Ola de adolescentes terroristas en Europa
Estos jóvenes, muchos de los cuales han nacido en Occidente, y que no siempre están afectados por problemas de integración, se radicalizan, con frecuencia a espaldas de sus familias, a resultas de encuentros reales o virtuales por internet, hasta que un día pasan a la acción.
A sus 18 años, Hasib Hussain, uno de los kamikazes de Londres que provocó la explosión en el autobús de dos pisos, fue descrito por los suyos como un «joven normal y cariñoso que no nos daba ningún problema».
«Desconocíamos sus actividades y hubiéramos hecho cuanto estuviera en nuestra mano para detenerlo», escribió su familia.
En Holanda, Yehya Kaduri, de la misma edad, pasaba sus noches metido en foros de Internet. «Estaba pegado al ordenador, metido en Internet. No sé lo que hacía exactamente», explicó su padre.
Su hijo amenazaba de muerte a los «enemigos del Islam (…). Dios nos ha dado el derecho de matar a este tipo de personas». Traicionado por sus mensajes, fue detenido en setiembre. Debajo de su cama infantil, se encontraron explosivos.
El 13 de julio, también en un cuarto de adolescente, la policía de Amsterdam encontró una bomba artesanal (un tubo de cartón cargado de pólvora y bolas de acero). El joven fue detenido y la casa familiar fue registrada.
En toda Europa, el desmantelamiento de redes de voluntarios para la yihad (guerra santa) antinorteamericana en Irak ha facilitado la detención de decenas de jóvenes, algunos apenas mayores de edad.
Marc Sageman, siquiatra, ex agente tratante de la Agencia Central de Inteligencia estadounidense (CIA) en Pakistán y autor del primer estudio sicológico y sociológico de los actores de la yihad («El verdadero rostro de los terroristas»), subraya que existe ahí «un aspecto generacional».
«Ya era el caso en Egipto con los medios islamistas radicales en los años 70: los hermanos y hermanas sabían que pertenecían a esos movimientos, pero los padres siempre se sorprendían de que un día no volvieran más a casa».
«Los padres que no vigilan las páginas web visitadas o los foros de discusión no saben nada de lo que sucede en la cabeza de sus hijos de 15, 16, 17 años», añade. «No cambian de apariencia, nada los traiciona. Es una vida totalmente virtual. Hasta el día que…»
Para el criminólogo francés Xavier Raufer, coautor del reciente libro «El enigma Al Qaeda», «existe una dimensión esencial que hay que tener presente: es la edad en que hacemos todas las tonterías del mundo». «Biológicamente, el joven macho tiene grandes subidas de adrenalina y es capaz de cualquier cosa. Pueden hacer cosas del estilo: ‘Mira, ¡ando en bicicleta sin manos’, pero esto se puede convertir en ‘¡Pongo una bomba y nos vemos en el paraíso!'».
«Esto también se pone en marcha en situaciones muy especiales», añade Xavier Raufer. «Eres un joven musulmán, con dificultades de integración o no. Si pasas los días mirando (la televisión de información) Al Arabiya, sólo tienes ganas de una cosa, coger la metralleta. Por eso sería urgente calmar el juego, en Irak y en otros sitios. La desesperanza genera entusiasmo para hacer cosas extremas».
Desempleados o estudiantes, los futuros candidatos al ataque suicida exploran internet, miran las televisiones árabes, leen la prensa. Encuentran con profusión combustibles para su fuego interior.
«Recuerdo una foto en primera plana en todos los diarios de Dubai», prosigue Xavier Raufer. «Se veía a un GI que marcaba con lápiz la frente de prisioneros iraquíes maniatados a la espalda. Como unos corderos para el Aid. Ese soldado ignoraba seguramente el alcance simbólico de su gesto, pero las repecursiones de una foto así son inmensas. Es un caldo que se remueve y ése es el resultado». *
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