Reina una calma nerviosa en Londres

El test para las fuerzas del orden inglés fue severo. Un atentado múltiple en el centro de la capital que deja como saldo decenas de muertos y cientos de heridos es una prueba límite para cualquier ciudad.

La posibilidad era enloquecerse otra vez y caer en las consecuencias irreversibles de Setiembre 11. La perspectiva era empezar a lanzar amenazas a través de frases guionadas como para una película de clase B: «Lo traeremos vivo o muerto», «Ahora nos vamos a sacar los guantes y las ganas», «Que vengan los terroristas, nomás, que les vamos a pegar duro», y otras por el estilo.

Veinticuatro horas después de Setiembre 11 Bush salió al cuadrilátero mundial bailando y lanzado puñetazos al aire en todas direcciones, como buscando impresionar al público de que era un hombre fuerte. Ese mismo mes, Tony Blair pensó que tenía en sus manos un púgil con pasta de campeón al cual solo había que pulirle la técnica porque la pegada sin duda que iba a ser contundente.

Pero nada pudo disfrazar el hecho de que Bush era un pugilista liviano y novato, buscando pelear en una categoría superior a la que su peso indicaba. Blair tampoco era el «coach» estratega que todos habían pensado. De la contienda, nadie salió bien parado. Púgil y coach resultaron un fracaso. El público pide ahora la devolución de la entrada.

Pero esta historia no es un proyecto de guión para una película al estilo «Rocky» donde el boxeador sorprende a todos perdiendo en el último round. Esta es una historia desnuda de la vida real, donde nunca hubo guión y la sangre que corre a chorros no se seca. Tiren la toalla: esta muriendo demasiada gente. Esta pelea ya no tiene gracia.

La posibilidad de que Londres se hundiera bajo su propio peso el pasado jueves 7-7 fue real y lo sigue siendo. Si la ciudad no es ya el escombro producto de una guerra intestina, es gracias a la madurez y la contundencia de la maquinaria estatal británica que entró en acción inmediatamente después de la primera alarma. Cuando la situación es crítica cada empleo es importante, cada palabra y cada acción es una decisión de vida o muerte. Esta vez no escuchamos las fatídica frase «Si no están con nosotros, es porque están con ellos». En algo hemos progresado, entonces.

La primera bomba explotó a las 8:51 am, la ultima a las 9:47. La primera alarma sonó tarde, a las 9:10. En ese momento no sólo se lanzaron a la calle las ambulancias y los médicos, también se movilizó la estructura estatal británica con un plan preconcebido y ensayado. La idea era evitar una anarquía donde cada uno se sintiese libre de propinar el primer golpe vengador en contra de los musulmanes o de cualquiera.

La demora de siete horas pos-atentados para dar los primeros detalles tuvo esa intención. Primero había que ubicar la mayor cantidad de efectivos policiales en las calles y los puntos estratégicos de la ciudad, después, hablar del número de muertos. El plan casi fracasa cuando el público exigió saber inmediatamente qué pasaba en su ciudad. Pero permitió que por la noche hubiesen cuatro policías bien visibles por cuadra en el centro de Londres. Esta reacción está muy lejos de la que tomó el gobierno de Blair hace dos años cuando puso tanques y pelotones en el aeropuerto de Heathrow. Muchos levantaron las cejas y pusieron cara de «Tony se está volviendo loco».

Blair sabe que su gobierno esta contra las sogas. Si Jack Straw dijo antes de la guerra de Irak que Blair iba a salir de ella «con la reputación aumentada» hoy se estará comiendo las palabras. En estos momentos el primer ministro está siendo tolerado por el país porque todavía no hay ningún líder más bonito sobre el horizonte y el Laborismo está funcionado a su manera.

Pero Tony Blair sí tiene un talento, es el de la re-invención. Después del histerismo de Setiembre 11 y la debacle de Irak, sabe que tiene que sonar más estadista. Atrás quedaron las palabras vengadoras y las posturas bélicas. Hoy Tony quiere asegurase su puesto churchiliano en la historia política inglesa y los hechos de Julio 7 son su última chance.

Los jerarcas de Su Majestad que fueron protagonistas después de los atentados tuvieron una clara consigna: preservar la paz y la sociedad como la conocíamos antes de los atentados. En la sociedad británica no hay lugar para represalias baratas. El costo democrático sería demasiado alto e impagable. Isabel II de Inglaterra está agradecida. Cuando empiece el nuevo día nos habremos salvado del fin del mundo. Por ahora.

La calma reina hoy en las calles de Londres pero la iniciativa sigue en manos de los terroristas. El estratega que armó la cuadrilla suicida en King’s Cross todavía está entre nosotros.

Tal vez esté agazapado y la segunda ola ya esté en camino. Tal vez esté tomando un café al aire libre en Piccadilly Circus o Sloane Square, observando si Londres precisa otra dosis de lo mismo o si la manija del terror hay que colocarla esta vez al máximo. No se sabe. Pase lo que pase, esperemos que Tony no salga a organizar otra pelea para el novato Bush. *

(*) Periodista y guionista uruguayo radicado en Londres.

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