El presidente "Lula" cambió su agenda

Hay un palpable malestar dentro y fuera del gobierno de Brasil de cara a la opción macroeconómica asumida por el presidente «Lula» da Silva. Se enfrentan dos enfoques contradictorios, cada cual con su lógica y su coherencia.

Un enfoque privilegia la economía, y aduce los siguientes hechos: luego de casi dos años de gobierno y de severa política fiscal se está verificando un innegable crecimiento económico, están bajo control la inflación y el tipo de cambio monetario; se está pagando la deuda regulamente y se reduce su relación con el PIB, son buenos los datos sobre la balanza comercial y la ocupación.

El otro enfoque apunta a la sociedad, y enumera los datos del Informe de Derechos Humanos Brasil 2004. Casi todos los aspectos negativos se han mantenido o empeorado: esto vale para el trabajo esclavo, pues se hubiera podido liberar más gente si se hubiese dotado de presupuesto adecuado a las unidades móviles; para el deteriorado salario real; para la violencia contra los indígenas (hubo 16 asesinatos), y la violencia rural (20 muertos y 271 ocupaciones, 47% más que en el 2003); para la exclusión social y la violencia generalizada, mientras aumenta el número de menores implicados en el narcotráfico y se advierte desmovilización política en los movimientos sociales.

Entretanto, este gobierno no le otorga la urgencia necesaria a la reforma agraria. No necesitaría tomar tierra de nadie, solamente utilizar las 250 millones de hectáreas de tierra para las que no consta oficialmente un propietario, o los 285 millones de hectáreas de latifundios improductivos. Pero no sólo no se hace la reforma agraria sino que el latifundio de más de dos mil hectáreas ha aumentado.

El análisis crítico demuestra que la crisis social es en parte el precio que se paga por el éxito económico. El elevado superávit primario del presupuesto federal limita las políticas públicas, y el excesivo costo del dinero desestimula la inversión productiva. El resultado es crecimiento económico sin desarrollo social. Las ganancias económicas no se traducen en beneficios sociales para las mayorías empobrecidas y excluídas. Y los que más ganaban, ganan aún más, particularmente el sistema financiero y especulativo.

No hemos tenido el cambio necesario y prometido. Esperábamos que «Lula», un hijo del caos social y sobreviviente del padecimiento histórico de los humillados de nuestro pueblo, instaurase un viraje libertador. Por esa bandera él fue elegido. Pero cuando llegó a la presidencia, cambió de agenda.

Las elites nacionales e internacionales han conseguido inclinarlo hacia su lógica, la del modelo económico neoliberal dominante.

Por lo contrario, esperábamos que «Lula» y su Partido de los Trabajadores pudiesen dar inicio a la superación del neoliberalismo mediante una renegociación con el Fondo Monetario Internacional (FMI), y obtener una fórmula equitativa para saldar nuestra deuda externa, en un diálogo abierto con los otros organismos multilaterales que se ocupan del mercado y de la globalización. Se hubiera tratado de un excelente servicio a todos los pueblos sometidos a las recetas del FMI, del Banco Mundial y de la Organización Mundial del Comercio. Porque quizás, solamente «Lula» con su liderazgo carismático, hubiera podido sostener semejante desafío.

También esperábamos que sometiese a las elites dominantes a la lógica de las políticas sociales, para que comenzaran a pagar la secular deuda social que han contraído con el pueblo, y que jamás han querido pagar.

Poco de eso ha ocurrido. «Lula» ha sido víctima de la vieja política de las elites, que describió el historiador José Honorio Rodrígues, en su clásico libro Conciliación y Reforma en Brasil (1965): «buscan siempre la conciliación entre ellas mismas, para no concederle nada al pueblo».

Aún confío en la persona de «Lula». Es bueno, y jamás traicionará sus sueños. Su pasado de sufrimiento es permanente memoria y referencia para no aceptar que ese sufrimiento siga pesando en las espaldas del pueblo.

Pensamos que, desafortunadamente, el presidente escogió gente y medios inadecuados para realizar aquellos sueños. Pero como «Lula» es carismático puede cambiar, desde el momento en que sienta en su propia piel los efectos perversos de la macroeconomía y recuerde lo que siempre predicó: el capitalismo sólo es bueno para los capitalistas, nunca para los trabajadores, que precisan un tipo de economía en la que no sólo sean beneficiarios sino también actores. *

(*) Leonardo Boff, teólogo y ambientalista brasileño. Exclusivo de IPS.

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