DESDE LONDRES

La ciudad de Kratos

Algo raro pasa en Londres. Esta no es la misma ciudad que siempre conocimos. La ciudad de los personajes de Charles Dickens, la ciudad de la ciencia, la cultura y la política democrática parlamentaria.

Hoy hay otra realidad en Londres. ¿Quién la impulsa?

Fuerzas oscuras de la represión y el supuesto orden tomaron por asalto a la ciudad durante las 24 horas siguientes a los atentados fallidos de julio 21 y sólo la soltaron después de los terribles sucesos del día siguiente. Alguien les había dado un cheque en blanco, ¿quién?

La balacera y la sangre que Stockwell lanzó sobre la capital inglesa fue un terremoto que vibró fuerte en todos los hogares londinenses. Lo que sorprendió a la población y la sacó de su estupor no fue solamente la muerte de un inocente.

Fue la forma de segar una vida. El uso de una violencia sin precedentes locales no provino de hombres perdidos en un extremismo religioso o político sino de hombres con uniformes, cargos estatales y permisos oficiales para matar.

De pronto todos se hicieron la pregunta: ¿qué diferencia hay entonces entre un terrorista inhumano que se explota en un subterráneo y las fuerzas del orden que descerrajan 7 tiros en la cabeza de un inocente?

El impacto que causó la brutalidad de los acontecimientos de Stockwell hizo que las fuerzas estatales –aún no totalmente identificadas– soltaran de sus puños la estrangulación de Londres.

El eco de los 11 disparos propinados a Menezes, cortesía del Estado británico en la estación subterránea de Stockwell, se escuchan todavía en los 400 kilómetros de vías férreas debajo de la ciudad y en los miles de corredores del poder británico arriba de ella. Recién ahora la ciudad parece despertar de su pesadilla. Todo gracias a ese individuo de la comisión investigadora de la IPCC que entregó a la prensa los documentos dramáticos relativos a los sucedido en el «Caso Menezes». Si no hubiese sido por esa persona, habría pasado por lo menos un año antes de que se dieran a conocer públicamente los resultados de la investigación.

La pregunta que se hacen los londinenses es: ¿quién estuvo al mando de la ciudad entre el mediodía del jueves 21 y el mediodía del viernes 22? La aprehensión de los ciudadanos es alta. Hoy se habla más de las acciones de Scotland Yard que de las acciones de Al Qaeda.

Hay algunas pistas. Al este de Londres, cerca de la estación de ferrocarril Liverpool Street, por la tarde del jueves 21 se vieron varios hombres atléticos vestidos de civil portando ametralladoras de gran potencia y apuntando para todos lados.

También hay rumores. Miembros de la prensa y de la jurisprudencia nacional apuntaron a la existencia de soldados británicos de civil mezclados entre los policías de Scotland Yard.

Expertos con contactos en el gobierno también revelaron que muchos efectivos de civil eran agentes de operaciones militares SAS, entrenados para matar sin mediar palabra.

Pareció entonces que la ley de Bagdad y Basra había llegado finalmente a Londres. De pronto, Piccadilly Circus y Trafalgar Square se habían convertido en otro campo de batalla iraquí. Si bien los ministros aún no han admitido públicamente que Irak tiene nada que ver con los atentados recientes en la capital.

Un hospital céntrico importante, el Middlesex Hospital, fue cercado por decenas de hombres de civil armados, diez minutos después de uno de los atentados fallidos. Varios hombres paquistaníes fueron apretados contra las paredes del hospital o tirados al piso bajo amenaza de ejecución sumaria.

En otras calles, sospechosos asiáticos aparecían y desaparecían como figuras de tiro al blanco en un parque de diversiones surreal.

La policía no podía apuntar, que ya se habían esfumado. La frustración y las ganas se apoderaban cada vez más de los efectivos de civil.

En el centro de Londres, en una cuadra atestada de turistas, un muchacho paquistaní fue ordenado a gritos tirarse al piso y sacarse lentamente la mochila. A diez metros, dos agentes nerviosos, esta vez uniformados, con el dedo en el gatillo prontos para una ráfaga mortal. El muchacho resultó ser un turista.

Visuales de hombres atléticos metralla en mano se multiplicaron a todo lo ancho de Londres.

Otro tipo de ley parecía tener a la ciudad bajo su control. Parecía ser la ley de la ametralladora, la ley del gatillo como en una película del Far West americano.

Pero los acontecimientos desenvolviéndose en la ciudad a la vista de todos sus ciudadanos obedecían a una nueva ley, gravitaban alrededor de un nuevo reglamento.

El poder civil de la ciudad había desaparecido. Ni los ministros, ni los alcaldes, ni los parlamentarios que hasta ese día seguían los acontecimientos terroristas como relatores de fútbol se volvieron a ver o escuchar. Habían dado un paso al costado y una nueva fuerza controlaba la ciudad. Era la nueva fuerza de disparar a la cabeza y preguntar después. Era el nuevo reglamento Kratos. La ciudad acababa de volverse loca.

Hasta que Menezes llegó a Stockwell. Allí, toda la fuerza del poder británico se arremolinó a su alrededor y le pegó la piña más fuerte que podría haberle asestado jamás a alguien.

Pero en el preciso instante en que los efectivos oficiales vaciaban varios peines de balas en la cabeza del brasilero, la ciudad se despertó.

La barbaridad del crimen oficial sacudió a la ciudad de su pesadilla diurna. Esta no es la capital de una república bananera o de un país bajo ocupación internacional. Aquí hay leyes milenarias, conducta civil hasta en los peores momentos. ¿Quién, entonces, estaba en control de la ciudad? Lentamente trascienden algunas especulaciones. Kratos, el monstruo creado en los más altos escalones del poder británico había sido concebido a puertas cerradas por el tipo de personas que siempre se embriagan con su propio poder y se creen más genios de lo que son. Como el científico loco que creó el monstruo de Frankenstein y que después no lo pudo controlar.

En la mesa de conferencias donde se craneó Kratos estaban los jefes absolutos de la seguridad británica. Por ejemplo, los jerarcas de MI6 y MI5, respectivamente los departamentos de inteligencia exterior e interior del Estado británico. También estaban representantes de las SAS, las tropas de elite del ejército británico, famosas por su independencia y ferocidad de acción. Por supuesto también, Sir John Stevens de Scotland Yard y principal impulsor de conductas extremas. Pero seguro que también había presentes varios ministros del gobierno de Tony Blair.

Juntos deben haber pensado que su creación Kratos era el producto coordinado perfecto de sus mentes brillantes y geniales. Merecían tener éxito.

Kratos es hoy un fracaso total y completo que amenaza derribar los escalones oficiales de todo el poder británico. Al final de cuentas, la ley está al servicio de sus ciudadanos y no de sus burócratas.

Kratos está moribundo pero vivo. Defendido por las mismas personas que lo crearon. Alguien va a tener que pegarle un tiro en la cabeza o clavarle una estaca en el corazón. Los monstruos son duros de morir.

Dicen que Kratos es el nombre de la diosa griega de la fuerza. Más bien, parece haber sido la diosa de la paranoia y la locura. La Operación Kratos ahora se entiende mejor. *

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