Piqueteros radicales quieren ser una alternativa política
Pero alertó a los suyos que la conflictividad social seguirá por un tiempo y con ello, el riesgo de alguna situación indeseada.
Reprimir no sólo quiere decir desbandar con la fuerza a los bloqueos de caminos o rutas. Ya se ve que en el futuro sean los jueces los que actúen no obstante que siga prevaleciendo en Kirchner el no uso de la policía, evitar la criminalización de la lucha social.
Fiel a una lógica que opta por la negociación, Kirchner cerró acuerdos con los sectores afines a veces, de crítica constructiva otras, que abandonaron las calles para conversar en los despachos concesiones para sus representados. La recordada muerte de dos militantes en Avellaneda en 2002 que obligó a Eduardo Duhalde a anticipar las elecciones presidenciales y los muertos en los piquetes de Jujuy y Neuquén del año pasado confirmaron la visión del gobierno: jugar al desgaste y fomentar el alejamiento entre los líderes «duros» y sus bases, es preferible a salir a la calle a sangre y fuego como exige la derecha.
Kirchner se niega a negociar bajo presión («extorsión» califica), sea cuando los «duros» ocupan ministerios o cortan caminos. Pero la movilización del jueves pasado estuvo signada por los acuerdos subterráneos para evitar que cualquier paso convirtiera la jornada en una tragedia.
Así, hasta los jueces negociaron con los piqueteros como hacer cumplir la ley y que pudiera hacerse efectiva la protesta. Para los conservadores este sector piquetero concretó un «ensayo general» insurreccional, un fantasma que los desvela.
El Presidente seguirá buscando aislar al sector que lo confronta. Hay una duda: si tiene aún espacio para accionar sobre ellos aunque de izquierda, es heterogéneo, y con algunos planteos internos que revelan que no es fácil que se mantengan emblocados.
Por lo pronto los dos fogoneros de la jornada, el Bloque Piquetero Nacional y el Movimiento Independiente de Jubilados y Desocupados preparan para fin de este mes y para marzo, diferentes congresos para precisar sus objetivos futuros. Mientras tanto, seguirá el forcejeo que cabalga sobre realidades concretas de desocupación y marginalidad y la crisis del sistema asistencial. Pero el gobierno está convencido que las reivindicaciones son la excusa para acumular fuerzas con objetivos políticos.
Además de la no aceptación por parte de otras importantes organizaciones de piqueteros de la política de confrontación, hay disgusto profundo y no solamente en sectores medios. Así, los desocupados organizados habrían perdido una importante batalla política y cultural. Para la gente sencilla es difícil discernir quien es uno u otro, y cuando ocurre una provocación como una golpiza contra taxistas que no aceptan que se les impida circular, el costo es para todo el movimiento piquetero.
Qué quiere la izquierda
Por meses, el espacio más duro estuvo convencido que el camino hacia el Poder estaba abierto. Hoy prefieren proclamar que son el único sector opositor político o sindical lo que permite visualizar una orientación tendiente a fortalecer los partidos que dan letras a las organizaciones de masas y a disputar comisiones internas y sindicatos al peronismo. Incluso a la Central de Trabajadores Argentinos (que atraviesa por un serio debate interno en torno a la nueva ley laboral) que ha cumplido hasta ahora el papel del referente de los combativos.
La izquierda leninista (y sus matices) que campea en este sector confrontativo es frágil institucionalmente. El Partido Obrero (trosquista) tiene sólo legisladores en la provincia de Salta, una rareza, y perdió a su único representante en la legislatura porteña: se accedía con el 2 % de los votos.
La Izquierda Unida (comunistas, otros trosquistas e independientes) tiene representación local y en algunas provincias y un solo diputado nacional. El Movimiento que lidera el emergente Raúl Castells, hizo amagos para tratar de liderar la unificación de todo el espacio, pero es dudoso que comunistas y trosquistas quieren otorgarle ese papel: sospechas sobre su pasado, limitan su futuro.
Paradójicamente el socialismo autogestionario de Luis Zamora, que se niega a utilizar los subsidios oficiales para armar su propio movimiento piquetero, tiene una representatividad institucional visible en el Parlamento Nacional y en la Legislatura porteña. Zamora incide casi nada sobre los desocupados, tiene influencia en organizaciones barriales, pero goza de popularidad en sectores difícil de encasillar, por sus ingresos, por caso.
¿Está la oposición política camino a ser representada por la izquierda ortodoxa en sus diversas corrientes históricas? Es el desafío.
Por ahora el cuadro de fuerzas políticas no le da ese papel, por lo que intentarán acumular por medio de la movilización social, en un contexto de mayor soledad que en el pasado reciente.
Oposición con dificultades
El principal partido de oposición parlamentaria sigue siendo la Unión Cívica Radical, porque es primera minoría en diputados y senadores, en legislaturas de la mayoría de las provincias, de las cuales gobierna a cinco de ellas, aunque haya perdido influencia de masas en la Universidad, donde era imbatible hasta hace poco y ahora prevalece la izquierda. Carece de peso en los sindicatos, algo más efectiva es la presencia radical en las organizaciones agrarias y es enorme la pérdida de prestigio en el electorado de urbes fuertes. Sería una proeza que no siguiera debilitándose. La línea radical es de respaldo crítico al gobierno, dentro de un mar de matices. Busca que Kirchner los acepte como interlocutor político, pero el Presidente prefiere el diálogo con legisladores o gobernadores de la UCR no con su dirección política.
Mucho más compleja es la situación del ARI que lidera Elisa Carrió. Este partido progresista se proclama opositor, aunque destaque logros en la depuración de la Suprema Corte de Justicia o contra la impunidad. Pero sufre un drenaje de cuadros que no quieren, en general, irse del partido porque creen que es útil participar en el gobierno. El caso más notorio es de la diputada Graciela Ocaña, que fue la mano derecha de Carrió y decidió aceptar el ofrecimiento de Kirchner de dirigir la obra social de los jubilados, el PAMI, un desafío formidable para ella y para el Presidente.
Carrió no cree en Kirchner y está convencida que el Presidente no afectará a lo que denomina «grandes negocios» que crecen exponencialmente en estos tiempos de trepada del PBI (8,4% en el 2003) y algo de la ocupación con salarios miserables. Esos negocios están vinculados al petróleo, la pesca o la soja y exportaciones, básicamente, que son fogoneros del crecimiento junto con el incremento del consumo.
A Carrió la hostiga de todas maneras también la izquierda histórica y debe probar que su liderazgo mantendrá cohesionado lo que es de hecho un partido de cuadros. El año que viene buscará regresar al Parlamento pero tendrá que demostrar que ha estado acertada en sus críticas, que sigue teniendo predicamento entre los ciudadanos que están de luna de miel con Kirchner.
El Partido Socialista, que se separó de Carrió y bucearon varias alternativas incluso con los comunistas, se prepara a discutir en abril en un Congreso Extraordinario, como se para frente a Kirchner. Abordarán que hacer frente a propuestas concretas para que cuadros del PS, como el ex alcalde de Rosario, Hermes Binner.
Es una discusión que se las trae: ¿ se puede integrar el Gobierno y mantener independencia política o actitud crítica en el Parlamento en cuestiones que le desagradan?. Ese tipo de coaliciones o participaciones, no tiene antecedentes.
Dónde está la derecha
La derecha no consigue tampoco un discurso y actitud única. La gran
esperanza liberal, el ex ministro de Defensa (y fugazmente de economía) de Fernando de la Rúa, Ricardo López Murphy se ha quedado en los aprontes de la buena elección presidencial. En comicios posteriores, donde se decidían legisladores, su fortuna ha sido escasa.
Como Carrió, López Murphy supone que puede construir su fuerza política, el partido Recrear, desde el llano, lejos de los cuerpos colegiados. Su hándicap es que los cuadros que lo acompañan no le interesan al gobierno cuyo sesgo es de centro-izquierda. Si crecerá, será a costa de otros de su mismo palo.
Es que tiene competidores como el empresario Mauricio Macri, el gobernador de Neuquén Jorge Sobisch y vetas del justicialismo, que ahora con una fuerte confrontación con el Presidente con la excusa por el uso de fondos para los inundados de Santa Fe, lidera el senador Carlos Reutemann.
Dentro del justicialismo, casi expurgado de menemismo, su ala conservadora espera el momento para sacar cabeza. El peronismo es mayoría en casi todos lados, especialmente en provincias y el Parlamento. Kirchner que va armando su propia fuerza no peronista, goza del respaldo de Duhalde, caudillo de un movimiento por lo menos complejo, que –a disgusto del Presidente– le prepara un acto para el primero de Marzo, inicio de las sesiones ordinarias del Parlamento.
Tiene el aparente propósito de recordarle que ruta no debería apartarse aunque la consigna movilizadora es el respaldo a la actitud oficial respecto del FMI y la deuda externa. El Presidente lo analiza como «aparateada»: opta por una movilización espontánea, para el 25 de mayo, su primer aniversario.
Macri falló la semana pasada en imponer su mayoría relativa en la Legislatura porteña, donde gobiernan aliados del Presidente, para aprobar un Código de Convivencia que desea limitaciones al derecho de expresión mediante el uso del espacio público que casi monopolizan los piqueteros.
Con astucia, el macrismo dice buscar las reformas para poner límites a la oferta sexual en las calles, que en algunas barriadas es resistida por el vecindario. Es un asunto complejo pero que como está ahora la norma le quitó a la policía una caja de recaudación y de corrupción. Pero el contenido del nuevo Código es limitante de las libertades públicas.
Que es una de las conquistas que están en juego que Kirchner profundiza con la fuerte renovación de la Suprema Corte de Justicia o el apoyo a las históricas demandas de los movimientos de derechos humanos. *
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