En directo o por la televisión, millones de personas siguieron el funeral que reunió a 200 jefes de Estado

El Papa reposa en la basílica de San Pedro tras ser despedido como santo

El Pontífice más carismático y viajero de la historia recibió el último tributo en una multitudinaria misa que consiguió reunir a los más humildes con los poderosos de este mundo, entre ellos el presidente estadounidense George W. Bush, el iraní Mohamad Jatami, el brasileño Luiz Inacio Lula da Silva y el rey Juan Carlos de España.

«Â¡Santo, santo, santo!», corearon durante largos minutos los cientos de miles de devotos y peregrinos de todos los orígenes, colores y religiones, jóvenes en su mayoría, que abarrotaron la plaza de San Pedro del Vaticano, tapizada con los colores rojo y blanco de su Polonia natal.

Juan Pablo II «nos ve y nos bendice», dijo durante su homilía el cardenal alemán Joseph Ratzinger, decano del colegio cardenalicio, quien presidió la misa de dos horas y media de duración en el atrio de la basílica, ante la mirada llorosa del secretario personal del Papa, monseñor Stanislaw Dziwisz, quien a lo largo de 40 años fue como su hijo. «Desde la ventana de la casa del Señor, nos ve y nos bendice», agregó el cardenal, recordando la bendición pascual que el Papa impartió desde la ventana del Palacio Apostólico del Vaticano seis días antes de su muerte, ocurrida el pasado sábado a los 84 años, tras una larga agonía de la que el mundo entero fue testigo.

Delante del altar de colores rojo y oro, posado en el suelo sobre una alfombra oriental, yacía el sencillo féretro de madera clara de ciprés, con una cruz y una «M» de María grabadas en la parte superior, una sobriedad que contrastaba con la grandiosidad del acontecimiento.

Sobre este primer ataúd, se habían colocado los santos Evangelios, cuyas páginas fueron revueltas por el viento en esta nublada y fresca mañana primaveral mientras los coros de la Capilla Sixtina y del «Matter Ecclesiae» entonaban emotivos cantos gregorianos.

La misa fue concelebrada por 160 cardenales, cuyos paramentos formaban una barrera de color púrpura a la izquierda del altar.

Frente a ellos, se advertía una enorme mancha oscura formada por el nutrido grupo de mandatarios, vestidos en su mayoría de estricto luto: los hombres con traje oscuro y las mujeres con mantilla o sombrero cubriéndoles la cabeza.

Entre los numerosos reyes, reinas, presidentes y primeros ministros de las cerca de 200 personalidades asistentes destacaban igualmente los mandatarios de Bolivia, Brasil, Costa Rica, Guatemala, Honduras, México, Nicaragua y Panamá.

Las autoridades italianas pusieron en marcha «un dispositivo de seguridad sin precedentes» y movilizaron a 40.000 personas, entre ellos 10.000 agentes de los cuerpos de seguridad, para este día histórico que se cerró sin incidentes.

Un millón de personas, entre los que abundaban los italianos y polacos, asistieron en directo al funeral del hombre que contribuyó a la caída del Muro de Berlín y abogó incansablemente por la paz.

Unos 300.000 fieles se apoderaron de la plaza de San Pedro y de toda la avenida que une el casco histórico de Roma con la Santa Sede, mientras que otros 700.000 siguieron la ceremonia a través de las 28 pantallas gigantes instaladas en puntos estratégicos de la ciudad.

En la gran explanada, una pancarta resumía el sentimiento de los fieles: «Santo ya».

«Estoy aquí para vivir los últimos momentos de un santo», explicó la joven madrileña Yanine Marco, parte de uno de los numerosos grupos de españoles y latinoamericanos que no quisieron perderse la despedida al único Papa que su generación ha conocido.

Una estudiante de teología chilena de 30 años, Alejandra Correa, tuvo incluso el privilegio de abrir la «Liturgia de la Palabra» con una lectura de los Hechos de los Apóstoles en español, el primero de los numerosos idiomas extranjeros que se escucharon durante toda la Eucaristía.

Al final del funeral, el féretro de Juan Pablo II, cargado por 12 ujieres vestidos con traje negro y camisa blanca, fue llevado en procesión hasta el interior del templo bajo una fervorosa ovación que duró varios minutos, mientras tañían las campanas en honor al Papa que reinó por casi 27 años.

Cumpliendo con su deseo, Juan Pablo II fue enterrado en las Grutas vaticanas, en una sencilla tumba en el suelo recubierta sólo por una lápida de mármol blanco, durante una ceremonia íntima que puso fin al imponente funeral.

Sus restos mortales reposan en un ataúd de madera de ciprés, que fue colocado dentro de otro de roble con interior de zinc, junto con las monedas acuñadas durante su pontificado y un tubo metálico que contiene un texto con los momentos más importantes de su vida para los arqueólogos del futuro.

Karol Wojtyla ocupa el lugar que una vez albergó a Juan XXIII, el «Papa bueno» adorado por los italianos, cerca de la que se venera como la sepultura de San Pedro y al lado de una reina, Cristina de Suecia, patrona de los católicos de Europa.

Y como según el dicho romano «muerto un papa, sale otro», a partir de ahora, la atención se centrará en la sucesión de Juan Pablo II, que se decidirá en el Cónclave de cardenales cuyo inicio está previsto el 18 de abril. *

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