Amenazas e interrogantes de la era Zuckerberg

"El futuro es privado", reza una leyenda detrás de Mark Zuckerberg en la última presentación de nuevos productos de Facebook, hace unos meses. Foto: Facebook
«El futuro es privado», reza una leyenda detrás de Mark Zuckerberg en la última presentación de nuevos productos de Facebook, hace unos meses. Foto: Facebook

Roma, Noviembre 2019 – Este año la Web Mundial alcanza sus treinta años. Por primera vez desde 1435, un ciudadano de Brasil pudo intercambiar sus puntos de vista e información con otro en Finlandia. Internet, la infraestructura de comunicaciones para la Web es un poco más antigua. Fue desarrollado a partir de ARPANET, un proyecto del Departamento de Defensa de los Estados Unidos acogido a la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados. Diseñada por los militares para descentralizar las comunicaciones en caso de un ataque militar, la red permitió a los científicos comunicarse por correo electrónico en las universidades. Luego, en 1989, en la sede de la Organización Europea de Investigaciones Nucleares (CERN) en Suiza, Tim Berners-Lee inventó el hipervínculo y la Web Mundial (la Web) pasó rápidamente de la automatización del intercambio de información científica entre universidades e instituciones de investigación a los primeros sitios web disponibles para el público en general. En 2002, aparecen las primeras redes sociales como sitios web especializados: LinkedIn se lanza en 2003, luego FaceBook en 2004, Twitter en 2006, Instagram en 2010, entre otros.

Mi generación recibió el arribo de la Web como una gran oportunidad para la democracia. Venimos de la Era Gutenberg, una era que en 1435 cambió al mundo. Desde los manuscritos redactados por  los monjes para que fueran leídos por unas pocas personas en los monasterios, la invención de los tipos móviles reusables significó que en solo 20 años alrededor de ocho millones de copias de libros impresos circularon por toda Europa. Entre otras muchas cosas este avance también significó la creación de la información. Quienes hasta entonces apenas tenían un limitado horizonte más allá de su ambiente más inmediato, podían de repente acceder a información sobre su país e, incluso, sobre todo el mundo. El primer periódico se imprimió en 1605 en Estrasburgo. A partir de ese momento y hasta 1989 el mundo se llenó de información.

La información tenía graves limitaciones. Era una estructura vertical. Solo unas pocas personas enviaban noticias a un amplio número de destinatarios sin posibilidad de retroalimentación. No era un proceso participativo, requería grandes inversiones iniciales y era fácilmente utilizado por los poderes económicos y políticos. Mientras en el Tercer Mundo el sistema de medios era parte del Estado, en 1976 el 88% de los flujos de noticias mundiales emanaban de solo tres países: Estados Unidos, Reino Unido y Francia. Las agencias de noticias internacionales con sede en estos tres países incluían a Associated Press (AP), United Press International (UPI), Reuters y Agence France Press (AFP) y los medios de comunicación del mundo dependían de sus servicios de noticias. Algunas agencias alternativas de noticias, como Inter Press Services, pudieron hacer mella en ese monopolio. Pero lo que publicaron estos medios occidentales, en general, fue como una ventana sesgada al mundo.

Entonces llegó Internet, y con ella, la comunicación horizontal. Cada receptor también era un emisor. Por primera vez desde 1435, los medios ya no eran la única ventana al mundo. Personas de ideas afines podían participar en intercambios sociales, culturales y económicos. Este cambio fue evidente en la Conferencia Mundial de la Mujer de las Naciones Unidas en Beijing, en 1995. Las mujeres crearon redes y llegaron a la conferencia con un plan de acción común. Los gobiernos no estaban tan preparados, pero el aporte de los movimientos de mujeres permitió que la Declaración de Beijing fuera un punto de inflexión, completamente diferente a las suaves declaraciones de las cuatro Conferencias Mundiales anteriores. Otro buen ejemplo fue la campaña para eliminar las minas terrestres antipersonales, iniciada por el activista canadiense Jody Williams en 1992 y que, en muy poco tiempo, se convirtió en una gran coalición de organizaciones no gubernamentales de más de 100 países. Bajo creciente presión, Noruega decidió presentar el tema ante la ONU, donde los EE. UU., China y otros fabricantes de minas terrestres como la URSS trataron de bloquear el debate, declarando que votarían en contra. Pero a  los activistas no les importó y, en 1997, 128 países adoptaron el Tratado de Prohibición de Minas con el voto en contra de los Estados Unidos, China y la URSS. Un vasto movimiento global fue más poderoso que el papel tradicional del Consejo de Seguridad. Internet se había convertido en la herramienta para crear coaliciones mundiales.

Esos son solo dos ejemplos de hasta qué punto Internet podría cambiar el sistema tradicional de soberanía estatal de Westfalia, tal como fuera definido en la Conferencia de Westfalia en 1648. Internet traspasó las fronteras nacionales para entrar a una nueva era. Digamos, simbólicamente, que nos trajo desde la era de Gutenberg a la era de Zuckerberg, por citar al inventor de Facebook y una de las instancias principales de los que salió mal en este medio.

Internet llegó a nosotros con una fuerza sin precedentes. La radio tardó 38 años en alcanzar a 50 millones de personas; la televisión tardó 13 y la Web, solo cuatro. Tenía mil millones de usuarios en 2005, dos mil millones en 2011, y ahora tiene tres mil quinientos millones de usuarios, tres mil millones de los cuales usan las redes sociales. Así las cosas, los dos pilares tradicionales del poder, el sistema político y el sistema económico, también tuvieron que aprender a usar Internet. Estados Unidos es un buen ejemplo. Todos los medios estadounidenses (publicaciones nacionales y regionales) imprimen un total de 50 millones de copias diarias. Periódicos de calidad —los grandes diarios conservadores como el Wall Street Journal, y los progresistas, como el Washington Post o el New York Times—, suman de conjunto diez millones de copias al día. Trump tiene 73 millones de seguidores en Twitter: los seguidores leen los tweets de Trump, pero no compran los periódicos.

La Web ha tenido dos evoluciones imprevistas. Una fue el reforzamiento dramático de la sociedad de consumo. Hoy en día, los presupuestos publicitarios son diez veces mayores que los educativos y la educación solo dura unos pocos años en comparación con toda una vida expuesta a la publicidad. Con el desarrollo de las redes sociales las personas — ahora más consumidores que ciudadanas—, se han convertido en el objetivo de la comercialización de bienes y servicios, y, recientemente, también de las campañas políticas. Todos los sistemas de información y comunicaciones extraen nuestros datos personales y nos venden como consumidores. Ahora el televisor puede vernos mientras lo vemos. Los teléfonos inteligentes se han convertido en micrófonos que escuchan nuestras conversaciones. La noción de privacidad desapareció. Si pudiéramos acceder a nuestros datos, descubriríamos que nos siguen cada minuto del día, incluso en nuestros dormitorios. Algoritmos secretos crean perfiles de todos y cada uno de nosotros. En base a estos perfiles, las plataformas nos brindan las noticias, los productos y las personas que estos algoritmos creen nos gustarán, aislándonos así en nuestras propias burbujas. La inteligencia artificial aprende de los datos que acumula. China, con 1.350 millones de personas, proporcionará a sus investigadores más datos que Europa y Estados Unidos juntos. Internet ha dado origen a una economía extractiva digital, donde la materia prima ya no son más los minerales, sino nosotros, los seres humanos.

La otra evolución malograda es la riqueza sin precedentes creada por la economía extractiva digital.

El CEO de Amazon, Jeff Bezos, se divorció recientemente de su esposa. Como parte del acuerdo ella recibió 36 mil millones de dólares, pero Bezos sigue encontrándose entre las 10 personas más ricas del mundo. Esta es solo una historia de la cada vez más triste realidad de la injusticia social, donde 80 de las personas más ricas del mundo poseen la misma riqueza que casi tres mil millones de pobres.

Un nuevo sector está evolucionando, el sector del «capitalismo de vigilancia», donde el dinero no se obtiene de la producción de bienes y servicios, sino a partir de los datos extraídos de las personas. Este nuevo sistema explota a los seres humanos para proporcionar a los propietarios de esta tecnología, una concentración de riqueza, conocimiento y poder sin precedentes en la historia. La capacidad de desarrollar reconocimiento facial y otros instrumentos de vigilancia ya no se encuentra en el campo de la ciencia ficción. El gobierno chino ha dado a cada ciudadano un número digital, donde convergen todos sus comportamientos «buenos» y «malos». Si un ciudadano desciende por debajo de determinado nivel, a sus hijos no se les permitirá ir a una buena escuela, y el ciudadano mismo, aunque aún pueda viajar en tren, no tendrá acceso a los aviones. Estas tecnologías pronto estarán en uso en todo el planeta. La ciudad de Londres ahora tiene 627,000 cámaras de vigilancia, una por cada catorce ciudadanos; en Beijing hay una por cada siete. Un estudio realizado por The Rand Corporation estima que Europa podría llegar a una cámara por cada siete ciudadanos en 2050.

La interrelación entre democracia e Internet ahora está creando una conciencia tardía en el sistema político. El Parlamento Europeo acaba de publicar un estudio sobre el impacto negativo de Internet. Estos impactos son:

1. Adicción a Internet

Existe unanimidad entre los médicos y sociólogos sobre el arribo de una nueva generación, una generación muy diferente a la anterior. Más del 90% de las personas de entre 15 y 24 años usa Internet, contra el 11% de los mayores de 55 años. Los jóvenes pasan 21 horas a la semana en la PC y 18 horas en un teléfono inteligente. Esto deja poco tiempo para la interacción social y cultural. El 4,4% de los adolescentes europeos dan muestras ahora de un uso patológico de Internet «que afecta sus vidas y su salud». La Academia Estadounidense de Psicología ha incluido oficialmente la adicción a Internet como una nueva dolencia. Los estudios de resonancia magnética de las personas con Trastorno de Adicción a Internet (DAI) muestran las mismas alteraciones de la estructura cerebral que las que sufren de adicción a las drogas o al alcohol.

2. Daño al desarrollo cognitivo

Hay una alarma especial sobre los niños menores de dos años. El uso de la pantalla por más de 20 minutos al día reduce parte de su desarrollo neuronal. Las personas empujadas al aislamiento tienden a desarrollar síntomas de angustia, ira, pérdida de control, retraimiento social, conflictos familiares y una incapacidad para actuar en la vida real. En las pruebas realizadas, los usuarios de Internet fueron más rápidos que los no usuarios en la búsqueda de datos, pero menos capaces de retenerlos.

3. Sobrecarga de información

La condición de tener demasiada información dificulta la capacidad de comprender un problema o de tomar decisiones efectivas, un tema importante para los gerentes, los consumidores y los usuarios de las redes sociales. Según Microsoft, el tiempo de atención en un título ha pasado de 12 segundos en 2000 a 8 segundos en 2016 y la atención en la lectura, de 12 a 8 minutos. Se pueden usar dos términos nuevos: primero estaría «cerebro emergente» que describe una menor capacidad cerebral para adaptarse al ritmo más lento de la vida real, y, en segundo lugar, la «neuroplasticidad» o la habilidad de modificar el comportamiento después de una nueva experiencia. La inmersión frecuente en mundos virtuales puede reducir la neuroplasticidad y también hacer más difícil la adaptación al ritmo más lento de la vida real. La necesidad de competir en velocidad entre los canales de redes sociales es bien conocida. Por ejemplo, Amazon estima que un segundo de retraso en el rendimiento costaría 1.16 mil millones de pérdidas por año en ventas.

4. Efectos nocivos en el conocimiento y la creencia

El hecho de que las redes sociales deliberadamente tienden a reunir a usuarios con puntos de vista, gustos y hábitos similares, está fragmentando a la sociedad de una manera negativa para la democracia, lo que resulta en sistemas cerrados que no permiten puntos de vista alternativos. Los adolescentes ya no discuten temas importantes. Van a su mundo virtual y, si se encuentran con alguien de otro grupo, tienden a insultarse unos a otros. Internet está lleno de noticias falsas e información engañosa y los usuarios enfrentan grandes dificultades para distinguir información precisa de información inexacta. Las cámaras de resonancia parecen ser mucho más penetrantes y pueden unir a las personas con posiciones políticas e ideológicas más extremas y partidistas, socavando las posibilidades para el discurso civil y la tolerancia, apoyando la radicalización.

5. Dañar las fronteras público / privado

Internet difumina la distinción entre lo privado y lo público. La vida privada se vuelve pública. Esto es especialmente negativo para los adolescentes que pierden el concepto de la privacidad, por ejemplo, al enviar fotos privadas a través de Internet. Una observación importante es que los adolescentes ahora obtienen su educación sexual a través de la pornografía, donde las mujeres suelen ser un objeto para satisfacer las fantasías sexuales de los hombres. Esto a su vez crea una falta de respeto por las mujeres y una nueva generación en riesgo, por nuevas razones, de volver a una sociedad patriarcal. Las violaciones grupales de las adolescentes son claramente el resultado de esta tendencia.

6. Dañando las relaciones sociales

Internet es claramente un poderoso instrumento para crear nuevas comunidades. Sin embargo, cuando se usa negativamente, también puede dañar a las comunidades por la migración a Internet de muchas actividades humanas como compras, comercio, socialización, ocio, actividades profesionales e interacción personal. Esa migración crea comunicación empobrecida, incivilidad y falta de confianza y compromiso.

7. Dañando la democracia

Internet ha sido una herramienta poderosa para la participación y, por lo tanto, para la democracia. Sin embargo, el estudio señala con preocupación que un número creciente de actividades también son perjudiciales para la democracia. Estas incluyen: a) la incivilidad de muchos discursos políticos en línea, b) la polarización política e ideológica, posibilitada de una manera única por el uso Internet; c) desinformación y, en particular, noticias falsas, d) manipulación de votantes a través de la elaboración de perfiles basados en la información recolectada en las redes sociales. Todos sabemos lo que sucedió en las elecciones estadounidenses con los datos de Cambridge Analytica, recopilados por Facebook, y cómo los miles de usuarios web falsos y los bots interfieren ahora fuertemente en las elecciones.

Deberíamos agregar a este estudio otras consideraciones. La primera es que las finanzas ahora también se ejecutan mediante algoritmos. Los algoritmos no solo deciden cuándo vender o comprar acciones, sino que también deciden dónde invertir. Los Fondos Cotizados en Bolsa (ETF, por sus siglas en inglés) el mes pasado alcanzaron 14.400 mil millones de dólares en intercambios, más que los negociados por los seres humanos. Esta tendencia continuará con el desarrollo de la inteligencia artificial y pronto las finanzas se volverán aún más deshumanizadas. Incluso cuando los usuarios de Internet inviertan por sí mismos, también estarán bajo la dirección de máquinas y algoritmos.

Una segunda consideración es que los jóvenes leen cada vez menos. Leer un libro es muy diferente a desplazarse por una pantalla. Estamos experimentando una reducción progresiva en los niveles de cultura. No es raro tener estudiantes universitarios que cometen errores gramaticales y ortográficos. Recordemos que cuando Internet todavía era nuevo, sus defensores nos dijeron: lo importante no es tener el conocimiento sino saber cómo encontrarlo. Dependemos cada vez más de los motores de búsqueda, aprendemos cada vez menos y somos incapaces de conectar esos datos en un sistema personal lógico y holístico.

Es evidente la necesidad de una regulación para reducir los aspectos negativos de Internet y reforzar los valores positivos. Los propietarios de las plataformas de redes sociales se encuentran ahora bajo un escrutinio creciente, por lo que han tomado el camino de la autorregulación. Twitter, por ejemplo, ha decidido que no puede usarse con fines políticos. Zuckerberg es un exponente de los mitos del mercado cuando nos dice que las buenas noticias prevalecerán automáticamente sobre las falsas. Con la excepción de que las plataformas ayudan a los usuarios a leer y encontrar solo lo que les gusta, con el fin de mantener nuestra atención, brindándonos lo que es sorprendente, inusual y provocativo. Este no es un mercado libre.

La era de Zuckerberg está creando claramente una generación muy diferente a las generaciones de la era Gutenberg. Esto plantea muchas preguntas, desde la privacidad hasta la libertad de expresión (ahora en manos privadas), incluyendo quién regulará, qué regulará y cómo. Un niño de cinco años ahora es muy diferente de uno de cinco años de los tiempos de Gutenberg. Estamos en un período de transición. El significado de la democracia está cambiando. Las relaciones internacionales se alejan de la búsqueda de valores comunes a través del multilateralismo y caen en una marea de visiones nacionalistas, xenófobas y egoístas del mundo. Términos como paz, cooperación, responsabilidad, participación y transparencia se vuelven obsoletos.

Está claro que el sistema actual ha dejado de ser sostenible. Las políticas desaparecen del debate, ahora referidas solo como «política». La visión y los paradigmas son cada vez más escasos. A pesar de la inminente amenaza del cambio climático, el año pasado las emisiones tóxicas de los cinco países más grandes aumentaron en un 5%. Los jóvenes están ausentes en gran medida de las instituciones políticas, como lo demuestra la votación sobre el Brexit, donde solo participó el 23% del grupo de 18 a 25 años. En este mismo momento tenemos grandes manifestaciones en trece países de todo el mundo. En esas calles los jóvenes participan y, con frecuencia, lo hacen mostrando rabia, frustración y violencia. Si no podemos devolver la comunicación horizontal a Internet y no la liberamos de la fractura comercial de los jóvenes, el futuro es difícilmente prometedor. Sin embargo, como lo demuestran claramente las marchas contra el cambio climático, si los jóvenes quieren cambiar el mundo, los valores y la visión volverán. Es evidente que Internet puede ser una herramienta muy poderosa. Pero, ¿quién reparará los errores? ¿Se convertirá Internet en una herramienta de participación? ¿Cómo se hará? Estas son preguntas que las instituciones políticas, si realmente se preocupan por la democracia, deben abordar lo antes posible. La era de Zuckerberg debe tomar esta decisión ahora, dentro de unos años ya será demasiado tarde…

 

Roberto Savio
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