Fantasmas del horror deambulan en antiguo centro de tortura argentino
Fukman tiene 48 años y es profesor en una escuela técnica, conocimiento que atesoró cuando estudiaba ingeniería en la Universidad de Buenos Aires en el momento en que fue secuestrado por militares vestidos de civil, en 1978, año en que Argentina festejaba haber ganado el campeonato mundial de fútbol.
«Le pedía a los guardias permiso para orinar o defecar sólo una vez por día. Porque cuando bajábamos a los baños nos golpeaban salvajemente a los hombres y a las mujeres las violaban. Si ellas pedían dos veces, las violaban dos veces», cuenta con una voz poderosa que contrasta con su 1,63 metro de estatura.
A un kilómetro del estadio Monumental, donde los argentinos ganaron aquella Copa, y en el tercer piso del Casino de Oficiales de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA, marina de guerra), el hombre acompaña a los periodistas hasta ‘Capucha’ y ‘Capuchita’, salas de confinamiento donde vivió 15 meses de pesadilla.
Fukman, a quien llaman ‘Quique’ otros empleados del Museo en preparación, cuenta que unos 5.000 disidentes del régimen pasaron por aquellos recintos del horror y sólo unos 250 lograron salir con vida.
«No discriminaban entre hombres y mujeres. Estábamos todos juntos, separados por tabiques de madera. A un compañero le decían ‘parate’ y se oía el ruido metálico de los grilletes. Le decían ‘date vuelta’ y volvían a oirse los metales», dice Fukman, mientras mira fijo a los cronistas con sus vivaces ojos negros.
Vestido con una camisa de tela rústica y un pantalón gastado, rememora que cuando el ‘desaparecido’ estaba de espalda, siempre encapuchado, «empezaban los golpes.
Era golpe tras golpe y los gritos, los gritos todo el tiempo. Pero sin interrogatorio. Sólo para ‘ablandarlo’, para quebrarlo».
«Yo perdí mi nombre y apellido. Era el número 252″, dice mientras se mesa una barba bíblica, larga y enrulada, teñida de canas, que le roza el vientre.
Fukman narra que a veces los marinos entraban con motocicletas a las mazmorras y con los motores rugientes «pasaban varias veces por arriba de los compañeros. Algunos sobrevivían, otros no».
Indica que los militares remodelaron el Casino para borrar indicios y pruebas durante la visita en 1979 de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.
«Incluso cambiaron el recorrido del ascensor. Ese ascensor es el que reparaba (el capitán, juzgado en Madrid) Adolfo Scilingo cuando lo vio una ex detenida», subraya.
A ‘Quique’ le fue encomendada la tarea de anfitrión de la prensa antes de que se abran por primera vez al público las puertas de la ESMA, que será visitada como un Auschwitz sudamericano en el residencial barrio norte de la capital.
Los militares se han retirado del lugar por orden del Gobierno, pero aún ocupan otros sitios de los hermosos parques arbolados con blancos edificios de techados rojos que aparentan ser un complejo de turismo antes que centro clandestino de torturas y exterminio en que los convirtieron los dictadores.
Fukman camina con paso firme y sigue señalando lugares e historias: «Aquí tenía su oficina Ricardo Cavallo (capitán que fue detenido en México y extraditado a Madrid por orden del juez Baltasar Garzón en la causa por genocidio) y aquí estuvieron las monjas francesas (desaparecidas, Leonie Duquet y Alice Dumon)».
«Aquí funcionaba un centro de análisis de noticias, con cables de agencias, TV, revistas.
Después de estar seis meses en ‘Capucha’ hicimos el trabajo esclavo de inteligencia de medios para los militares. Los pocos que sobrevivimos», dice con un tono de voz impersonal. *
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