Escrito por: NIKO SCHVARZ
ESTADOS UNIDOS lanzó la invasión a Irak en marzo 2003, pisoteando la ley internacional y las resoluciones expresas del Consejo de Seguridad. La potencia imperial ocupó el paÃs a sangre y fuego, se apoderó del petróleo, impuso a un virrey (Paul Bremer) remplazado luego por un seudo gobierno que responde a la embajada norteamericana, el único poder real. Siempre bajo dominio de las tropas de ocupación, se eligió un Parlamento. Luego, en medio de tironeos entre las tres facciones rivales y modificaciones de última hora, parió el proyecto de Constitución que el sábado 15 se puso a votación.
Todo esto proceso, desde su gestación hasta la votación, lleva la marca de la potencia ocupante. Sus tropas vigilaron los centros de votación, los transformaron en verdaderos bunkers colocando planchas de hormigón armado, y supervisaron el traslado de las urnas. Anunciaron con bombos y platillos que el jueves 20 se conocerÃan los resultados. Pero a poco andar se desdijeron, señalando que debÃa procederse a un recuento. Al dÃa de hoy no se sabe en definitiva qué pasó.
Los ocupantes y el gobierno confiaban que el sur chiÃta y el norte kurdo votarÃan a favor del proyecto tal cual quedó pergeñado, descontando que se opondrÃa la zona sunita de Bagdad y alrededores. En realidad, se pronunciaban en contra, además, los grupos chiÃtas radicales dirigidos por Moqtad-al-Sadr y distintos focos de resistencia a la ocupación, como los conformados en torno al ejército, a los remanentes del partido Baath y a los que se engloban genéricamente bajo el marbete de Al Qaeda y que son muy diversos. Lo que ocurrió fue lo siguiente: tanto el sur chiÃta como el norte kurdo (que en realidad desea la separación para formar un Kurdistán independiente) votaron en menor proporción a lo esperado. La zona sunnita central votó en contra. Un avezado comentarista define asà el cuadro de situación: “Si Condoleezza Rice se habÃa apresurado (el dÃa 16) a celebrar el triunfo, el insólito silencio del gobierno estadounidense en los dÃas siguientes hace pensar en una frenética batalla para ajustar cuentas que deben cerrar a la fuerza”.
Corroboran esta apreciación los hechos que se van conociendo. En provincias kurdas y chiÃtas aparecen porcentajes de votantes tan elevados (por encima del 98%) que no resultan creÃbles. En la propia CNN oà que se expresaban dudas frente a porcentajes superiores al 99,9%.
Pero, aunque el margen que resta es muy estrecho, hay lugar para mayores sorpresas. En determinadas regiones el número de papeletas excede el número de votantes. DarÃa la impresión de que las urnas se llenaron antes de que se iniciara la votación. En otras regiones, claramente favorables al No, la policÃa secuestró las urnas con las papeletas, que fueron a parar con destino desconocido. En otro caso (la legendaria NÃnive, a orillas del Tigris), se hicieron públicos dos resultados distintos. Los dos dan mayorÃa al No, pero el oficial registra 55%, mientras los lÃderes sunitas afirman que se sobrepasó el 75%. La importancia del tema radica en que, para que la Constitución sea rechazada, requiere que por lo menos tres provincias la reprueben por el 75% de los votos. Ya hay dos provincias sunitas que alcanzaron dicho porcentaje, de acuerdo con la comisión de control oficialista, por lo cual el caso de NÃnive pasa a ser decisivo. Algo similar sucede en la provincia de Anbar. En Mosul, en el norte, donde votan sunitas y kurdos, la red Al Jazeera dio vencedor al No por cerca del 80%, mientras la comisión oficial reporta una votación afirmativa. Todos estos hechos alimentan la sospecha de que se están acomodando las cifras en las provincias contrarias al proyecto.
El comentarista citado concluye que, aunque por estos métodos fraudulentos se proclame afirmativa la votación, la Constitución resultarÃa aprobada por un número exiguo de iraquÃes: a lo sumo unos 6 millones entre 19 millones de potenciales votantes.
Mientras este tema se arrastra, el 19 lanzaron con estrépito y fragor publicitario el juicio a Saddam Hussein. Al dÃa siguiente fue asesinado uno de sus abogados. El juicio es una farsa por los cuatro costados y está desprovisto de las más mÃnimas garantÃas. Saddam en ningún momento pudo consultar a sus abogados, entre los cuales figura Roland Dumas, que según recuerdo ocupó la cancillerÃa francesa, o el ex fiscal general (general attorney) de EEUU, Ramsey Clark. Destaco a este último, porque lo conocà en Teherán en el curso de una conferencia internacional sobre los crÃmenes del imperialismo norteamericano contra Irán, en la época del ayatolá Jomeini, y tuvo la valentÃa de condenar desde la tribuna el secuestro de los rehenes norteamericanos en la embajada de ese paÃs en Teherán y reclamar su liberación.
Es gente de esa reciedumbre ética la que señala hoy que el juicio a Saddam es un insulto a la legislación y a la conciencia internacional. EEUU lo hace juzgar en Irak por medio de un tribunal nombrado por el virrey Bremer en 2003, y no por el Tribunal Penal Internacional de La Haya que EEUU no acepta, para asà defender la impunidad de los integrantes de sus fuerzas armadas que perpetraron crÃmenes y torturas en las más diversas latitudes.
Mientras Saddam recusaba la legitimidad de un tribunal que responde a la potencia extranjera, se recordaba las torturas impuestas por las tropas yankis en las prisiones de Abu Ghraib, Guantánamo y Afganistán, y se agregaba otro caso terrorÃfico en este último paÃs: el asesinato a dos afganos que fueron quemados y luego objeto de vilipendio en forma indignante. La CNN dio apenas un pantallazo. En la TV 5 francesa lo mostraron en una extensa toma fija y anunciaron que no iban a continuar la exhibición, por su carácter repulsivo.
Por otra parte, los familiares del periodista español José Couso entablaron juicio a las autoridades yankis de ocupación por el asesinato del camarógrafo mediante proyectiles lanzados desde un tanque contra el hotel Palestina de Bagdad en abril de 2003. *
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