ARGENTINA

Murió Reynaldo Benito Bignone, el último dictador argentino

Bignone, el último presidente de facto argentino murió a los 90 años en el Hospital Militar. Estaba en prisión condenado por delitos de lesa humanidad. Nunca se arrepintió de sus actos.

Murió Reynaldo Benito Bignone,  el último dictador argentino.
Murió Reynaldo Benito Bignone, el último dictador argentino.

El dictador y último presidente de facto de Argentina, Reynaldo Benito Bignone, murió este miércoles a los 90 años en el Hospital Militar.
Bignone tenía múltiples condenas por delitos de lesa humanidad y se murió sin arrepentimiento ni dar información sobre los desaparecidos y los nietos apropiados.

En democracia fue juzgado y condenado a prisión perpetua por allanamientos ilegales, secuestros, torturas y homicidios, todos delitos de lesa humanidad a los que le sumó el saqueo de las pertenencias de sus víctimas.

Fue el cuarto y último de los presidentes-dictadores argentinos que iniciaron su camino en 1976 con Jorge Rafael Videla.

El 10 de julio de 1982, días después del fin de la guerra de Atlántico Sur, sucedió en el poder de facto a Leopoldo Fortunato Galtieri, quien antes de abandonar la Casa Rosada luego de la masiva movilización popular tras la rendición ante Gran Bretaña en junio de 1982 había dicho que las urnas estaban bien guardadas.

Bignone fue quien realizó el traspaso de mando a Raúl Alfonsín, electo en las urnas en octubre de ese año, el 10 de diciembre de 1983, no antes de firmar dos decretos a través de los cuales ordenaba la supuesta destrucción de los archivos de la represión de Estado y firmaba una ley de “auto-amnistía” y “pacificación nacional”, para liberarse de responsabilidades, él y sus aliados.  Ese decreto luego derogado por el gobierno radical.

Sin arrepentimiento

Antes de dejar el poder dictó un Acta Institucional que declaraba muertos a los desaparecidos y consideraba a la represión y delitos violatorios de los derechos humanos cometidos por integrantes de las fuerzas armadas, “actos de servicio”.

Nunca se arrepintió de su crímenes ni de los que fue testigo y hasta el último día se defendió de todas las acusaciones en su contra justificando el accionar de los militares.

“La lucha contra el terrorismo en los sesenta y en los setenta se trató de una guerra contra integrantes de grupos subversivos que no eran ni demasiado jóvenes ni idealistas”, sino que tenían el objetivo de “la toma del poder por la fuerza subversiva”, aseguraba.

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