Oriente Medio: el muro y otras vergüenzas
Como bien saben los observadores internacionales, el conflicto israelo-palestino es la clave para la paz en el Oriente Medio. Sin embargo, ningún responsable político occidental está haciendo algo para evitar su agravamiento, menos aún para resolverlo.
Cuando las cancillerías europeas comprendieron, después de la invasión de Afganistán y de la guerra en Irak, que Estados Unidos tenía un plan de intervención en el Oriente Medio le dejaron el campo libre a Washington para promover la paz israelo-palestina. Lo mismo habían hecho en favor de Clinton al final de su mandato, cuando estuvo cerca de la solución.
George W. Bush hizo algunas declaraciones en favor de la paz. Llegó a desautorizar ciertas iniciativas agresivas del gobierno de Sharon y, en dos oportunidades, reconoció la existencia del gobierno palestino. Pero se trató de declaraciones de intención sin consecuencias prácticas.
Sharon comprendió que Bush, sumido en la guerra preventiva contra Irak y, sobre todo, preocupado por su reelección, le dejaría las manos libres para hacer lo que quisiese, esperando así conquistar los votos del influyente electorado judío, y aprovechó para lanzar una ofensiva jamás vista de la cual la propia Israel un día será víctima: no se puede combatir la violencia con la violencia, sino con medios más inteligentes y eficaces.
También la inacción de la Unión Europea pese a numerosas declaraciones retóricas le despejó el camino a Sharon.
Así se ha llegado, con culpas repartidas y de escalada en escalada, al extremo de crear una verdadera situación de apartheid un muro de la vergüenza que divide irremediablemente a dos pueblos, impide la libre circulación de las personas en su propia tierra y asegura la dominación colonial de Israel sobre Palestina. Puede imaginarse cómo este muro de treinta metros de altura a lo largo de 600 kilómetros separa y condiciona la vida de los dos pueblos.
Cuando el buen sentido de algunos dirigentes políticos, blancos y negros, puso fin al odioso régimen del apartheid en Sudáfrica, y cuando en 1989 cayó estrepitosamente el muro de Berlín anunciando una nueva aurora de libertad, nadie pensaba que quince años después estaríamos confrontados con otro muro y con un nuevo régimen de apartheid. Los judíos, tan perseguidos en el pasado, con el gobierno de Sharon se están convirtiendo en un Estado persecutorio.
Las cosas son como son y no como nos gustaría que fuesen. Con el pretexto de la lucha sin cuartel contra el terrorismo, la administración estadounidense se ha lanzado por un camino de violencia y represalias cuyas consecuencias nefastas están a la vista en Irak y Oriente Medio.
En Irán, en lo que puede considerarse un golpe de Estado, el partido conservador del «guía supremo» Jamenei, prácticamente anuló la tendencia reformista que trataba de sobrevivir junto al Presidente Jatami. La situación es de una gravedad enorme dadas la dimensión del país, su peso demográfico y geoestratégico, y su ubicación entre los mayores productores mundiales de petróleo. Por añadidura, el secretario de defensa estadounidense Donald Rumsfeld, que sigue diciendo en voz alta lo que otros piensan pero callan, en su reciente visita a Irak ha vuelto a amenazar a Irán y a Siria.
Entretanto el terrorismo, según las frecuentes novedades que surgen de la CIA y de la boca de su inefable jefe George Tenet, marcha viento en popa. Al parecer, esta amenaza podría sobrevivir a la propia Al Qaeda. En días recientes han circulado rumores de que Osama bin Laden se encontraba cercado en el sur de Afganistán. Si esto fuera cierto, quiere decir que el jefe terrorista podría ser apresado o eliminado próximamente. ¿Y si así sucediese y si, atrapado Bin Laden, la turbulenta situación sigue siendo la misma, en modo semejante a lo que ha pasado en Irak con la captura de Saddam Hussein? Sería la demostración de que la guerra contra el terrorismo ha sido pésimamente conducida.
(*) Mario Soares, presidente de Portugal en el período 1986–1996. (Exclusivo de IPS)
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