Los "árboles contaminaban más que los automóviles"

Los lapsus de Reagan

Los estadounidenses no han podido olvidar aquel 11 de agosto de 1984 en que, mientras se preparaba para un discurso radiofónico en su rancho californiano de Santa Bárbara, quiso hacer una prueba de audio y se le ocurrió decir: «Queridos compatriotas, me es grato anunciarles que hoy he firmado una legislación que eliminará la Unión Soviética para siempre. Empezamos a bombardear dentro de cinco minutos».

Desdichadamente para él, el micrófono estaba abierto y el mensaje se propagó por las ondas.

No fue ese su único patinazo diplomático que copó portadas de diarios. En 1982, durante su visita de Estado a Brasilia, Reagan alzó su copa para brindar por «el pueblo boliviano». Al darse cuenta de su error, trató en vano de arreglar las cosas. «Es donde vamos después», dijo. La gira continuaba en Colombia, Costa Rica y Honduras.

En el ámbito nacional, Reagan no se quedó corto. Desde la campaña contra el presidente Jimmy Carter en 1980, el ex actor de entonces 69 años se ridiculizó al declarar que los «árboles contaminaban más que los automóviles», afirmación que llevó a algunos estudiantes sarcásticos a pedir un programa gubernamental para talar todos los bosques nacionales.

Una vez elegido, el 40º presidente de Estados Unidos –también el más anciano y el primer divorciado que llegó a la Casa Blanca–, anunció orgulloso: «Estamos tratando de aumentar el desempleo y creo que lo lograremos».

En otra ocasión destacó que el índice de pobreza del país había «empezado a bajar, pero seguía creciendo».

Las impensadas declaraciones de Reagan obligaron a veces a sus ayudantes a intervenir rápidamente para evitar una catástrofe, como en 1987 cuando dijo en rueda de prensa que «el dólar podría todavía devaluarse algo respecto a otras divisas», ajeno a que su administración predicaba desde hacía meses que cualquier disminución del valor de la moneda sería «contraproductiva».

Muchos atribuyeron a su avanzada edad los errores de Reagan, quien tenía fama de quedarse dormido en las reuniones de su gabinete y una vez hasta se echó un sueñito durante una entrevista con el Papa Juan Pablo II.

Pero el siempre glamoroso Reagan usó su sentido del humor y su telegenia para sacarle partido incluso a la vejez. «No voy a hacer de la edad un tema de esta campaña. No voy a explotar con fines políticos la juventud y la inexperiencia de mi rival», comentó frente al demócrata Walter Mondale –con visible doble intención– en un debate previo a su reelección en 1984.

El Presidente tampoco se destacó nunca por su memoria para los nombres y las citas. Llamó «Princesa David» a Diana de Gales, y dijo que su antecesor, Gerald Ford, había sido «comunista» cuando en verdad se estaba refiriendo a su carrera como congresista.

«Los hechos son estúpidos», afirmó en otra de sus más memorables planchas tratando de citar al segundo presidente norteamericano, John Adams, quien acuñó la frase, muy similar en inglés, «los hechos son tercos».

Nada de esto, sin embargo, influyó en su popularidad. Reagan era tan buen comunicador que los estadounidenses perdonaron todas sus meteduras de pata, tal vez porque a menudo terminó utilizándolas en su propio beneficio.

Criticado en 1980 por haber confundido «depresión» con «recesión», Reagan explicó al público: «Les voy a dar la definición. Recesión es cuando su vecino pierde su empleo y depresión es cuando lo pierde usted. Recuperación es cuando lo pierde Jimmy Carter». *

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