Más allá del folclore

Una aborigen chilena sonríe ante la cámara, ataviada con ropa y sombrero tradicionales. Foto: Pixabay
Una aborigen chilena sonríe ante la cámara, ataviada con ropa y sombrero tradicionales. Foto: Pixabay

Si tan solo tuviéramos dos dedos de frente, y con esto la capacidad  básica de raciocinio, entenderíamos que los Pueblos Originarios lo son todo y que nos debemos a ellos, así hayamos llegado a la cúspide de la educación superior o de la falsificación: pues somos seres plásticos y de apariencias.  Prioridades para muchos de nosotros que creemos que somos otro paisaje que está muy lejano de la raíz de la cepa de donde venimos.

 

Si tan solo la infinidad de lecturas de libros de autores famosos que solemos fanfarronear en redes sociales nos sirvieran de algo. Si tan solo la infinidad de destinos turísticos y viajes en primera clase que solemos presumir en redes sociales nos sirvieran de algo. Si las maestrías, si los doctorados nos sirvieran de algo más que para el codeo con gente que también como nosotros se cree otro paisaje.

Si sirviera de algo el buen gusto por la comida fina y las bebidas lujosas que solemos presumir en redes sociales, nuestro buen tino para gritar a los cuatro vientos que nuestra economía es estable que nos podemos dar lujos que otros no. Lujos en un mundo de plástico y apariencias muy lejano al de los Pueblos Originarios.

Si todo eso sirviera para algo sabríamos que estamos perdidos, que nos lanzaron al culo del abismo y que seguiremos rodando sin parar en un vacío sin fin donde las masas amorfas  que conformamos se convierten en alcornoque.  Que somos las madejas, las marionetas, los hilos que otros mueven para su conveniencia, creándonos una ilusión fantasmagórica de lo que es el progreso.

Y creemos que ellos que nos tienen carro, que no tienen lociones finas, que no tienen carreras universitarias, que no comen en restaurantes cinco estrellas, que no viajan en primera clase, que no toman vacaciones alrededor del mundo, que no sonríen para quedar bien, que no fingen para encajar, que no se codean para obtener, que no se aventajan a los demás, que no meten zancadilla para ganar, que no fanfarronean un plato de comida  y que desconocen el mundo de las redes sociales, el  de las pretensiones y  el del qué dirán: son los incultos y manipulables.

Creemos que las etiquetas son las que nos hacen, entonces vamos por la vida como: licenciados, doctores, politólogos, que no sé qué y que no sé cuánto y que cúcara mácara… Y somos el colmo de la ignorancia, porque si las etiquetas nos sirvieran de algo sabríamos que estamos cagados, que nunca fuimos, que somos producto de un sistema de clases que nos ha manejado a su antojo. Sabríamos que esos pueblos que nosotros solo vemos como el folclore lo son todo. Sabríamos que ninguna universidad nos enseñará tanto como la sabiduría de esas manos milenarias, de esos labios que comparten de generación en generación pócimas, leyendas, sistemas sociopolíticos, conocimiento ancestral que ninguna  educación superior  podrá igualar nunca. Porque antes de las universidades, de los automóviles, de los aviones, de las invenciones de este mundo de apariencias y de compra-venta, ya existían  los Pueblos Originarios.

Si tuviéramos la humildad, el agradecimiento, el entendimiento y el corazón abierto aprenderíamos mucho de ellos porque no hubo, no hay y no habrá gente tan capaz, humilde, inteligente, honesta y solidaria como la de los Pueblos Originarios. Y de éste lado, en este paisaje lejano, muy lejos de la cepa, donde estamos nosotros los mediocres y fanfarrones,  donde pululan los títulos, las etiquetas, las fotografías con filtros, la barbaridad de las redes sociales, nunca tendremos el nivel de conciencia,  de solidaridad, ni de conocimiento que tienen los Pueblos Originarios.

Pasaremos nosotros, insignificantes, como partículas de polvo en la inmensidad de la atmosfera  y el tiempo y, ellos permanecerán. No, no nos necesitan, ellos son autosuficientes, en cambio nosotros  apenas somos unas marionetas de plástico que con el calor de derriten, ellos en cambio  son las permanencia y  el origen. Ojalá que antes de que sea tarde para nosotros, un día aprendamos a ser agradecidos y aprendamos a verlos más allá del folclore que este sistema racista y clasista nos impuso. Otra humanidad seríamos.

Ilka Oliva Corado
Ilka Oliva Corado
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