Un trío político conflictivo
Al menos Kirchner y el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Felipe Solá, se encontraron el viernes, luego de días de hablar sólo por los medios sobre diferencias económicas y políticas. De cómo se encaminan las relaciones entre la Nación y la mayor de las provincias, dependen muchas cosas, entre ellas, algún acuerdo sobre el reparto de riquezas, que además de ser una deuda con la carta magna, es un reclamo del FMI.
Encuentro ese tenso y abriendo rendijas para un compromiso que no deje más aislado a Solá del resto de los gobernadores, pero dejando pendiente el match de fondo que es otro.
La nueva etapa de una crisis recurrente, a veces abierta como ahora, formalmente enfrenta al hombre de Santa Cruz con el gobernador de la más grande de las provincias. Es el distrito más rico y (por eso) el de mayores desigualdades. Y el de mayor peso electoral para un país de distrito único para cuando se elija al sucesor del habitante de la Rosada es clave.
Conflicto añejo, este que se cubre bajo el manto (real, claro) de cómo se reparte la plata por impuestos que deben ser repartidos entre la Nación y las provincias, que se llaman coparticipables. Cuando de plata se habla, todos quieren la mayor tajada y aunque la provincia de Buenos Aires, como otros distritos grandes como Capital Federal, Córdoba o Santa Fe, deben dar al resto y a la Nación, más de lo que suponen que merecen, ahora solamente los bonaerenses se exhiben como díscolos. O al lado del neuquino Jorge Sobisch, un aspirante a encabezar una coalición de derecha. O el peronista de esa veta, el menemista Juan Carlos Romero, de Salta. Y claro, en las discordias Carlos Menem desde su exilio, se puso contra Kirchner.
Se comprende que haya diferencias cuando de plata se conversa, pero en la ocasión los discursos de confrontación no llegaron al lenguaje de los carreros solamente de casualidad. No es sólo el vil metal lo que está en juego, sino los espacios de poder y cómo se resuelve la contradicción de un Presidente que proclamó que llegó para acabar con las viejas formas de hacer política, pero de la mano del caudillo que, él mismo reconoce, representa lo caduco en poner en consonancia a los partidos con la sociedad.
A Solá, aunque es un dirigente importante en un distrito mayor, le cae de perillas lo que los socialistas españoles dijeron de ellos mismos cuando se convencieron, en 1955, de que había Francisco Franco para rato: «Somos espectadores de la historia, hemos dejado de ser actores». No es el factor de fuste en esta rencilla que puede leerse de varias maneras.
La oposición (a la que también, por ahora, le cabe aquella reflexión del PSOE) dice que otra vez el peronismo dirime con las instituciones sus divergencias (o estilos), poniendo en peligro a la propia democracia, o subordinándola a las facciones.
Desde el kirchnerismo rechazan esta visión y juran que lo que está en juego no es una interna partidaria sino la renovación de la política, segando el poder del aparato político más poderoso atado a las peores costumbres. Apreciemos provisionalmente que la reflexión es razonable, pero primero y principal, el examen deja de lado que el clientelismo que necesita del botín de mayores fondos para que subsista, tiene como sustrato el escenario tercermundista del Gran Buenos Aires, similar a los arrabales de México DF o San Pablo con sus prácticas caudillescas detestables.
Es cierto que sería un pecado aguardar a que se modifiquen esas relaciones atrasadas signadas por el alto índice de desempleo, el hacinamiento, la influencia de las iglesias electrónicas y muchas cosas más y muy complejas, para que se intente al menos cambiar los usos políticos.
Kirchner por ahora a tientas esboza el recambio. Curiosamente, se suponía que Solá debía ser un instrumento de su política de avanzar sobre el distrito bonaerense, pero no es por el (mal) carácter de uno y otro el que puso al gobernador más cerca de Duhalde que del Presidente.
No hay una explicación muy convincente sobre este desencuentro, pero un Solá kirchnerizado podría caer en ingobernabilidad permanente con una Legislatura donde casi no tiene amigos y Duhalde los tiene a casi todos. No es, lo que se dice, un político con una pizca de osadía. Si la hubiera tenido, acaso él estaría sentado en la poltrona de Bernardino Rivadavia y no el santacruceño que, como se dijo y redijo estos días, llegó por descarte a ser el peronista no menemista que necesitó Duhalde cuando, obligado por la vida, debió llamar a elecciones en 2003.
Duhalde anduvo por Canadá en su papel de vocero político del Mercosur, zona en que Kirchner pensó (y Lula, también) se quedaría dejando la querencia de la politiquería, como él mismo prometió. No ha ocurrido así, y si algo irritó adicionalmente al Presidente es el alineamiento activo de Duhalde con el reclamo de Solá.
Cierto o no, el fracaso de la sesión de la cámara baja, el miércoles, para aprobar el envío de tropas a Haití, Kirchner lo atribuye a la ausencia de diputados del duhaldismo duro, que es como pensar que el ex gobernador dio una orden. Como la bancada amiga del bonaerense es clave, una lectura de lo ocurrido es ominosa: la sombra de la ingobernabilidad, que las leyes se demoren o no se aprueben, obsesionaría a cualquiera.
Es el dato razonable que une a la oposición: la utilización de las instituciones para la interna.
Kirchner usa varios atajos para caer sobre la ciudadela bonaerense. Uno, no muy fuerte pero «provocador» es el alentar una fuerza transversal que amaga con ir por fuera del Partido Justicialista en las parlamentarias del año próximo. En rigor, el Frente Nacional que motoriza el diputado y periodista Miguel Bonasso, quisiera jugar un papel de organizador de masas en respaldo al Presidente porque supone vienen horas difíciles. «El lapso que media hasta las elecciones de 2005 se juega la suerte de este gobierno y también del país», afirma.
Un paso en esa dirección, más anémico que el otro proyecto, es la formación de un espacio pro Kirchner dentro del espacio piquetero y que puede, si es menester, hacerle la vida poco grata al gobernador. Por lo pronto, los sindicatos de los empleados provinciales están en conflicto permanente porque no logran arrancarle a Solá, algún mendrugo. Sí pudieron sus hermanos del Estado Nacional.
Al ministro del Interior, Aníbal Fernández, un bonaerense él, «duhaldista portador sano», como se define, Kirchner le permite que «camine» la provincia con vistas al 2007. Está tan lejos para los mortales ese año que hay que pensar que en rigor este Fernández (hay otro, Alberto, que es el jefe de Gabinete) tiene como faena cooptar intendentes, cuadros de segundas líneas, todos referenciados antes a Duhalde.
Solá, que no podrá ser reelecto por razones legales, debió ser el referente para una modernización que no espante a las capas medias. De cualquier forma la casa nueva se quiere hacer con los mismos ladrillos.
Kirchner le pidió a otro bonaerense de fuste del duhalidismo portador sano, el ministro de Defensa, José Pampuro para que armara su ala interna. El hombre viejo compadre de Duhalde, hizo una verónica con palabras sensatas: «Si traiciono a mi amigo, mañana te puede traicionar a vos» y la operación murió antes de nacer.
¿Hay otros disuasivos no políticos? Cuentan que el subsecretario general de la Presidencia, Carlos Kunkel, un setentista amigo del Presidente, hizo una advertencia: que el Banco Provincia de Buenos Aires en tiempos de Duhalde (más de ocho años en el gobierno) concedió millones abultados en ceros en préstamos a empresas insolventes amigas, claro, y más tarde el propio Duhalde creo un fondo fiduciario por el cual todas esas deudas las abso
rbió la provincia. Los créditos, por ahora, son incobrables y hay carpetas abultadas que en cualquier momento llegan a un diario.
Kunkel es el kirchnerista que lanzó hace tiempo la postulación de la senadora Cristina Fernández, esposa del Presidente como candidata en la provincia de Buenos Aires, como senadora o diputada el año próximo o a gobernadora en el lejano 2007.
Es una especie de Gran Esperanza Blanca con popularidad enorme, según las encuestas oficiales, para que sea cadenera de una lista (si es necesario) por fuera del Partido Justicialista.
En esta disputa sería bueno que el oficialismo no sacara conclusiones falsas. Por caso, la mayoría de los gobernadores peronistas firmarán el convenio de coparticipación, aunque lo probable es que salga por algunas divergencias, una versión light: un convenio sobre responsabilidad fiscal. En ese camino anda el más conservador de todos ellos, como el cordobés José Manuel de la Sota con otros, aunque no del mismo palo. ¿Victoria? ¿O se alinean más por necesidad de dinero que por apoyo a un proyecto?.
Se puede aducir que así es la política: hacer del «enemigo» de ayer un aliado contra el ex amigo de antes. Pero no son cosas que entusiasme a la gente: encuestas confiables indican que la reyerta ya cansa demasiado.
La misma ha colocado, sin embargo, al radicalismo más cerca de Duhalde que de Kirchner. Curiosamente la UCR bonaerense se hizo solidario con los reclamos de Solá, la devolución de puntos de la coparticipación, que Raúl Alfonsín cuando fue presidente, le rebanó.
El aparato radical piensa que Kirchner no debe fortalecerse, que es preferible que Duhalde tenga peso, que limite aspiraciones hegemónicas que suponen alientan al hombre del Sur.
La derecha en general tiene los mismos recelos y hasta se piensa que el «botín» conque Kirchner define el reclamo de más plata que utilizarían los bonaerenses para la política comiteril, es en realidad el que quiere controlar el Gobierno para sus propios objetivos.
Una lectura en ese sentido puede hacerse por las preferencias en inversiones para el Gran Buenos Aires monitoreados desde el Ministerio de Planificación Federal y no por la provincia.
Sopesando todo, ¿qué platillo inclinará la balanza? *
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