Donde termina la valla comienza la esperanza de los migrantes

El muro que separa a Tijuana (México) de San Diego (Estados Unidos), construido a mediados de los 90, se termina en Nido de Aguila, donde barrancos, alacranes y víboras no logran disuadir a los migrantes ilegales de América Latina camino al sueño americano.

«Hace quince días que estoy aquí, dejé atrás en Guadalajara (oeste) a mi paloma y a mis hijos, llora que te llora, ahora no me puedo echar para atrás», explica con tono cansado Salvador Alvarez, de 36 años, aspirante a exiliado.

Salvador no sabe ni parece tener mucho interés en el debate político en Estados Unidos sobre la ampliación a toda la frontera del muro limítrofe que se construyó a mediados de los 1990 entre ambos países.

Su mirada se pierde allá donde termina abruptamente la valla metálica, hacia el este, rumbo a Tecate.

En lo alto de los cerros, de lado estadounidense, la patrulla fronteriza se limita a esperar con la máxima visibilidad y comodidad a los ilegales.

Salvador habla a borbotones, mientras el sol y la temperatura bajan rápidamente en las colinas. «No me atrevo a ir solo, y si me quiebro una pata, ¿cómo le hago?», medita, mientras da pasos cortos incesantemente, para combatir el frío.

Desde la construcción del muro, hace doce años, «el migrante se ha vuelto más cauteloso. Ya no es como antes, cuando esperaban sentados a que pasara la patrulla (migratoria)», explica el doctor Evenord Medrano, coordinador del Grupo Beta, un cuerpo policial mexicano especializado en la ayuda al migrante.

«La barda los ha orillado a los cerros, a los desiertos», advierte.

En 2005 fallecieron 445 ilegales al intentar cruzar la frontera, según datos provisionales de la cancillería mexicana. La inmensa mayoría de las muertes se registraron en los desiertos de Arizona y Nuevo México, donde las condiciones de paso son extremadamente duras.

En esos estados, el debate también se ha agriado súbitamente, desde los ataques terroristas del 11 de setiembre de 2001, con la aparición de milicias locales de activistas antimigrantes, bajo nombres como los Minutemen.

En las últimas semanas se produjeron dos incidentes armados en la frontera tijuanense. En el último, un migrante fue baleado por la espalda por un policía de la patrulla fronteriza, presuntamente cuando huía de regreso a México.

Del lado estadounidense, la explicación oficial fue que el delincuente tiró piedras a la patrulla antes de huir.

«El migrante no quiere normalmente problemas cuando cruza, al contrario, quiere borrarse, no existir», asegura José Oropeza, integrante del Grupo Beta.

En la Mesa de Otay, al lado del aeropuerto tijuanense, no hay testigos para saber qué sucedió exactamente esa noche de diciembre.

Rodeados de chabolas, de papeles y bolsas que vuelan entre frías corrientes de aire, los habitantes del barrio de la Mesa no parecen muy dispuestos a colaborar con ninguna Investigación. *

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