ENTREVISTA - AUGUSTO ROA BASTOS, ESCRITOR PARAGUAYO RECIENTEMENTE FALLECIDO

"Soy de un solo partido, de mi país, Paraguay"

 Ultimamente está trabajando mucho con Alejandro Maciel. ¿Es una relación de maestro-discípulo?

 Bueno, esa es una propaganda un poco asesina que hace Alejandro, porque yo no soy maestro de nadie, soy un hombre común como cualquiera que comete el delito de escribir. No hay ninguna cosa de esas, somos amigos y nada más que eso.

 Pero al ser usted un Premio Cervantes, él, como muchos, lo debe mirar como maestro.

 Puede ser, yo trabajo mucho con los jóvenes que son la verdadera reserva que tenemos en nuestro país. Estuve dando cursos en el interior del país, en los pueblos más sufrientes en el aspecto de la enseñanza. Porque el gran problema en nuestro país con respecto a la educación es la falta de libros. La gente pobre del interior no tiene medios, así que hay que inventar una forma de suplir esa carencia. Así que trato de hacer pequeños libros como resúmenes y después esto se va desarrollando se van ampliando las ideas centrales de estos libritos para que los propios estudiantes vayan haciendo también su composición de lugar y ampliando su campo de conocimiento. Un intento de tratar la relación profesor-estudiante como personas iguales. Cuando uno tiene la posibilidad de transmitir lo que aprendió a los jóvenes.

 ¿Vuelve a Iturbe?

 Sí, fui varias veces y me encontré con que había progresado. Antes era una tierra baldía, ahora hay árboles, la gente lee los diarios. Antes iba tratando de alcanzarle libros a las compañías más pobres. Llevaba libros míos y de otros autores para dejarles como una especie de compromiso para cuando supieran leer.

Una señora que me halagó mucho me dijo. «Mbae piko la libro, U peante piko la libro» , me dijo extrañada, pensaba que el libro era una cosa como un fonógrafo, grande, un aparato y era un montoncito de papel. Esas cosas son realmente muy profundas. Me hacen querer más a un país.

Yo por eso nunca olvidé. En estos 50 y pico de años que estuve afuera mi único deseo era volver. Mi deber moral es estar allá, trabajar con los jóvenes transmitirle ideas nuevas, sobre la condición humana, sobre la organización del país. Me decía «esta gente son iguales que yo. Yo pude ir a la escuela, yo estoy mucho mejor que ellos», y eso crea un deber, por lo menos un deber moral.

 ¿Que diferencias encuentra entre el Paraguay de su infancia y éste de hoy?

 Creo que ha avanzado mucho, ha evolucionado la historia de nuestro país en el sentido cultural. En el sentido político, un poco menos, porque seguimos con los golpes de Estado, con las revoluciones. Durante el siglo XX hubo 24 guerras civiles que es todo un síntoma de las deficiencias de nuestro país en lo político.

Ha habido un progreso, pero no tenemos un fondo, un rescate cultural donde el pueblo pueda ir nutriéndose. Esto que podríamos llamar un fundamento cultural ayuda muchísimo (bibliotecas, escuelas, universidades, etc).

Por ejemplo la producción de libros. Hemos tenido pocos editores que se ocuparan de este desarrollo. Hubo fuerzas que se concentraron en entorpecer el desarrollo de la vida nacional, pero estamos vivos, no somos colonia ni de Brasil, ni de Argentina.

Antes teníamos un ferrocarril y ahora no. Pero hay por ejemplo una empresa alemana que quiere venir a poner un ferrocarril eléctrico en el Paraguay y yo digo que vengan los alemanes que pueden derrochar su dinero y vamos a ver.

Antes, para venir a Asunción tenía que tomar el tren,

 ¿Lo extraña?

 Sí, le extraño porque era un viaje casi fantástico. Tiene otro tiempo. A veces me bajaba en las estaciones. Generalmente me bajaba en Sapucai por la chipa. Heterei ningo la chipa de ese pueblo. Y después me acostumbré a bajar de tanto en tanto en alguna estación y quedar unos días y charlar con la gente, recorrer, escuchar, porque al paraguayo no le gusta que se le expliquen las cosas, que se les enseñe. Entonces hay que escuchar y de tanto en tanto meter un poquito para que ellos elaboren con sus ideas. Solamente recorriendo el país y hablando con la gente se puede tener aproximadamente una idea de ese sentir, de esas maneras.

 ¿Ese método es el que utiliza en sus clases?

 Sí, trato no de estar enseñando como en una cátedra, sino siendo un estudiante más que ha tenido un año más adelantado y que está volcando lo que aprendió, pero sin ninguna clase de orgullo intelectual. Es maravillosos porque he tenido escenas realmente conmovedoras que me soltaron las lágrimas.

Siempre recuerdo una anécdota donde el personaje principal fue un chiquito de cinco años. Iba con su madre y un hermano. Una vez di un tema, les dije lo que era un cuento, su estructura, cómo se podía escribir. Se pusieron a escribir y en eso vino el chico y me dijo yo también quiero escribir. Me parece muy bien, le dije y le recordé que el todavía no sabía leer ni escribir. Yo igual puedo escribir, me dijo y entonces le di una hoja de papel y le dije que podía escribir lo que quiera. No te voy a dar ningún tema, tiene que salir de vos, le dije.

Después fue el primero que me trajo el papel, un papelito bien doblado, al punto que me costó enormemente extender. Aquí está mi cuentito, me dijo. No veo el cuento, le dije, ni el título. Ahí está me dijo. El había delineado el perfil de la mano, ese era el cuentito. Me quedé conmovido, le dije que bien. ¿Y el título pregunté?. Ese es, la mano. ¿Y por qué te interesó tanto la mano?, insistí. Y porque es mi amiga. ¿Por qué es tu amiga?. Porque me da de comer, me respondió. Me enseñó un montón de cosas en un momento.

En la ancianidad hay que ser joven, incluso cuando uno tiene más edad, uno siente esa necesidad.

Si hay gente, niños, jóvenes que tienen esa naturaleza de enfrentar la vida y tratar de captarla con dignidad, este es un país que está vivo, hay que ayudarlo para salir adelante.

 Este nuevo acercamiento suyo le debe provocar recuerdos, vínculos entre presente y pasado, ¿podría mencionar alguno?

 Por ejemplo la cuestión de los yerbales. Fueron siempre una suerte de feudo misterioso. La gente que iba no volvía más. Yo tuve un tío que estuvo trabajando en un yerbal, un tío analfabeto que no sabía escribir ni leer, pero tenía una inteligencia tremenda. Por ejemplo, sin saber escribir, copiando, tenía una letra preciosa, caligráfica casi. Ese hombre había ido a los yerbales, no le satisfizo la vida allí y huyó. Y cuando volvió a los alrededores del pueblo, sintió la nostalgia de esa tierra fantástica que eran los yerbales y volvió a entrar y desapareció para siempre.

Yo hablaba siempre de él, porque mi madre que era su hermana, me contaba muchas anécdotas. De ahí que me pusieron el nombre de él, se llamaba Augusto, el tío.

Son episodios de una vida que aparentemente no tiene mayor significado solamente para el verdadero personaje, pero fue mi punto de partida para comenzar a pensar: no puede ser que este país que fue el más rico de la provincia gigante de las Indias que era todo el Paraguay y alcanzaba hasta la Patagonia, haya venido reduciéndose de esta manera. El país en cada guerra perdía un pedazo, Brasil después de la guerra de la Triple Alianza se llevó toda la parte norte desde el Apa para arriba y Argentina también, llevó toda la parte del sudoeste del Chaco hasta Formosa.

Yo me sentía un poco culpable del infortunio de nuestro país. ¿Qué hicimos los paraguayos para evitar esto? Bueno, recorrí un poco la lista de
los presidentes y no encontré a alguien de quien se pudiera decir, este hombre creó las bases políticas. Creo que el único presidente que fue un mandatario leal y eficaz fue Eligio Ayala, liberal que tuvo que gobernar incluso contra los intereses de su propio partido, porque el que subía como presidente trabajaba para su partido. El invirtió un poco esta situación y como había estado becado en Alemania dos años, trajo una conciencia nueva con respecto a la organización del estado y sentó las bases de un estado nuevo en el país que después volvió a debilitarse.

 ¿Qué influencia tiene Gaspar Rodríguez de Francia?

 Es un referente que no se puede eludir. Para mí el verdadero o único mérito de Francia fue haber defendido, con ferocidad yo diría, la independencia, la autonomía de nuestro país.

 En el libro de conversaciones usted sintetiza los alineamientos posteriores a la Guerra de la Triple Alianza, los colorados, los grandes terratenientes, los liberales, los profesionales, los intelectuales. Parece que ambos crecieron a la espalda del gran pueblo.

 Esa descripción surge de lo que yo sé, de los datos que recojo, en este proceso largo de muchos años, de muchas vidas, en el que realmente uno no acaba de abarcar todo el fenómeno de la formación del país.

Pero de joven, yo tenía esa cosa que tenemos los paraguayos de amor profundo por las cosas de la tierra. En el exilio sentí en carne propia aquello de que el paraguayo que sale lo único que quiere es volver. Allí entendí lo que sufrían los exiliados políticos.

Una cosa rara porque al volver no había ninguna posibilidad de hacer nada tenía que limitarse a estar dentro de una estructura generalmente retrógrada bajo todos los gobiernos, ya sea colorado, o liberal.

Yo me desengañe muy pronto de los partidos. Me preguntaron una vez de qué partido. «Soy de un solo partido, de mi país, Paraguay», les dije. «Ese es mi partido».

Yo creo que hay considerar el trabajo de un ciudadano como si fuera un ciudadano de un país entero, una unidad, porque estamos en una situación geográfica y política muy difícil.

Una de las cosas que no termina de sorprenderme es cómo después de la guerra de la Triple Alianza no nos anexaron, porque Brasil podría haberlo hecho, Argentina también. Creo que se respetó eso porque anexar un país en estado de miseria, hubiera sido una carga muy pesada. ¿Quién va a querer algo que está destruido? Nuestra desgracia nos salvó.

 No le parece que es hora de que Argentina y Brasil pidan un perdón serio al Paraguay y que restituyan lo saqueado.

 Comparto la idea. Ellos partían de la base de que la guerra de la Triple Alianza fue ir a luchar para exterminar al tirano. Ese es un poco el recurso que tienen. Pero no era contra él. La guerra era contra todo el país.

 Pero lo real es que destruyeron una economía que funcionaba, que ahorraba, que incorporaba tecnología…

 Sí, claro, esa es la economía que implantó don Carlos Antonio López, pero su hijo Francisco Solano no hizo nada por defenderla y ampliarla, sino al contrario, por una especie de ambición, por una conciencia de poder ilimitado, fue desafiando a estos países. Había una falsa idea del poder político militar en nuestro país, cosa que tuvieron muy en cuenta Francia y Carlos Antonio López. Esto es lo que en los cursos que doy en el interior del país, trato de insistir un poco en el tema para que ellos mismos encuentren la respuesta o busquen las causas.

 En el libro usted responsabiliza a Natalicio González de haberlo puesto en la «lista negra». ¿Por qué?

 Creo que sus textos implantaron el concepto de la mentalidad totalitaria. En los textos de Natalicio González está un poco el germen del totalitarismo nazi-fascista y esto estuvo en su concepción de la política. Pero creo que ni siquiera se dio cuenta de que era una doctrina totalitaria. Es por eso que no se lo puede juzgar con demasiado rigor porque operaba de acuerdos a sus sentimientos.

Fue además un buen escritor, su obra es maciza, bien pensada y sobre todo bien escrita. Yo le digo siempre a los muchachos amigos míos. No tenemos que ver solamente lo malo En la cosa más derruida y rechazada, siempre hay algo que puede valer.

Cualquier sentimiento, cualquier relación con la gente, con las cosas, con la historia, produce en nosotros cambios que a veces no percibimos pero que van dando sus frutos.

 Es como un círculo. Usted se pregunta en Iturbe, en el interior, sale a buscar respuestas y vuelve con las que le dio la vida…

 Sí, porque al menos tuve la suerte de tener padres muy pobres pero que tenían conciencia. Ellos estaban en contra del patrioterismo, hay que ser patriotas pero en serio no haciendo todo este desborde de violencia que se provocaron a través de estas 24 revoluciones… bah, es casi una ironía llamar revolución a una guerra civil. Revolución es cuando se lucha por ideal, por los derechos del hombre, la Revolución Francesa, pero llamar revolución a una guerra civil donde se masacra a la población sin una causa verdadera, concreta, justa, no me parece correcto.

Francia es una cultura vieja, antigua, muy adelantada, pero justamente como hijos de la revolución francesa son muy individualistas. Ellos piensan en el pro domo sua como dice el latín y no tanto en el conjunto.

Nuestro país no está preparado todavía. No tiene industrias no tiene los elementos suficientes para el progreso material, pero de todas maneras tiene que crecer por si mismo a través del esfuerzo de los patriotas.

 ¿No le parece que el acervo guaraní es el elemento aglutinador?

 Probablemente sí. No se puede establecer categóricamente porque nos falta más estudios. Yo fui algunas veces a visitar las tribus en la región oriental de estas tribus y ellos mantienen esos vínculos, tienen gran nobleza de espíritu. El criollo paraguayo es ladrón El indígena es muy riguroso, no va a robar, salvo que haya ya asumido costumbres criollas, y eso es lo que hay que tratar de ir eliminando.

Uno ve pueblos más adelantados en la ciencia, en la técnica, pero no hay ya esa inocencia, esa pureza que tiene nuestra gente campesina.

 Finalmente, ¿qué siente usted que hace falta para despegar?

 Necesitamos líderes jóvenes, no tenemos líderes, en los colegios, en la universidad. Y eso es porque nunca estuvimos ejercitándonos en el trabajo de fundar un proceso verdaderamente político (en el sentido cívico) no solamente de banderías de partidos. La política es muy importante, pero la buena política. El que necesita de nosotros es el país.

Me parece bien que haya partidos, e incluso ideologías diferentes, porque de esa especie de fusión de varias ideas, de varios modos de ver la vida del pueblo surgen también modos de gobernar distintos.

Yo entre una vez en un partido cuando se fundó el Encuentro Nacional con (Guillermo) Caballero Vargas y después vimos que era igual que los otros y renunciamos, salimos, nuestro trayecto político fue corto, realmente (risas).

Yo por eso no tengo ningún partido pero me siento más político que el presidente de la república que seguramente no es tan político. *

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