Una campaña electoral plagada de tensiones
Eso es lo que dicen el Presidente y su esposa que es la candidata a senadora nacional por la provincia de Buenos Aires, el distrito de la discordia, o, como dicen en el oficialismo, «la madre de todas las batallas». Es lo que ha endurecido el discurso oficial infectando de temores la atmósfera al menos en grandes centros urbanos por aquellos que de las palabras a los hechos a veces el trecho es el filo de una navaja. El estilo crispado del matrimonio, que no es impostado, añade un factor adicional a lo que pasa.
Hay en la escalada presidencial continuidad con eso de acusar a Duhalde de mafioso y acaso ya no quedan adjetivos por pronunciar. que el caudillo bonaerense le ha declarado también la guerra a Kirchner está más cerca de la verdad que sus afirmaciones que la estabilidad no está en peligro y una presencia de ánimo envidiable, según lo que han hablado con él estos días. Sí está «ofendido» con lo que se despachó el piquetero Luis D’Elía, que está en las huestes kirchneristas, acusándolo de narcotraficante.
Kirchner puede pensar que efectivamente su ex aliado puede prepararle trampas en el futuro, sobre todo si su esposa candidata, Hilda González, Chiche, saca más votos de lo previsto y tolerable, porque lo convertiría en un foco opositor que puede volver a atraer algo bastante de alcaldes y referentes bonaerenses que hoy hacen gala de amor eterno al Presidente.
Una voz cercana a la rosada recuerda que Duhalde llegó a la presidencia mediante puebladas que desestabilizaron a Fernando de la Rúa primero y a Adolfo Rodríguez Saá, que lo había suplantado, más tarde.
No le creen al bonaerense y entonces, como la división es como hoy están las cosas, irreparable, más vale incitar al odio contra Duhalde y lo que representa, minarle la posibilidad de que su vicaria logre votos y sacarlo del escenario político.
No todos comparten este enfoque y creen que hay cierta desorientación en el discurso oficial, y que podrían estar motorizada por datos que indicarían a Chiche le irá mejor de lo previsto. Las encuestas que maneja el Presidente, no dicen eso.
Tal vez Kirchner tenga razón con su discurso demonizador, sobre todo por el respaldo, indirecto pero respaldo al fin, que Chiche recibe de Carlos Menem, vía Luis Patti, viejo y disciplinado aliado del riojano. No cambia nada con que Duhalde o su mujer se nieguen a fotografiarse con Menem y hayan rechazado ofertas de respaldo tanto de él como de Adolfo Rodríguez Saá, con ínfimos nichos con sufragios en la gran provincia. Es bastante con haber acordado con el ex comisario que torturaba peronistas en los años de plomo. Con semejante respaldo y el reacercamiento al caudillo del ex carapintada Aldo Rico, da suficientes argumentos que hay allí, una coalición de derecha.
La peligrosa verdad absoluta
Y por los antecedentes de como Duhalde llegó a la Rosada, razones para imaginar lo peor para el futuro. Lo que no quiere decir que la historia se repita ni que el análisis sea, en definitiva, el correcto.
Acaso, y sólo acaso por el momento, el endurecimiento del discurso contra el duhaldismo sería beneficioso en el más grande de los distritos. Parece menor probable que le sirva al canciller Rafael Bielsa, cadenero de la lista de diputados del Frente para la Victoria en el distrito porteño donde esa crispación que sale de la Rosada, puede producir efectos contraproducentes.
Menos razonable parece a algunos analistas que Cristina Fernández en el lanzamiento de la campaña electoral nacional del Frente para la Victoria en Rosario haya tenido dardos duros, no del calibre que se le tiran al duhaldismo pero no menos agresivo, contra el Frente Progresista que encabeza el Partido Socialista. Dicen que Kirchner puso mala cara cuando oyó a su mujer atacar a Hermes Binner, el alcalde de Rosario, ya que el socialista estaba tiempo atrás entre las personas que especulaba con incorporar a su proyecto político. Cercanos a la candidata justifican: «es el rival a vencer en Santa Fe, no podíamos dejar de atacarlo».
Pero una cosa es la crítica política y otra la descalificación porque se instala la idea de que el kirchnerismo no acepta el disenso, la posibilidad de construir alternativas fuera de su proyecto. Abona esa incursión bélica sobre el Frente Progresista que no se acabó con el discurso agresivo de Cristina Fernández que el peronismo irá por más y como pueda para no perder el distrito que controla desde 1983 y sobre todo, para que no se instala la idea que una opción progresista diferente es posible, que el mundo argentino de avanzada tiene posibilidades más allá de lo que haga Kirchner.
El Presidente incorporó entre los desestabilizadores a la parte más activa del mundo piquetero que adopta el discurso de los partidos de prosapia leninista o de las ideas del contra poder que inspiraron al zapatismo.
En algún tiempo, en el gobierno eran más sutiles, sabían diferenciar a un sector de otro, lograron cooptar o atraer a centrales piqueteras, tanto aquellas que trabajaron para que Kirchner sea presidente como otras que vienen de un pasado «guevarista». Con lo que quedó afuera del paraguas oficial, no han sabido como actuar, y esa desorientación notificó a los más duros para escalar en sus reclamos y mojándole la oreja al Presidente.
Pero antes que nada se debe reparar en la situación objetiva de millones de argentinos. Por un lado, Argentina ha crecido como jamás en el pasado después de la crisis de 2001 que es una bisagra en su historia y que aún no decantó del todo lo que reemplazaría al ancien regime.
Se incrementa con índices asiáticos el PBI, las exportaciones, las reservas en divisas y el superávit fiscal y se esté de acuerdo o no con la metodología, Kirchner salió del default con una quita de plata muy fuerte y trata de zafar de seguir las recetas del FMI, porque se entendió que era parte del problema argentino y no su solución.
La crisis de los subsidios a desocupados
Sin embargo, el crecimiento del empleo genuino y más o menos digno, crece lentamente, a ritmo casi exasperante también cae la indigencia o el trabajo en negro. No es demagogia reclamar que se incrementen los subsidios a los desocupados, la principal demanda piquetera, porque hay plata. Seguramente el sistema asistencialista actual no tenga destino como sostiene el ministro de Economía, Roberto Lavagna, pero no se cuenta de qué modo se ayudará a los que han quedado por mucho tiempo fuera del mercado y necesitan por lo menos nueva capacitación; escasean en ciudades del interior obreros especializados.
Hay planes distintos, como el de ingreso universal que ha propuesto hace tiempo una conjunción de fuerzas donde estaba la Central de Trabajadores Argentinos, o una iniciativa donde cabalga hace rato Elisa Carrió, la líder del ARI. Una y otra idea, tienden a terminar con el clientelismo político y, claro, cuando se rehuye a analizárselo siquiera, la sospecha es que se quiere seguir utilizando el auxilio como arma de coacción política sobre los más necesitados.
Suponer que los afectados por el drama social no se organizarán y harán sentir su bronca es ingenuo. Tan ingenuo como pretender que la izquierda no se haga eco de esas reivindicaciones. ¿Es ese el criterio oficial, que haya silencio en las calles? No lo era hasta ahora. Sin embargo, el oficialismo se tiende a creer que algunos sectores de izquierda dinamizan la bronca con acciones de confrontación, desafíos que minarían la autoridad, como la instalación de campamentos frente a la Rosada, todo enderezado, suponen, a rebanarle posibilidades electorales al kirchnerismo sobre todo en el difícil distrito porteño donde los disloques de tránsito callejero potencializa el mal humor contra los mani
festantes y también contra las autoridades nacionales.
No todos son buenos en el llamado «campo popular» del que se creen dueños algunos sectores del piqueterismo. Hay violentos adrede, como los que anduvieron el jueves alrededor de la Sociedad Rural donde un intento de escrache contra el ministro Lavagna, que debía hablar en un congreso, por eso de ir acabando con los subsidios sociales, derivó en ataques al edificio y de allí a la represión.
Por ahora no se le encontró la vuelta de conciliar el derecho a la protesta sin grandes conmociones callejeras. En ese vacío, la derecha se ha alzado con la demanda de oren, un «clamor» que expresan Chiche Duhalde, Menem, el empresario Mauricio Macri que aspira ser la esperanza de la derecha, de su hoy aliado y mañana veremos, Ricardo López Murphy, y otros más.
Ese demonio llamado piqueterismo
Esa prédica hizo mella. No porque el gobierno busque garantizar que no haya bloqueo de puentes, como el ya mítico Pueyrredón, o fijar senderos para la protesta con reordenamiento del tránsito. Se trata de un equilibrio delicado ya que los operativos policiales y la tónica de desafío que está primando entre la administración y los duros, puede derivar en enfrentamientos callejeros con consecuencias catastróficas.
No es alocado pensar que algún grupo o personas tengan lazos con duhaldistas ducho en estos menesteres de armar lío donde debería haber diálogo. Que puedan desde ese lugar de intrigas, con antecedentes concretos en la historia contemporánea, motorizar confrontaciones que arrastren a otros, si, es viable, aunque difícil.
Suponer, en cambio, que el piqueterismo como espacio de lucha no tenga, aún en el formidable error de análisis que sus líderes efectúan, sus propios objetivos, es desconocer la realidad.
La Historia es una formidable herramienta de reflexión y comparación a condición de que se tomen las esencias del pasado, no su repetición automática.
Por eso decir que el movimiento social si protesta le hace el caldo gordo a la derecha es una verdad a medias. No lo sería, si el piqueterismo, sin dejar de lado sus demandas, va a la confrontación contra el formidable aparato policial de contención que de ahora en más estará en el paisaje de la ciudad y sus aledaños.
Como esto será así, se amenaza al Gobierno con focos de reclamos en todos lados, una especie de «guerrilla urbana» si no hay una mínima respuesta a sus reclamos. Banderas o no para ocultar otros propósitos, hay que demostrarlos, antes que se tarde.
Cada lugar de tensión donde la respuesta la debe dar el Estado, pareciera ser visto en el Gobierno como intentos para imponerle criterios y tiempos. Puede ser un error importante si no logra diferenciar a los que no comparten sus criterios. *
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