El presidente argentino primero golpea la mesa y después se sienta a negociar

Kirchner gobierna con el manual peronista

«No reiteraremos recetas lamentables y desastrosas para los argentinos y no creo que vuelvan a plantearlas. Nosotros no vamos a aceptar imposiciones de ningún tipo», había dicho Kirchner el año pasado en un acto público rodeado del fervor de los manifestantes que agitaban banderas blanquicelestes.

Semanas después el jefe de Estado anunció con bombos y platillos haber alcanzado un entendimiento con el Fondo Monetario Internacional (FMI) para refinanciar la deuda multilateral a tres años, por unos 21.000 millones de dólares.

El acuerdo incluyó un aumento del superávit fiscal de 2,5% a 3,0% del Producto Interno Bruto (PIB), lo que representó para el país mantener el congelamiento de los salarios del Estado y la contención rigurosa del gasto público.

Hace menos de una semana, el mandatario de orientación peronista progresista dijo a voz en cuello en otra tribuna que «el Fondo hace el papel de contador de los países».

«Y a mí me gustaría saber por qué el Fondo permitió endeudar a Argentina en los niveles que permitió», agregó.

«No es una actitud caprichosa o irracional la nuestra decir que podemos pagar el 25% de la deuda. ¿Cómo piensan pagar más los que hablan si no es a costa de las espaldas del pueblo argentino? Tenemos la mejor buena fe pero no hay forma de pagar más», disparó el presidente.

El FMI, el poderoso Grupo de los Siete países más industrializados (G7, Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Alemania, Japón, Italia y Canadá) y los acreedores privados que tienen bonos de la deuda en mora por unos 81.000 millones de dólares habían puesto en tela de juicio la buena fe del país al negociar la deuda.

Fuentes de los organismos de crédito citadas por la prensa local con insistencia en los últimos días han señalado el malestar que causan las expresiones políticas radicalizadas de Kirchner y miembros de su gobierno.

Pero el Ejecutivo emitió en los últimos días nítidas señales para fumar la pipa de la paz con el FMI al anunciar un ajuste en las tarifas de energía de los grandes usuarios y la formación de un sindicato de bancos para colocar los bonos del futuro canje de la deuda.

La estrategia de endurecer el discurso todo lo posible y luego sentarse a la mesa de tratativas forma parte de la cultura histórica del gubernamental Partido Justicialista (PJ, peronista), sea cual fuere su tendencia dominante, la neoliberal del ex presidente Carlos Menem (1989-1999) o la progresista de Kirchner.

Juan Domingo Perón, presidente tres veces de Argentina hasta su muerte (1946-1952, 1952-1955 y 1973-1974), sentó las bases del ideario en su obra «Conducción política» en la que recomienda golpear primero para negociar con mayor fortaleza después.

«Sin aprobación (del FMI) no usaremos las reservas» para pagar un vencimiento con el organismo por 3.100 millones de dólares el 9 de marzo venidero, dijo Kirchner en un acto popular la semana pasada.

El gobierno de Kirchner soportó entrar por algunas horas en cese de pagos con los organismos de crédito antes de anunciar el entendimiento en setiembre de 2003.

Los peronistas han hecho un culto de una dialéctica explosiva que hace sonar tambores de guerra para transformarse luego en sonrisas y celebraciones a la hora de ponerle la firma a los acuerdos.

El presidente peronista de transición Eduardo Duhalde (2002-2003) obró de la misma manera cuando estuvo a punto de entrar en mora con los organismos en el verano austral de 2003, antes de anunciar a toda orquesta un acuerdo transitorio de refinanciación de la deuda. *

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