La hora británica

El desastre constitucional de Europa colocaba al primer ministro británico Tony Blair en una posición de protagonismo, mientras varios de sus colegas sufrían reveses y amenazas de perder el poder. La firmeza en resistir el presupuesto de la Unión Europea convertía a Blair, tomando las riendas de la presidencia semestral de la UE, en líder de la oposición a la rutina (especialmente la Política Agrícola Común).

Por si fuera poco, el proceso de selección de la sede olímpica de 2012 favorecía a Londres, que superaba a un cuarteto impresionante (Moscú, Nueva York, Madrid y París). Era la coronación de Blair, beneficiado de una decisión que se veía aderezada con connotaciones políticas.

Pero la incertidumbre internacional se dramatizó espectacularmente con los atentados del 7 de julio. De repente, los británicos eran ahora víctimas del terrorismo del cuño del 11 de setiembre y del 11 de marzo de Madrid.

Como un segundo mazazo, un informe del prestigioso think tank Chatham House revela que la participación británica en Irak ha convertido al Reino Unido en objetivo favorito del terrorismo, una perogrullada que Blair todavía se niega a admitir. Además, se señala que Londres es mero comparsa de Bush, sin apenas poder de decisión, pagando con fondos y bajas militares (que ya se acercan a cien). Mientras Blair reclama europeísmo y que ahora resolverá el enigma del papel del Reino Unido en la UE, sin dar detalles, ni siquiera líneas generales, el desastre de Irak lo aleja más de Bruselas.

En cierta manera, se confirma el síndrome de la ajenidad británica al proyecto europeo.

En Londres no se ve ni una bandera de la UE, ni las carreteras exhiben la ayuda comunitaria. El viajero, que ya llega irritado por tener que cambiar los euros en libras, tiene la impresión de no estar en Europa, o al menos no de la misma manera que en Francia, Portugal, o incluso en algún país recién ingresado.

En realidad, en Londres se está en ptro mundo, en un mar de multiculturalismo del que los británicos están tan orgullosos, arropados en una identidad nacional que nunca tuvo necesidad de cimentarse en una base étnica imposible y optó por un sutil nacionalismo cívico al que uno podía pertenecer discretamente, sin renunciar a su origen. El atentado del 7 de julio ha hecho añicos este mito.

Un puñado de británicos de segunda generación, que hablan tan bien el dialecto de Oxford como el de las clases trabajadoras, son los terroristas que aparentemente no sólo se vengan por los excesos imperiales, sino que se adhieren a esta guerra santa que aparentemente comenzó el 11 de setiembre.

Eso es lo que más les duele a los británicos. Los que mandaron a la tumba a más de medio centenar de inocentes (de todas las razas, colores y origen nacional y social) no son como los extranjeros de los atentados a Nueva York y Madrid. En contraste con este detalle (la ajenidad de la identidad de los terroristas y de los sospechosos, incluidos los recluidos en Guantánamo), clave hasta ahora de la fascinante inmovilidad del pueblo norteamericano, los británicos han sido atacados por unos de ellos, prueba de su éxito social, supervivencia de la desaparición del imperio.

Depende de cómo se desarrolle la investigación sobre el atentado, de cómo Blair maneje las consecuencias, y de cómo los radicales manipulen y exploten el ambiente, lo cierto es que el momento es peligroso, no solamente para el Reino Unido sino para Europa. De la misma manera que a los Estados Unidos no le conviene una UE débil, dividida y mal integrada, a los europeos no les conviene un Londres a la deriva.

El dilema es imponente. La opción entre la tentación de dejarse llevar hacia un nacionalismo mal entendido y decidir unir esfuerzos con «el resto de Europa» (una expresión que los británicos casi nunca usan) es la urgente asignatura pendiente. El problema es que la crisis no podía haber llegado en peor momento para la indecisión hamletiana de Blair, a la vista de la ausencia de liderazgo en Europa. *

(*) Joaquín Roy es Catedratico ‘Jean Monnet’ y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami.

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