Preocupaciones por el nuevo Papa
Como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe por más de veinte años, así como en su homilía a los cardenales antes de entrar al Cónclave, Benedicto XVI dejó en claro que continuará la línea de su antecesor.
Si el estilo de gobierno será tan centralizador como el precedente, estará en peligro la identificación de la Iglesia con el Papa.
Y si frente al mundo actual la actitud básica será de pura y simple afirmación de la ortodoxia en oposición frontal a las tendencias del pluralismo cultural, la Iglesia correrá el riesgo de distanciar a Roma del mundo y de transformarse en un reducto del conservadurismo y de mediocridad para la inteligencia cristiana.
Si de hecho prevalece la centralización, las Iglesias locales verán restringida la libertad que precisan para articular ante las comunidades de sus fieles, fe con justicia y misión social con liberación; sin estas condiciones la evangelización se convierte en alienación.
Se agravará la emigración de los fieles hacia otros credos. Esta es la situación existente en el Tercer Mundo, donde se encuentra más de la mitad de los católicos.
Si prevalece la actitud de conflicto con la modernidad y la post- modernidad, preveo consecuencias funestas para el futuro de la Iglesia.
El tradicionalismo con el que Benedicto XVI se ha identificado es una estrategia que desgasta profundamente a la Iglesia.
En el pasado reciente se opuso a la colaboración de los cristianos con los movimientos de liberación de los oprimidos, lo que impidió la transmisión de valores cristianos a las relaciones sociales emergentes.
Esa actitud hizo que la Iglesia llegara siempre con retraso a las citas con el mundo contemporáneo, incluso a la firma de la Carta de los Derechos Humanos. Una Iglesia que se propone regresar a los modelos del pasado se inmoviliza como un fósil.
No cumple con su misión religiosa de educar a los cristianos para vivir de acuerdo con los nuevos tiempos.
Por el contrario, los clericaliza llevándolos a una inmadurez en la fe y produce papistas infantiles y aduladores como los muchos que se ven hoy en día.
Una vez suscitadas, estas cuestiones no tendrán solución hasta que se realice un ajuste de cuentas.
Es lo que se hizo en el Concilio Vaticano II bajo Juan XXIII para luego, someterlo por obra de Juan Pablo II y del cardenal Ratzinger a una reinterpretación tal que significó su vaciamiento.
El combate abierto en lugar del diálogo implica, además de un desacierto estratégico un error teológico.
El Vaticano II enseñó que en el diálogo con las filosofías y las corrientes ideológicas se debe, ante todo, identificar en ellas los elementos iluminantes y positivos, ya que así provengan de Marx, de Freud o de Lyotard, si contienen verdades provienen, en último término, de Dios.
Equivale a exterminar el futuro del ecumenismo la afirmación del cardenal Ratzinger en su documento Dominus Jesus de que sólo la Iglesia Católica es la Iglesia de Cristo y que los otros credos cristianos no son iglesias ya que solo tienen algunos elementos eclesiales.
Lo mismo vale para su juicio de que las otras religiones tiene elementos válidos pero sus adeptos arriesgan la perdición porque están fuera de la única religión verdadera representada por la Iglesia Católica.
Esto no es dialogar, es insultar.
Y la cordialidad con la que se trata a las otras religiones se emplea como un medio para facilitar la conversión. Esto es engañoso e indigno.
Pero yo creo en los milagros. Ojalá Benedicto XVI vuelva a ser el teólogo que yo apreciaba y que no infundirá miedo sino esperanza.
(*) Leonardo Boff, teólogo y escritor brasilero
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