A medio siglo del bombardeo a Plaza de Mayo
Aviones navales junto con comandos civiles en ese jueves ominoso, fueron a la búsqueda de Perón pensando que lo matarían mientras observaba, presuntamente, una revista aérea.
Pero el bombardeo a la Casa Rosada y a Plaza de Mayo asesinó a 229 personas, entre ellas 19 militares, y dejó 797 heridos, 76 uniformados, una compilación actualizada por el historiador Daniel Cichero en su reciente libro «Bombas sobre Buenos Aires».
El autor da otro dato estremecedor: el bombardeo a Plaza de Mayo y otros blancos civiles secundarios implicó la descarga de unas 14 toneladas de bombas. O sea, la mitad que, según el Ejército del Aire español, utilizó la Luftwage para demoler Guernica durante la guerra civil española.
La Tragedia anda buscando todavía a su Picasso criollo. La literatura más reciente ha relatado la matanza perpetrada por la aviación naval cuyos pilotos, una vez fracasada la conspiración se refugiaron en el Uruguay.
La violencia política tuvo aquella jornada una verdadera refundación: no nació ese día, tiene raíces históricas pero semejante violencia no había vivido este país durante el siglo XX, a pesar de los golpes de Estado de 1930 y 1943. Sí en cambió conoció masacres contra los trabajadores, como la huelga de los talleres Vasena por las ocho horas en enero de 1919, con sus centenares muertos y heridos durante el sepelio del puñado de primeros caídos, y los asesinados por hordas antisemitas. O la matanza de la huelga de los peones de la Patagonia en la década del 20, fusilados por el Ejército.
Volvamos al peronismo y los años de represión contra el creciente descontento, sobre todo en las capas medias. Las cárceles siempre estaban pobladas con detenidos sin proceso o acusación bajo la figura «a disposición del Poder Ejecutivo», pero a la derecha no le importaba esta conculción de las libertadas como el respaldo que seguía concitando Juan Perón. Las relaciones de éste con la oposición eran virtualmente nulas. El estudiantado en los finales de 1954 le hizo una huelga general defendiendo sus organizaciones y meses después, las relaciones entre el peronismo y la Iglesia devinieron en choques abiertos.
El 11 de junio, cuando la procesión de Corpus Christe, la oposición (radicales, socialistas y conservadores, no así lo comunistas) se unieron a los católicos en una manifestación que congregó unas 100 personas. Horas más tarde, desde la oscuridad del Poder, se ordenó represalias que derivaron en ataques contra la Catedral Metropolitana, otras iglesias, sedes sociales y de partidos políticos. El bombardeo del 16 vendría a justificarse por esas perversidades pero no fue selectivo, sino que se arrojaron bombas a mansalva contra multitudes que coreaban «la vida por Perón».
El entonces presidente había sorteado otros conatos de rebeldía, pero esa jornada aciaga, el Ejército le fue básicamente leal, y por eso los golpistas debieron aguardar hasta el 16 de setiembre para tener el apoyo necesario dentro de esa fuerza.
Lo ocurrido abrió, de todas maneras, una breve primavera política y algunos líderes de la oposición, que estaban implicados con el intento, pudieron acceder a micrófonos radiales, como el radical Arturo Frondizi. La distensión duro poco, y Perón, no dispuesto a defenderse en nombre de evitar una guerra civil, se exiliará más tarde a Paraguay. No hubo armas para los trabajadores, como dice la historia, Eva Perón había adquirido en Holanda y puso en manos de la CGT.
Cómo vio el Che Guevara la masacre
¿Cómo vieron los contemporáneos esa masacre? Un joven viajero, Ernesto Che Guevara, amonesta desde México a su madre, Celia de la Serna, el 26 de julio de 1955, por defender lo hecho por los navales: «Otrosí digo, para quienes no hay escapatoria posible ante la historia es para la mierda de los aviadores que después de asesinar gente a mansalva se van a Montevideo a decir que cumplieron con su fe en Dios. Es impresionante que la gente llore porque le quemaron su iglesia dominguera, pero le parece la cosa más natural del mundo que revienten la cantidad de ‘negros’ que reventaron.
No te olvides que muchos de ellos fueron a morir por un ideal –pues eso de la compulsión no puede ser cierto sino en parte, en todo caso–, y que cada ‘negro’ tenía su familia a quien mantener, y que los tipos que dejan en la calle a la familia del negro son los mismos que se van al Uruguay a darse golpes d pecho por la hazaña de machos».
Clarividente, el Che. La semana pasada, por primera vez desde 1955, el Ejército rindió homenaje a los caídos en las FFAA por defender la legalidad constitucional.
Falta el gran homenaje a los mártires populares de esa tarde, esos que ingresan a las grandes columnas de héroes por un país diferente. *
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