El progreso científico no siempre es un buen negocio
Recientemente, la humanidad entera se unió para celebrar a las personalidades e instituciones galardonadas con el Premio Nobel en distintos campos del saber, cubriendo áreas relevantes del conjunto del conocimiento humano.
Los desarrollos tecnológicos y de otros tipos han estrechado las distancias que separan a naciones, países y continentes, y también han llevado al otorgamiento de premios de carácter internacional, incluidos los Premios Nobel, confirmando la universalidad de la condición humana y de su experiencia, así como las interdependencias de la familia humana.
Unas tres semanas antes de que fueran anunciados los premios, los sudafricanos realizamos nuestra propia ceremonia de premios nacionales, que tiene lugar cada dos años en Pretoria, para honrar a 24 figuras eminentes tanto de Sudáfrica como del extranjero. Entre ellas estaban dos Nobel sudafricanos: el químico Aaron Klug y el novelista J. M. Coetzee.
Recordé cómo en su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura de 2003, en el cual afirmaba la importancia del pensamiento original para la gente común, Coetzee, preguntó:
«¿Y por quién hacemos cosas que llevan hasta el Premio Nobel si no es por nuestras madres? ¿Por qué nuestras madres deben haber cumplido noventa y nueve años y llevar largo tiempo en la tumba antes de que nosotros podamos ir corriendo a casa con el Premio que compensaría las vicisitudes por las que les hicimos pasar?»
Los laureados con el Premio Nobel de medicina de 2005, Robin Warren y Barry Marshal, se vieron forzados a comprobar una vez más que cuestionar verdades aceptadas significa que sus denuncias se conviertan en un permanente fastidio público. Su propia curiosidad, representativa del urgente impulso humano por saber más, los llevó a involucrarse en la tarea de «desenmarañar los misterios del mundo natural», como dijo Klug.
Tan temprano como en 1982, sus investigaciones los llevaron a probar que las úlceras pépticas son causadas por una infección bacterial (el microbio Helicobacter Pylori). Este hallazgo contradecía la verdad «establecida» de que las úlceras se originan sobretodo por el estrés y el estilo de vida. El profesor Terry Bolin caracterizó al trabajo de Warren y Marshall, como «el descubrimiento más revolucionario en el campo de la gastroenterología del último cuarto de siglo».
Y no fue hasta 1994, 12 años después del descubrimiento de Warren y Marshall, que el mundialmente prestigioso instituto Nacional de la Salud de los Estados Unidos (NIH) aceptó el origen bacterial de las úlceras, y dio el visto bueno para que los pacientes infectados con H. Pyroli fueran tratados con antibióticos.
Dos años más tarde, en 1996, la Administración de alimentos y medicinas de los Estados Unidos, aprobó el primer tratamiento de antibióticos para las úlceras.
El Premio Nobel tardaría en llegar 23 años -probablemente mucho después de que le fuera posible a los hijos de madres con noventa y nueve años irse corriendo a su casa con el premio que compensaría las vicisitudes que les hicieron pasar sus ahora célebres criaturas. En una entrevista para la Australian Broadcasting Corporation (ABC), Warren, Marshall, y otros científicos explicaron algunos de los obstáculos que se interpusieron a una rápida aceptación de su descubrimiento salvador.
En esa emisión se dijo que en el momento que se produjo el descubrimiento de Warren y Marshall, las mayores compañías farmacéuticas habían puesto en circulación medicinas para la reducción de ácidos en el mercado internacional, que no curaban las úlceras. Por su parte, Marshall y Warren habían demostrado que una simple aplicación de antibióticos podía curar hasta un 90 por ciento de estos casos.
Marshall comentó: «Una compañía farmacéutica quiere venderle medicinas que usted tome durante el resto de su vida: una medicina para el colesterol, otra para la diabetes. Son buenos vendedores. Si ellos le ofrecen una medicina que lo cure, sólo necesitará tomarla una vez o por una semana y así, ¿cómo podrían hacer que ésta les produzca verdaderas ganancias?» Warren constató que «esas medicinas se quedaron fuera de circulación porque nosotros detuvimos la bacteria, de modo que ya no eran necesarias.»
Para ganar la batalla que lleve a la victoria de verdades científicas que salvan vidas contra la poderosa combinación de la fuerza de la inercia y la ganancia de dinero, Warren y Marshall llegaron al punto de infectarse a ellos mismos con la bacteria y curarse después con antibióticos. La desesperada oposición general a la verdad exigía medidas extremas para asegurar la aceptación del nuevo descubrimiento, que les sirvió para «desenmarañar los misterios del mundo natural.»
Lo que sabemos es que los dos científicos han ampliado el espacio epistemológico que le permite a la humanidad obtener conclusiones válidas a partir de lo que hasta ahora creíamos, multiplicando así nuestras posibilidades de anticipar el futuro. *
(*) Thabo Mbeki, Presidente de Sudáfrica, escribió este artículo en su calidad de Presidente del Congreso Nacional Africano (ANC).(COPYRIGHT IPS)
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