La cumbre coreana, 50 años después
por Niko Schvarz
os temas a debate en Pyongyang, capital norteña de este país artificialmente dividido, se centran en la reunificación de 10 millones de familias dispersadas desde la guerra, que se extendió hasta la firma del armisticio en Panmunjon en julio de 1953; y a una compleja problemática vinculada al armamentismo (nuclear y convencional), así como a la presencia de tropas extranjeras en suelo coreano.
Estará presente igualmente el tema de la cooperación económica con vistas a elevar el reducido nivel actual de intercambio, que se concreta principalmente en forma indirecta vía Pekín. Corea del Norte sufre la falta de petróleo subsidiado que recibía de la URSS, en tanto poderosos consorcios como Hyundai y Samsung procuran (después de la crisis arrasadora de 1997 en el sudeste asiático) instalarse directamente en centros importantes del norte, y no en zonas especiales de inversión, suerte de zonas francas al estilo de las abiertas en China.
En la VI Cumbre de NOA
De larga data el problema coreano ha sido motivo de preocupación del amplio Movimiento de los Países No Alineados (NOAL) que respaldaron la posición de Corea del Norte por la reunificación del país y la libre circulación de personas a uno y otro lado el paralelo 38°, como sus delegados lo promovieron insistentemente en todos los foros internacionales, antes y después de que ambos países fueran aceptados en la ONU el 8 de agosto de 1990.
Se destaca en tal sentido la VI Cumbre de jefes de Estado y de gobierno realizada en La Habana del 3 al 9 de setiembre de 1979, el mayor encuentro de este tipo en la historia. Los participantes se pronunciaron en favor de la reunificación pacífica de Corea, rechazaron los intentos de perpetuar su división, saludaron los esfuerzos del pueblo coreano por alcanzar la independencia, la unificación pacífica y una gran unidad nacional (principios de la Declaración conjunta norte-sur del 4 de julio de 1972) y expresaron «la esperanza de que el cumplimiento de ese deseo se viera promovido por la retirada de todas las tropas extranjeras de Corea del Sur, la disolución del Comando de Naciones Unidas, el desmantelamiento de todas las bases militares extranjeras y la sustitución del Acuerdo de Armisticio por un convenio de paz duradera».
Movimientos en el tablero
A fines de mayo pasado se produjo la sorpresiva visita a Pekín del líder norcoreano Kim Jong-il, quien se encuentra en la dirección desde la muerte en 1994 de su padre, el líder histórico Kim II Sung. Como se sabe, la República Popular China participó decididamente en la guerra de Corea, recién amanecida su revolución victoriosa de 1949. En el norte hay monumentos erigidos a la memoria de sus combatientes caídos. Las consultas con el gobierno chino pueden hacer pensar en un reemplazo del acuerdo de armisticio de julio de 1953 por un tratado de paz de carácter permanente. Aquí entra en danza la presencia de fuerzas militares extranjeras (es decir, yanquis), que en este medio siglo no se han movido de territorio coreano.
A ello se debe que, en las semanas previas al encuentro de Pyongyang, una serie de emisarios norteamericaos haya aterrizado en Seúl. De manera que tenemos ya dos grandes potencias mundiales, integrantes del Consejo de Seguridad, moviéndose tras los bastidores de estas negociaciones. Y también está Japón.
Armamento nuclear y convencional
En efecto, tanto Estados Unidos como Japón no han hecho un misterio de su afán de que el presidente sudcoreano presione a su interlocutor para que Corea del Norte renuncie al despliegue de armas nucleares y de misiles balísticos susceptibles de alcanzar sus respetivos territorios. Esto se vincula directamente con el objetivo de Estados Unidos de crear un Sistema de Defensa Antimisiles (NMD) como lo acaba de promover Clinton en Europa, chocando con fuertes resistencias por cuanto implica un relanzamiento de la carrera armamentista en su máxima expresión. Esta versión resucitada del viejo proyecto de Reagan se fundamenta, según el secretario de la Defensa, Richard Cohen, en la necesidad de prevenir amenazas de ataques nucleares por parte de los que llama «estados irresponsables», entre los cuales cita en primer término precisamente a Corea del Norte, conjuntamente con Libia, Irán e Irak.
Por su parte, al régimen sudcoreano le preocupa esencialmente la presencia de fuerzas convencionales norcoreanas en el linde del paralelo 38°, ya que desde allí su artilleriá tiene a tiro la capital, Seúl.
Analistas político-militares señalan la posibilidad de que para lograr el alejamiento de esa artillería (norteña), algunos dirigentes sureños procurarían negociar un retiro de fuerzas norteamericanas y sudcoreanas, en un cuadro de control de armamentos. En tal hipótesis agregan –«el Norte afirmará que semejante evolución supone un acuerdo de paz que prevea la disolución del Comando de Naciones Unidas, el cual proporcionó a EEUU una cobertura multilateral a su intervención armada durante la guerra pero que tiende ahora a constituir una justificación de lo que ha pasado a ser una presencia militar norteamericana unilateral». En realidad, nunca fue otra cosa, y en este episodio la ONU se cubrió de vergüenza cohonestando la intervención militar de EEUU, sin que buscara la manera de revertir la situación en este dilatado período.
37 mil soldados USA
Según el comentarista, Pyongyang plantearía que la comisión militar de armisticio instituida en 1953 sea reemplazada por un nuevo mecanismo de paz, susceptible a la vez de abordar las negociaciones sobre control de armamentos.
El gobierno norteamericano y la casta más pro yanqui enquistadas en estas décadas en las fuerzas armadas y los servicios de Inteligencia sudcoreanos, cuyos miembros se encaramaron varias veces en el poder a través de golpes de estado y la imposición de la ley marcial, temen que en este cuadro se plantee con vigor renovado el retiro total de los 37 mil hombres de las tropas USA estacionados actualmente en Corea. Desde la guerra echaron raíces allí y no hay quien los saque. Total, cincuenta años no es nada.
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