"Me cuesta creer que ha desaparecido para siempre de nuestras vidas"

Saddam Hussein sigue obsesionando a los iraquíes

Durante más de 30 años, Saddam Hussein estuvo presente en la vida de los iraquíes, en los medios de comunicación que controlaba, en fotos y estatuas en todos los rincones del país, y nada escapaba a sus servicios de inteligencia.

Las fuerzas de la coalición que invadieron al país en marzo de 2003 empezaron por esos símbolos del régimen de Saddam, derribaron las estatuas, arrancaron los retratos, y el administrador norteamericano Paul Bremer disolvió los servicios de seguridad.

«Me cuesta creer que Saddam ha desaparecido para siempre de nuestras vidas, después de años de guerra, miseria y miedo, y que podamos hablar libremente sin miedo a ser perseguidos», dice Ali Hussein, de 36 años, que tiene su taxi aparcado delante de uno de esos retratos murales gigantes que adornaban Bagdad.

El rostro del presidente derrocado está desfigurado por cientos de impactos de bala.

«Estaba por todas partes donde fuéramos, hiciéramos lo que hiciéramos. Por eso que es difícil olvidarlo en un año. Su imagen está clavada en nuestra memoria y borrarla llevará años», añade este vecino de Bagdad.

Hussein, nacido en 1968, el año de la llegada del partido Baas al poder, afirma que hasta tenía miedo de criticar al dictador delante de su esposa y de sus hijos. «Las paredes tenían oídos con Saddam», dice medio en serio medio en broma.

«Saddam no nos obsesionaba porque queríamos. Se impuso en nuestras vidas por su manera de gobernar y su culto de la personalidad», estima Asma Mohammad, de 40 años.

«Por la mañana, cuando escuchaba la radio, las noticias sólo hablaban de él, cuando abría el diario, veía su foto en todas las páginas y cuando llegaba a clase, los alumnos coreaban ‘Viva Saddam'», cuenta esta profesora de Historia.

«Luego su foto me seguía en el mercado, por la noche la televisión no mostraba a nadie más y cuando charlaba con mi marido, estaba en el corazón de la conversación», agrega.

«Esto se ha repetido todos los días durante años. Es muy difícil olvidarlo por mucho que queramos borrar este período negro de nuestra vida», explica.

Las actividades del dirigente iraquí, que copaban los medios de comunicación, pasaban una y otra vez por televisión. A cualquier hora del día, los iraquíes podían verlo, con el bigote perfecto y sonrisa fija, recibiendo a altos dignatarios y jefes militares, y también podían escuchar sus discursos.

A pesar del miedo, los iraquíes bromeaban sobre este despliegue mediático y aseguraban que a altas horas de la noche también podían ver por televisión a Saddam Hussein durmiendo.

Llevó el culto de la personalidad hasta el último extremo. Impuso estatuas suyas a la entrada de cada ministerio: delante del Ministerio de Justicia estaba vestido de abogado y tenía una balanza; delante de Telecomunicaciones hablaba por teléfono, delante de Agricultura empuñaba una hoz. Se impuso también en las asignaturas enseñadas en escuelas e institutos.

«Lo mejor que ha sucedido desde la caída del régimen ha sido la depuración en los textos de todo lo que concierne a Saddam y al partido Baas. Esos documentos parecían más lavado de cerebro que educación, pero eran obligatorios», dice Luai Karim, de 18 años.

«Espero que el próximo presidente comprenda que es un simple funcionario elegido para servir a este pueblo y velar por su bienestar», dice. *

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