Desafío de Al Qaeda a la dinastía Saud caracterizó final del reinado
Por problemas de salud, el soberano tuvo que dejar en manos del príncipe heredero Abdalá y sobre todo del ministro de Interior, príncipe Nayef ben Abdel Aziz, la dirección de la represión de esos islamistas extremistas, que declararon la guerra al régimen en su propio terreno.
Esta guerra fue desencadenada el 12 de mayo de 2003, cuando unos suicidas destruyeron tres complejos residenciales de Riad y abrieron la vía a una serie de ataques mortíferos destinados a expulsar a los «infieles» del reino, cuna del Islam, y desestabilizar el régimen.
Conocida antaño por su seguridad, Arabia se vio golpeada los meses siguientes por una serie de atentados y los occidentales se convertían en blancos de ataques y secuestros. En junio de 2004, un ingeniero aeronáutico norteamericano, Paul Johnson, fue secuestrado y decapitado. La persecución por las fuerzas de seguridad de los integrantes de la red de Osama bin Laden, despojado de su nacionalidad saudita en los años noventa, fue aun más despiadada a partir de ese momento.
Unas horas después de la difusión por Internet de las imágenes del rehén decapitado, el jefe de «Al Qaeda en la Península Arábiga», Abdel Aziz Al Muqrin, y tres acólitos murieron a manos de las fuerzas de seguridad en Riad.
Los yihadistas no abdicaron y en su inmensa mayoría rechazaron una oferta real de amnistía de un mes a la que sólo se acogieron seis «arrepentidos».
Los ataques disminuyeron sin que llegaran a cesar del todo. Por su parte, las fuerzas de seguridad siguieron infligiendo golpes terribles al enemigo, como la muerte de dos dirigentes de Al Qaeda y otros 13 activistas al cabo de tres días de combates en abril, y la del nuevo presunto jefe de la rama local de Al Qaeda a principio de julio.
Este último, un marroquí, murió el 3 de julio en Riad, sólo cinco días después de que las autoridades lo presentaran encabezando una nueva lista de 36 activistas buscados, la tercera en dos años.
La violencia ha dejado desde mayo de 2003 un total de 90 civiles, 42 policías y 113 activistas muertos, según un balance oficial.
Aunque las autoridades se comprometieron a hacer todo lo posible para liquidar a estos extremistas, no es seguro que puedan ganar la batalla sin extirpar primero de la sociedad la ideología del «takfir», consistente en señalar como «infieles» a los musulmanes de ideas diferentes, con el fin de legitimar la violencia contra ellos. Esta ideología es la base de la ola terrorista.
Tampoco se conoce la importancia exacta de la amenaza que supone lo que queda de las células de Al Qaeda tras la detención de cientos de sospechosos. Las propias autoridades señalaron que a pesar de sus éxitos, la guerra no ha terminado.
Además, la persistencia de la violencia en Irak, país vecino en el que numerosos sauditas participan en la «yihad» contra las fuerzas de la coalición dirigida por Estados Unidos, no augura nada bueno para Arabia Saudita, que tiene dificultades para neutralizar a los ex combatientes de la guerra de Afganistán.
La aplicación por Riad de «la guerra contra el terrorismo» lanzada por Washington ha servido por lo menos para calmar a Estados Unidos, que encajó muy mal que 15 de los 19 autores de los atentados antinorteamericanos del 11 de setiembre de 2001 fueran sauditas.
Las críticas norteamericanas a los dirigentes sauditas, sospechosos de laxismo con el terrorismo, y a su ideología, el wahabismo, acusada de engendrar extremistas, ha dado paso gradualmente a felicitaciones por los «progresos destacados en su lucha contra Al Qaeda», como dijo el director del FBI, Robert Mueller, cuando visitó Riad en mayo pasado. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad