Datos para Cartagena de Indias
por Niko Schvarz
A principios de los ’80, Panamá (gobernado por Torrijos), México, Venezuela y Colombia se agruparon para abrir cauce a soluciones pacíficas ante los conflictos armados en Centroamérica. La primera reunión se llevó a cabo en 1983 en la isla de Contadora en el litoral panameño. Posteriormente, Argentina, Brasil, Perú y Uruguay constituyeron el Grupo de Apoyo a Contadora. En 1986 ambos se fusionaron en Río de Janeiro, constituyendo el Grupo de Río, que celebró reuniones a ritmo anual y registró sucesivas incorporaciones, que en la cumbre actual se concretan en varios países centroamericanos y la República Dominicana por el Caribe. En Cartagena están reunidos los 10 países de América del Sur y Guayana (ex colonia inglesa que conquistó su independencia en 1966, fue gobernado varias veces por Cheddi Jagan y ahora por su viuda, la presidenta Janet Jagan), los cinco países centroamericanos más Panamá, amén de México y la Dominicana.
Estos 19 países ocupan 20 millones de km
El récord de América Latina. En la reunión participan varios organismos internacionales, entre ellos el Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Se expresaron muchas buenas intenciones sobre la erradicación de la pobreza, que serán vertidas en forma conjunta en la Cumbre del Milenio que celebrará la ONU en setiembre próximo.
Precisamente el BID dio a conocer hace pco su informe 2000 sobre el «Progreso económico y social en Latinoamérica», según el cual en el último decenio el continente «se ha atrasado frente a otras regiones del mundo desarrollado y en desarrollo, y los resultados han estado muy mal distribuidos». Esto ha sido catalogado como «una inusual autocrítica» de los resultados económicos de la región en un período que ya comienza a conocerse como «la década del retroceso».
A ese respecto el presidente del BID, Enrique Iglesias, señaló en las Jornadas sobre Desarrollo en América Latina que tuvieron lugar en el Banco Central de nuestra capital el pasado 24 de abril, que América Latina tiene la peor distribución de la riqueza a escala mundial. Precisó que en nuestro continente 36% de la población vive en estado de pobreza, que este modelo excluye principalmente a los campesinos, los indios y los negros, lleva a la marginalidad urbana y a la pobreza rural, provoca «enorme desencanto y profunda frustración social». Y concluyó: «Es una vergüenza que América Latina todavía tenga estos niveles de pobreza y de distribución de ingresos».
Los dos extremos del embudo. Tanto más, desde que el abismo entre los ricos y los pobres se ha ido ensanchando cada vez más. Ya no sólo entre los países, sino también entre la gente de mayores recursos y la de menores ingresos al interior de cada nación. Es lo que ocurre en América Latina.
El último informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) sobre Desarrollo Humano 1999 nos enseña, en efecto que en América Latina «una de las características más sorprendentes de la distribución del ingreso es la enorme diferencia entre el 20% superior y el 20% inferior».
Estos datos se ubican en el contexto del estudio del Banco Mundial (BM) presentado en marzo de este año por su presidente, James Wolfensohn. Su conclusión es que 56% de la población mundial (en total 6 millones) vive en condiciones de pobreza, y de ellos 2.600 millones de personas viven con menos de dos dólares diarios y 1.300 millones con menos de un dólar por día.
Con una particularidad: el informe del BM señala inequívocamente que «en todo el mundo los ricos se hacen más ricos, y los pobres quedan más pobres».
Niños pobres, pobres niños Los niños son víctimas propiciatorias de semejante estado de cosas.
Hay 250 millones de niños entre 5 y 14 años superexplotados en trabajos a menudo rudos. Según la oficina de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), 12 millones de niños mueren anualmente por hambre o por enfermedades curables directamente vinculadas al hambre. Ya se ha vuelto un lugar común comparar esos efectos con los de 40 bombas de Hiroshima estalladas cada año.
Se ha ahondado últimamente en el estudio de la infantilización de la pobreza, o sea que la mayoría de los niños nace en hogares pobres y está destinada a reproducir, en una espiral siniestra, el ciclo de la pobreza. Esto toca también en grado superlativo a América Latina.
En nuestro país, el tema ha motivado debates parlamentarios y análisis de nivel, traducidos en propuestas efectivas para mejorar la situación de la niñez.
Un estudio de Naciones Unidas de 1998 estableció que el activo de 358 millonarios equivalía al del 45% de la población mundial.
Ahora, mediante el citado último informe del PNUD, sabemos además que el patrimonio de las tres personas más ricas del mundo supera el PNB sumado de los 48 países menos desarrollados y sus 600 millones de habitantes. Y que el patrimonio de las 200 personas más ricas aumentó de 440 mil millones de dólares a más de un billón (un millón de millones) entre 1994 y 1998, siendo superior al ingreso combinado del 41% de la población mundial.
Mozart asesinado
En estas condiciones, bastaría una contribución del 1% por parte de estos 200 multimillonarios para brindar acceso a la educación primaria a todos, incluidos los 260 millones de niños que no asisten a la escuela y los 850 millones de adultos analfabetos.
La cifra requerida, entre 7 y 8 mil millones de dólares, es inferior a lo que se gasta cada año en comprar cosméticos en Estados Unidos y helados en Europa.
El problema no es de hoy. Hace más de 150 años Marx analizaba en La Nueva Gazeta Renana los efectos de la pobreza sobre la delincuencia y la criminalidad entre muchachos y muchachas de menos de 18 años.
Aducía estadísticas, con la conciencia de que detrás de cada cifra había seres humanos con sus posibilidades vitales tronchadas. Cada uno podía ser un Mozart asesinado, como nos diría después Saint-Exupéry.
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