundado por Aristide y en el que militó Préval, han pedido públicamente el voto para el candidato de La Esperanza, de lo que éste no quiere dejar de beneficiarse.
Casado y con dos hijas, Préval que se ha dedicado durante los últimos años a fabricar y exportar muebles de bambú, se ha beneficiado de la confianza y simpatía de las clases más populares, de los paupérrimos barrios de Cité Soleil.
Hijo de un ministro de Agricultura, René Préval se formó en Bélgica, adonde su familia se trasladó en 1963 huyendo de la dictadura de François Duvalier, aunque no llegó a concluir los estudios superiores de Agronomía en la Universidad de Bruselas.
Vivió la primera mitad de los setenta en Estados Unidos, antes de regresar en 1975 a su país para regentar una panadería.
Entró en política en 1986, pocos meses antes de la caída de Jean Claude Duvalier, cuando contactó con el entonces sacerdote salesiano Aristide.
Fue miembro del movimiento izquierdista Honor y Respeto por la Constitución, presidió un comité que investigó las desapariciones durante el régimen dictatorial y militó en Lavalás, coalición que llevó a la presidencia del país a Aristide tras la victoria en las elecciones de diciembre de 1990.
En 1991 fue nombrado primer ministro y además asumió las carteras de Interior y de Defensa Nacional. El golpe de Estado del 30 de setiembre de 1991 encabezado por el entonces general jefe de las Fuerzas Armadas, Raoul Cedrás, derrocó al presidente Aristide, y Préval se vio obligado a pasar a la clandestinidad.
Durante varios meses vivió bajo protección francesa en la residencia oficial del embajador galo, y el 13 de febrero de 1993 llegó a México con estatus de asilado político.
Al año siguiente Aristide volvió a la presidencia de Haití, bajo protección de EEUU, pero Préval no reasumió ningún cargo en el Gobierno.
En 1995 presentó su candidatura a la presidencia de la República al frente de la Organización Política Lavalas (OPL) y obtuvo el respaldo mayoritario del 87,9 % del escasísimo electorado que participó en las elecciones.
El 7 de febrero de 1996 recibió el poder de Aristide, quien por imperativo constitucional no podía renovar mandato, por lo que algunos observadores internacionales vieron en Préval «el títere» del presidente saliente.
En la recta final de su mandato se celebraron elecciones denunciadas como fraudulentas por la oposición -que no concurrió a la segunda vuelta- y la comunidad internacional, y que dieron la mayoría casi absoluta a la Familia Lavalás y a Aristide, a quien Préval entregó el poder el 7 de febrero de 2001.
La candidatura de Préval, en un país socialmente fracturado por el distanciamiento entre las clases sociales, preocupa a ciertas élites políticas y empresariales, que ven en este agrónomo el delfín de Aristide y la Familia Lavalás, hostiles a sus intereses en los dos malogrados períodos de gobierno del ex sacerdote salesiano, acusado hoy de malversación de fondos por la justicia de su país.
El empresario Charles Baker, que se presenta a las elecciones simplemente como ‘Charlito’ acusa directamente a Préval de ser un socio político de Aristide con las consecuentes advertencias de todo lo peor que podría ocurrir en el país si ganara las elecciones.
Baker, de 50 años, es el único candidato blanco que se presenta a estas elecciones, en un país donde el 90 por ciento de la población es de raza negra.
‘Charlito’ tiene unos cinco mil empleados en sus fábricas textiles, que funcionan bajo el régimen de zonas francas, es decir con sus exportaciones exoneradas de impuestos, y utilizó parte de sus beneficios para financiar la revuelta popular que acabó con el derrocamiento de Aristide a principios del 2004, según denuncian sus adversarios.
En tercer lugar las encuestas sitúan a Leslie François Manigat, quien fue presidente de Haití de
febrero a junio de 1988 y desplazado del poder por un golpe militar.
Manigat, profesor de matemáticas e historiador de 76 años, se presenta al frente del partido Agrupación Demócrata Nacional Progresista (RDNP).
Sin posibilidades aparentes de ganar, pero con cierto apoyo popular se presentan el ex alcalde de Puerto Príncipe Evans Paul, líder de la Confederación Unidad Democrática (KID por sus siglas en creole), al frente de la coalición Alianza Democrática.
Candidatos violentos y de dudosa reputación
El carismático Guy Philippe, que lideró el alzamiento armado contra Aristide en 2004, se presenta con esa reputación política como candidato del partido Frente por la Reconstrucción Nacional (FRN). Los rebeldes que estaban a sus órdenes mataron a docenas de personas en el levantamiento que depuso a Aristide en febrero de 2004, según organizaciones defensores de DDHH de Estados Unidos.
La revuelta no fue el acontecimiento que hizo pública la imagen de Philippe, un líder de 37 años, a los ojos de los observadores de derechos humanos, pero sí llamó la atención cuando estuvo al frente de la policía en Delmas, un suburbio de Puerto Príncipe. «Durante su permanencia como jefe de policía hubo informes creíbles sobre ejecuciones sumarias de miembros de bandas criminales por parte de la policía,» denuncian las organizaciones de DDHH.
Philippe ha hecho campaña abiertamente junto a Louis Jodel Chamblain, un antiguo jefe de un escuadrón de la muerte quien le ayudó a liderar la rebelión del 2004.
Chamblain fue declarado culpable de asesinato en dos oportunidades y una de esas sentencias fue por haber tenido una supuesta vinculación con la masacre de campesinos ocurrida en una barriada en la costa de Rabateau en 1994.
Pero sus condenas fueron retiradas por los tribunales haitianos luego de las revueltas en juicios, que los activistas de derechos humanos consideran una farsa.
Franck Romain, quien fue un funcionario de alto rango del ejército local cuando François «Papa Doc» Duvalier y sus temidos paramilitares Tontons Macoute gobernaban en Haití, también se postula para la presidencia.
Romain, quien perteneció al ala más dura del gobierno, fue acusado de la masacre ocurrida el 11 de setiembre de 1988 en la iglesia Jean-Bosco, cuando gobernaba Aristide y en momentos en que un sacerdote de la Iglesia Católica oficiaba un sermón. Al menos murieron 13 personas y docenas resultaron heridas.
Dany Toussaint, que alguna vez fue sospechoso de haber participado en el asesinato del periodista más importante de Haití, Jean Dominique, es otro de los candidatos con historias turbias.
Junto a él se presentan Hubert De Ronceray y Eduard Francisque, ambos ministros en el régimen de Duvalier, así como Himler Rebu, quien fue el jefe del ejército durante la dictadura que apartó del gobierno a Aristide en 1991.
El ejército de Rebu y los paramilitares fueron acusados de ser los responsables de diversas matanzas, como también de torturas y violaciones, durante los tres años que Aristide estuvo en el exilio, a poco de haber comenzado su primer mandato.
La política y la violencia siempre estuvieron unidas en Haití, sin olvidar a las bandas de delincuentes, secuestradores y narcotraficantes. El límite nunca está claro.
Los secuestros crecieron de 15 a 20 por día durante el pasado mes de diciembre y la Organización internacional Médicos sin Frontera ha dado la alarma respecto a la cantidad cada vez mayor de víctimas heridas o asesinadas en la capital del país.
La puja electoral tuvo varias bajas a última hora. El pasado 30 de enero falleció a causa de un infarto Jean Jacques Sylvain, líder y candidato del Partido de los Industriales Trabajadores Agentes de desarrollo y Comerciantes de Haití (Pitach). Otro candidato presidencial, Frantz Perpignan, del Partido Demócrata Cristiano Haitiano (PDCH), anunció su retirada de la contienda electoral.
La única mujer que se presenta a la elección presidencial es Judie C. Roy, del partido Agrupación Nacional para la Renovación Nacional (Reparen).
El fracaso de las elecciones en Haití sería también el del gobierno provisional y de la comunidad internacional, sostiene los analistas. Pero también es cierto que elegir a un presidente y a los parlamentarios, eso no significará ipso facto que ya hay democracia en el país, sino que será un primer paso hacia la reconstrucción del diezmado Estado. Hoy todos apuestas a concretar esta etapa electoral como un paso más en la compleja reconstrucción de ese pedazo de Africa en América. ¿Vale la pena elegir a un presidente si no se respetará su mandato constitucional por 5 años, o si se convertirá en un dictador, o si la miseria y la violencia continuarán? El pueblo haitiano, los que serán elegidos y la comunidad internacional deben entender que la instauración del proceso democrático no hace sino empezar con las elecciones que, en este caso, no serán nada perfectas», señaló Wooldy Edson Louidor, del Servicio Jesuita a Refugiados y Migrantes (SJRM) en Wanament, Haití.
Desde dentro y fuera de la isla todos coinciden en dos cosas. Las tropas de la Minustah estarán en Haití durante mucho tiempo aún, y la ayuda internacional debe continuar para intentar rescatar al país más pobre del continente. *
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