Atrás quedó medio siglo de hostilidades y Guerra Fría

En sólo cinco horas

Pekin, ANSA

Corea del Norte ya llegó al límite de sus fuerzas. Su máximo dirigente, Kim Jong Il, se presentó como un líder cautivante para recibir al presidente surcorano Kim Dae Jung, y mostró una ciudad limpia, ordenada, bajo la sombra de árboles cuidados.

La mitad de los dos millones de habitantes de Pyongyang salieron a la calle a enarbolar flores de plástico rojas y rosas de la especie inventada para el culto del fundador del estado estalinista, Kim Il Sung, y su hijo, Kim Jong Il.

Pero desde hace cinco años, tras los aluviones de 1995 que destruyeron la ya precaria agricultura, los 22 millones de coreanos están muriendo lentamente de hambre.

Toda la nueva generación, dicen las organizaciones humanitarias, permanecerá para siempre disminuida. Faltan los medicamentos, el agua potable, la electricidad, el petróleo.

Un solo país en el mundo puede y tiene interés en ayudar al norte: la rica Corea del Sur. Y nunca como hoy hubo en Seúl un interlocutor tan favorable al diálogo.

Desde que comenzó en política, Kim Dae Jung tiene dos sueños: la realización de la democracia y la reunificación de la península coreana, que Estados Unidos y la URSS dividieron en 1948 a la altura del paralelo 38.

«Siempre pensé que la única vía de salvación para nuestro país es una plena democracia en el sur y un compromiso constante por la paz con el norte, en vista de la reunificación de la península», dijo en 1973, cuando fue raptado en Japón, devuelto a su patria y condenado por sedición.

Más o menos las mismas palabras que repitió en su discurso de asunción, en 1998.

Por otra parte, el deterioro de la situación en Corea del Norte es un peligro en las fronteras que se agrava día a día. Y una reunificación forzada por un fin brutal del régimen tendría costos enormes: se estiman 22.000 millones de dólares al año durante diez años.

El derrumbe de la URSS, su principal aliado, y el cambio de China, cada vez más lejos del comunismo de Pyongyang, aislaron al régimen, que ya no tiene ni política ni económicamente nadie con quien contar.

Y no puede salvar al país tampoco la filosofía del «Juche», una suerte de autarquía reinventada por Kim Il Sung, cuya torre ilumina las noches sin luz de Pyongyang.

Con el acercamiento a Corea del Sur, Kim Jong Il espera también otro tipo de victoria. El país condenado por la producción secreta de armas nucleares y la venta de misiles en las zonas más calientes del planeta, ahora parece mucho menos temible: un duro golpe para quien en Estados Unidos sostiene la necesidad de un nuevo sistema de defensa misilístico.

La lindante China, a la que Kim Jong Il se dirigió hace sólo dos semanas, condenó varias veces el proyecto norteamericano, por injustificado y desestabilizante.

Y en la misma posición se encuentra también Rusia, cuyo presidente, Vladimir Putin, irá el mes próximo a Pyongyang. A 50 años del estallido de la Guerra de Corea, la península coreana vuelve a estar en el centro de la atención.

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