Londres está sola y acorralada

Londres es una de las ciudades más hermosas del mundo. No hay nada más bonito en Europa que la capital inglesa invadida por el calor y la luminosidad de julio y agosto, cuando los días duran casi hasta las diez de la noche.

Entre semana, por la tarde, no hay nada más reconfortante que la tranquilidad de Hyde Park y el lago Serpentine, rodeados ambos por siete millones de habitantes que no se ven ni se escuchan. Fue en Hyde Park, un sábado del mes pasado, donde se armó el concierto mundial de rock Live8 concurrido por más de 200.000 personas y que ocupó sólo la cuarta parte del parque.

En Londres siempre coexistieron pacíficamente cientos de nacionalidades. En el centro de la capital se hablan oficialmente 300 idiomas y dialectos, dentro de un número igual de comunidades. Es que esta ciudad es un microcosmo de lo mejor que supo crear el Imperio Británico durante los últimos 200 anos.

Pero esta no es la realidad que Londres está viviendo hoy. Para los que la conocen, la ciudad está sola y acorralada, confundida, temerosa.

En esta ciudad hay fuerzas de gran poderío que la empujan en muchas direcciones. Más de las que la ciudad puede soportar sola. En los últimos años la otrora inmaculada Oficina del Extranjero (Foreign Office) británico, donde se cocinaba la política exterior de la Corona, ha perdido influencia en favor de Downing Street, el despacho de trabajo y la residencia familiar del Primer Ministro británico.

Londres está ahora en una encrucijada.

Resentidos serbios por la guerra de Kosovo, marginados árabes, clérigos extremistas del Medio Oriente, europeos preocupados por la política exterior de Londres, africanos ilegales, agentes internacionales de Al Qaeda en busca de un blanco fácil. Todos caminan hoy por las calles de esta ciudad, hombro con hombro con trabajadores y estudiantes este-europeos, financistas de la City, árabes, chinos, jamaiquinos corrientes y por supuesto, los ingleses.

También hay divisiones internas. La ciudad todavía no sabe a quién culpar por los sucesos de julio 7. El gobierno dice que fue un acto aislado perpetrado por extremistas islámicos. El prestigioso instituto de investigación internacional Chatham House apuntó, con un informe especial, hacia la política en Irak como la gran culpable y afirma también que «Londres es solo el pasajero en una motocicleta dirigida por Washington». Palabras sorprendentes para un instituto oficial. La poderosa prensa inglesa está dividida entre los moderados que buscan proteger libertades individuales y los extremistas que están en contra de los inmigrantes aquí asilados.

El asunto no mejora en el exterior. Irak es un caldo ardiente de atentados, muerte y ocupación extranjera. En Kazakstan, el propio embajador británico renunció a su cargo avergonzado por tener que ignorar «por órdenes superiores» el grado de tortura y represión de ese país. También Guantánamo y Abu Ghraib han sido un motivo de inmensa vergüenza para muchos británicos. El fin de semana pasado tres soldados de la Corona y dos turistas murieron en distintas partes del Medio Oriente, víctimas de atentados dinamiteros. Ni que hablar de los 50 o más muertos en las inmediaciones de King’s Cross, en el corazón de la Corona británica.

Londres tiene hoy cara de pocos amigos.

La conducción de la política exterior de Tony Blair no le está ofreciendo ninguna confianza a la fuerzas tradicionales del Foreign Office. Para ellos, la única esperanza es que ese organismo oficial recupere el control que siempre tuvo sobre las relaciones exteriores británicas y aplique urgentemente algo de su reconocida experiencia y delicadeza diplomática.

Durante los sucesos de julio 7 la clase dirigente estatal británica (el Civil Service) parece haberle dado a Blair un ejemplo de conducción social en el medio de una crisis. El Primer Ministro se tuvo que hacer a un lado y se limitó solo a recorrer hospitales y agasajar a los mandatarios de la G8 en Escocia.

Durante 48 horas los servicios de emergencia de Su Majestad asumieron la conducción de la principal ciudad y del país entero. Todo pareció funcionar como sobre ruedas, democráticamente.

Pero Londres todavía no salió de su bosque encantado. La dinámica de algunos sectores cobra fuerza propia pos-atentados. Los acontecimientos dependen ahora de la sumatoria de las opiniones vertidas por ministros del gobierno, medios de difusión, policías y políticos retirados y de las instituciones privadas y públicas del país. La tradición democrática inglesa es enorme: a pesar de estar luchando en Irak por orden de su gobierno, los militares británicos ni pinchan ni cortan internamente. La conducción del país es un problema puramente político.

Por ahora solo hay temblores de una opinión pública indicativa de algún resentimiento anti-islámico, pero no son suficientes como para producir un movimiento telúrico en esa dirección. La bomba arrojada por Chatham House, dio cuenta de ello.

No es la primera vez que Londres esta sola y acorralada. Pero este es el mundo nuevo del internet, de los suicidas internacionales y del nuevo orden mundial. *

 

(*) Periodista y cineasta uruguayo radicado en Londres.

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje